No sé. La primera vez enamorado y ella a un palmo de mí, a mi lado, con la espalda contra la pared, en silencio, a la espera; de qué, yo no lo sé. Los dos solos y la tarde se muere tan deprisa que no consigo acomodar mi retina a la oscuridad, que lamió sus tobillos y empezó a subir como una marea negra pantorrillas arriba. Yo tengo frío y no sabía qué hacer con mis mocos en la punta de la nariz. ¿Sorberlos? Tú no lo harías. Y también estaban mis tripas, nerviosas por el miedo que tengo de que las oiga. Se peleaban entre ellas en el silencio de aquel encuentro pactado que tanta diarrea me ha provocado todo el día. Ella disimula la sonrisa y mira hacia la esquina superior derecha de la escena, de su escena, como hacen muchos cuando buscan la inspiración, o una ocurrencia, o por simple distracción volandera. Por el rabillo del ojo vi que dos o tres pelos largos se le habían escapado de la coleta y me rozan la barbilla, la nariz, la oreja, el cuello, diciéndome cosas que no llegué a entender y que me dejaron fascinado. Al rato me miró no sé cuánto tiempo, y cuando me tenía a un palmo del suelo, crucificado, me dice que se le hace tarde. Yo le contesto que bueno, y sin más replica pues adiós y sale corriendo con la falda de colegiala persiguiéndola a bandazos en una carrera que tenía más que perdida. Su pelo también volaba detrás, igual de perdedor. Quién fuera la cinta de su cola rubia, y quién su falda y rodearle lánguida las piernas cuando llegue a la meta. Me sorbí los mocos y me fui a escuchar la que sería nuestra canción en la gramola de los billares. Mis amigos me miraban raro cuando escuchaba la música y yo no los veía aunque me hablaran.lunes, junio 29, 2009
Expectativas
No sé. La primera vez enamorado y ella a un palmo de mí, a mi lado, con la espalda contra la pared, en silencio, a la espera; de qué, yo no lo sé. Los dos solos y la tarde se muere tan deprisa que no consigo acomodar mi retina a la oscuridad, que lamió sus tobillos y empezó a subir como una marea negra pantorrillas arriba. Yo tengo frío y no sabía qué hacer con mis mocos en la punta de la nariz. ¿Sorberlos? Tú no lo harías. Y también estaban mis tripas, nerviosas por el miedo que tengo de que las oiga. Se peleaban entre ellas en el silencio de aquel encuentro pactado que tanta diarrea me ha provocado todo el día. Ella disimula la sonrisa y mira hacia la esquina superior derecha de la escena, de su escena, como hacen muchos cuando buscan la inspiración, o una ocurrencia, o por simple distracción volandera. Por el rabillo del ojo vi que dos o tres pelos largos se le habían escapado de la coleta y me rozan la barbilla, la nariz, la oreja, el cuello, diciéndome cosas que no llegué a entender y que me dejaron fascinado. Al rato me miró no sé cuánto tiempo, y cuando me tenía a un palmo del suelo, crucificado, me dice que se le hace tarde. Yo le contesto que bueno, y sin más replica pues adiós y sale corriendo con la falda de colegiala persiguiéndola a bandazos en una carrera que tenía más que perdida. Su pelo también volaba detrás, igual de perdedor. Quién fuera la cinta de su cola rubia, y quién su falda y rodearle lánguida las piernas cuando llegue a la meta. Me sorbí los mocos y me fui a escuchar la que sería nuestra canción en la gramola de los billares. Mis amigos me miraban raro cuando escuchaba la música y yo no los veía aunque me hablaran.lunes, junio 22, 2009
Teseo hiere al Minotauro
A los doce años algunos deciden ser escritores, la mayoría no, ni ninguna otra cosa tampoco: Hank resolvió entregarse al activismo filantrópico con un ímpetu del todo ajeno a su edad. Algo no iba bien a su alrededor y él quería ser útil. Lo primero era descubrir el problema y después atacar la raíz, aniquilarla y echar un cable a sus semejantes en la medida de sus posibilidades.
No le costó mucho averiguar que la sociedad estaba atacada de un mal definitivo, algo en apariencia concreto instalado en las conciencias, pesado como un peñasco, tan presente como el aire y tan invisible como él.
Investigó durante varios años, indagó, siguió pistas, se alejó, recuperó la hebra, se lanzó a la diana para desviarse tres esquinas antes como un perfecto estúpido. Desanduvo callejones, espió por las ventanas, observó las caras en el metro, estudió los programas de la tele, los anuncios, las tendencias, las aglomeraciones, los paseos de mujeres solitarias, las charlas de los predicadores. Reflexionó, compiló, sintetizó, extractó…, y por fin encontró el mal, la enfermedad del cuerpo social; lo reconoció y lo nombró: la cosa se llamaba El Sistema.
¿Y qué cosa era ésa? ¿Quién había diseñado el sistema y qué se proponía? ¿Quiénes lo mantenían?
Enseguida pensó en ellos. Así, en cursiva, ellos. Los que manejan el cotarro en casi todas las películas, los conspiradores de los expedientes equis que fuman cigarros a la sombra de los gobiernos. No eran un blanco fácil, pero un objetivo al fin y al cabo, y a él le quedaba toda la vida para urdir una estrategia de ataque, con plan de huida incluido si las condiciones eran favorables.
Después de su descubrimiento, le sobró encerrarse unas horas para salir del error y comprender que el sistema ni se crea ni se destruye, si acaso se transforma en evoluciones perversas de sí mismo. Nadie mueve los hilos, nadie es capaz de llevar a cabo proyectos humanos de tal envergadura, ni siquiera Dios mete el morro en nuestros asuntos: el sistema se alimenta de todos y cada uno, una red neuronal, como hace Internet, y va infectando conciencias con el beneplácito de las células adyacentes, como cualquier cáncer biológico.
Desconsolado, Hank concluyó que sólo podía aportar un granito de arena contra el mal, o expresado con más propiedad, eliminar una célula cancerígena del tumor eliminándose a sí mismo: un receptor menos, un contribuyente menos.
Se adentró en su plan suicida sin Ariadna ni hilo de vuelta, y se enfrentó valiente, pero triste, a su destino.
Sólo una ocurrencia de última hora le dio más sentido a su misión, la pequeña alegría de matar unas cuantas células antes de acabar consigo mismo: a hora punta en pleno centro, disparó contra todos los que pudo antes de caer abatido en medio de un buen puñado de cadáveres.
lunes, junio 15, 2009
Insomnios
Me despierta el gimoteo. Soy yo el que llora. No consigo que me llegue el aire a los pulmones: enrarecido de suspiros y babas me atraganto, toso. Estoy cagado de miedo, sudando contra la almohada porque flotando a unos centímetros del suelo, debajo de mi cama, hay una muerta. Acabo de ver su cara a un palmo de la mía, me ha despertado su olor a cadáver helándome la nariz y la congoja.Otra pesadilla. Pienso que voy a terminar acostumbrándome. Me calmo, abro los ojos. La penumbra que llega hasta la habitación se espesa alrededor de los muebles. El silencio es total en la madrugada, sólido, y sé que a su amparo, como las cucarachas durante la noche en las cocinas cerradas, mis obsesiones se propagarán y tomarán el territorio si no me duermo pronto.
Pero el engranaje es más rápido que yo y se pone en marcha invariable ―clic― para que ruede otra vez la película de sus caras en la negrura: mis golpes, desnudo y borracho de rencor, su llanto sin ruido ensordeciendo el tumulto de mi locura, los reproches callados de sus hijos ―y míos entonces― reventándome los tímpanos del alma.
Silencio atronador: el oxímoron más viejo del mundo se hace carne en mis ojos cada noche.
El fragor de los silencios se retrae de pronto cuando, oportunamente, las campanadas de la iglesia le suman una hora más a la madrugada. El sonido espanta las acusaciones, pilladas por sorpresa, asustadas como las cucarachas que se ponen a salvo y se mantienen al acecho cuando la luz se enciende inesperada.
Son las seis.
Los golpes del campanario, como gotas de agua en un estanque, se van muriendo igual que siempre, y en la calma inminente, los pensamientos, probando de nuevo el silencio con sus antenas de cucarachas vivas, asoman por los rincones un clamor renovado.
Aunque no dura mucho. Al fin y al cabo son las seis y el ruido de la vida, madrugadora en verano, consigue mantenerlos a raya. El alboroto incipiente de la calle apaga el zumbido de mi cabeza y me va acomodando en el sueño despacio, como si una morfina bulliciosa narcotizara el silencio que necesitan mis miedos para dejar de retumbarme en la mollera.
sábado, junio 06, 2009
Autorretrato
A veces soy yo, y otras no me reconozco. Entonces me sobresalto un poco y siento que no existo, me asusto y odio al que se refleja en el espejo por haberme arrebatado. Me lavo las manos con jabón y mucha agua corriente, tampoco sé por qué, y luego me seco con papel reciclado y me limpio de mí y siento como que tengo que hacerme de nuevo y que eso es posible, o sea que no todo está perdido, y una sombra de identidad se asienta en mí y parezco el de siempre y me pongo a trabajar o algo así.
A veces pierdo la edad y apenas encuentro unos pocos años, digamos doce o trece, y muchas cosas me dan miedo y otras mucho gusto, como si en esos escasos años hubiera una parte muy mala que tiene que ver con la gente y los asuntos de la gente, y otra maravillosa que sólo tiene que ver con niños que ya no existen, y con pájaros mirlos, y ramas de higuera con brevas, y azoteas para mirar las estrellas abovedadas y repletas.
A veces respiro y no sé qué cosa hedionda me entra por la nariz, y pienso si respirar es lo más adecuado y si no sería mejor dejar de hacerlo, pero luego respiro más y me pasa como a los drogadictos que absorben arenilla y de pronto se ponen tan contentos de estar vivos, igual me pasa, y lo que está ocurriendo alrededor me entra entonces a fosas llenas y pienso que si sucedió eso tan bueno que me trae el olfato ―la magdalena, la leña quemada y las pastillas de jabón Heno de Pravia― igual podría volver a ocurrir.
A veces me acuesto con ganas de no despertar nunca, pero lo hago varias veces durante la noche: me despierto y me despierto otra vez, y no paran los sueños con su cosa terrorífica y hermosa, hasta que me despierto al fin por la mañana temprano y me acuerdo de las latas del coche de recién casados y me entran ganas de que hubiera sucedido eso de no despertar más que había deseado antes de dormir, pero los sueños terribles y bellos me dan un buen rollo incomprensible y se me ocurre que si consigo llegar a la siguiente noche aún queda una esperanza de algo. No sé de qué.
A veces escribo y muchas veces no. A veces escribir me gusta, otras veces no sé qué pasa mientras escribo. A veces ni me importa, pero otras espero algo que nunca llega. Tampoco sé qué espero. Al final nada me queda claro, y si escribo es por algo y si no, también será por algo.
Fin.
lunes, junio 01, 2009
Diálogos de un bicéfalo
― Deja de pensar en eso.―En qué.
―En lo que ya sabes; me pone mal cuerpo.
―A ti todo lo que no sea follar y beber te pone mal cuerpo.
―Pues, ahora que lo dices, no estaría mal un poco de sexo.
―¡Suelta la bragueta, vicioso de mierda!
―Venga, no seas muermo…
―No voy a dejar que te toquetees ahora. No quiero.
―Y qué pretendes hacer, ¿seguir mirando por la ventana y suspirar por la estúpida esa?
―No te pases con ella…
―Te has emperrado con la rubia. Si por ti fuera estaríamos todo el día espiándola amargados. Ni siquiera te pone caliente: vamos, ¡rollo platónico!, tiene cojones…
―Te compenso dejándote beber como nunca, nos vas a pudrir el hígado, no tienes derecho a quejarte.
―Faltaría. Ni Emma quiere ya follar con nosotros con esa cara de Dolorosa que tienes. Lo sabes: te mira raro y no pone ningún interés. Nos evita si puede. Antes de que apareciera el amor de tu vida nos divertíamos con ella, le gustaba
―A Emma le pagamos, no lo olvides.
―Al principio no se le iba el susto del cuerpo. Dos bocas y cuatro ojos no es lo más habitual , pero luego empezó a darle cada vez más morbo hacerlo con nosotros.
―Con nosotros, siempre nosotros… eso es lo que más me jode.
―Claro, ahí está el quid: sabes que tu rubia saldría corriendo si viera algo como nosotros.
―Si pudiera librarme de ti…
―Noto el odio bullendo en la sangre, no sigas por ese camino.
―Tienes razón, perdona.
―Je, je, je, je.
―¿De qué te ríes ahora?
―Se me ocurre que si fueras bifalo en vez de bicéfalo tu rubia sería muy feliz contigo.
―Ah, cabrón, me haces reír… Venga, te invito a un trago.
―¿Ves?, cuando sonríes te pones mucho más guapo. ¿Llamamos a Emma?
lunes, mayo 18, 2009
Breve manual para comerse las uñas
Lo primero; una mirada a vuelo raso: otear rebordes aéreos en los alerones de los dedos, buscar ángulos prominentes al descuido, como a bote pronto; esquinas elevadas, cúmulos de queratina a lo largo del perímetro uñal, padrastros, compadres, pellejos y guedejas de piel con pretensiones independentistas entre la carne y el tejido que vamos a perpetrar en breve. Todo esto, por supuesto, pensando en otra cosa: el plazo de la hipoteca, la extinción de la foca monje, el próximo reconocimiento médico, etcétera.Localizado el objetivo, acometer un estudio, aunque más detenido, rápido ―a fin de cuentas no se trata más que de una uña―, contrastando su contorno con la parte alta de la yema del dedo antes de empezar a esculpir. Salivear el trozo de nuestro interés y dejar a remojo mientras nos dedicamos con esmero a los dedos adyacentes, discurriendo, por ejemplo, sobre el potencial desequilibrante de Leo Messi, en bajar luego a por tabaco, en que no por mucho madrugar el vaso estará medio vacío.
Reblandecidas tres o cuatro, iniciamos un recorrido circular desde la primera, tanteando la tersura de las excrecencias con los incisivos. Desmenuzamos una esquirla y tiramos con cuidado. Si duele es porque la estamos arrancando de raíz: desistir del empeño y morder con tino hasta que la astilla quede suelta sobre la lengua. Llegados a este punto, el residuo debería escupirse al aire, pero ―y esto va en gustos― bien podría triturase diente contra diente hasta conseguir una pulpa fácilmente ingerible. Opción que, por otra parte, proporciona al sujeto un tiempo añadido para reflexionar sobre, digamos: el nefando desperdicio de las uñas de los pies, tan lejanas; si es posible que de verdad existan las siglas CONCAPA; la inquebrantable decisión de dejar de fumar la semana que viene.
Aplicadas estas instrucciones con éxito en el primero, es fácil proseguir desde este punto, dedo a dedo, hasta perfilar los diez a los que normalmente tenemos acceso en ausencia de defectos genéticos o amputaciones ―a no ser que seamos contorsionistas para alcanzar los de las extremidades inferiores o alguien nos preste los suyos para proseguir la faena en otras manos―.
Una variante de la técnica aquí explicada, consiste en roer en lugar de partir, pulir los filos con los incisivos directamente, como haría cualquier conejo con una zanahoria. Es ésta una metodología muy extendida que, al contrario que la expuesta, proporciona un hilo de pensamiento secuencial y sin interrupciones que bien podría dar lugar a reflexiones de primer orden sobre temas cruciales y delicados.
Buen provecho.
lunes, mayo 11, 2009
Un minuto antes de despertarte
Un minuto antes de despertarte, una mosca levanta el vuelo con las primeras luces de la mañana y surfea las ráfagas de tu último sueño. Se desliza, funámbula, sobre tus olas oníricas en fase REM con pericia anticipadora, atolondrada y feliz, con la playa de tu cara como punto final de sus piruetas, a punto ya de adherirse a tu piel con sus seis ventosas infalibles y explorar el terreno a la caza de excreciones nocturnas. Está lloviendo, y el insecto acusa la pesadez atmosférica en sus alas.Un minuto antes de despertarte, en el Pacífico Sur erupcionan rollitos de mantequilla ardiente que glasea al instante el frío de las profundidades marinas; imparables gusanos de lava que se empujan, se abren como palmeras y se amontonan unos sobre otros como un cáncer fecundo para generar sin mayor esfuerzo una nueva isla en la faz del océano. El espectáculo no sólo pasa inadvertido para ti, que duermes en ese preciso instante, sino casi para toda la humanidad. Sólo los sismógrafos registran con rayas extremas la actividad telúrica que se desencadena.
Un minuto antes de despertarte, acaricias su piel de seda sin sacarla del sueño, y sus pezones, cimas de dos volcanes extintos, se yerguen por cuenta propia, ajenos a su conciencia, como si fueras tú, sin metáforas, el dueño de su cuerpo; ambición inconfesa de tu vida. Ella se gira y queda boca arriba, extendida y abierta. Aprovechas para acomodar tu escroto en la palma de su mano, aún dormida, antes de besarla.
La mosca aterriza en tu nariz con el impacto sincronizado de media docena de ventosas. El cosquilleo te saca del sueño sin pasar por la cámara de despresurización de otros despertares más pausados. La vigilia recién estrenada te sorprende en la cama con una erección a prueba de terremotos y la catarata de abandonos familiares de las últimas semanas sobre tu conciencia.
Deseas morirte un segundo antes de que el techo se desmorone sobre tu cabeza, pero después ya no quieres, bajo los escombros y medio reventado no, cuando ya es inevitable entonces no, pero así son los desarreglos intestinales del núcleo terrestre: vomita en un extremo del mundo y gasea en el contrario, sin tener en gran estima los conflictos humanos, quién sabe por qué.
domingo, mayo 03, 2009
El folio escurridizo
Al agacharse para recogerlo, el folio emprendió el vuelo, giró sobre sí mismo un par de veces y aterrizó en el bordillo de la ventana del patio interior.Relleno en sus tres cuartas partes de espesa caligrafía, resbaló de la mesa donde lo había abandonado un momento antes, cuando se levantó para coger una cerveza del frigo. Hacía calor, y la pesadez, incubada a lo largo de toda la jornada, daba ahora la cara abiertamente y se extendía por sus telarañas neuronales como una gota de tinta en un vaso de leche desnatada. La profusión de folios arrugados y desperdigados por el suelo eran la prueba exacta de su capacidad creadora; una siembra de derrotas en todo orden.
Se acercó a la ventana y, a punto de rescatarlo, una ráfaga lo empujó de nuevo y el texto se dejó caer con suaves oscilaciones hasta el tendedero del vecino. «¡Coño!», exclamó alarmado.
El joven había alquilado el piso de abajo un par de meses atrás. Una noche que se cruzaron cuando él bajaba a tirar la basura lo invitó a que viera su pecera azul. Con curiosidad casi profesional, recolectora, el hombre aceptó de buen grado. El interior del apartamento era difícil de catalogar, ni organizado ni caótico, sino una extraña combinación de ambas cosas: una especie de islas de insólita anarquía se componían en un orden preciso dentro de la casa, como si todo estuviera fuera de lugar y en su sitio al mismo tiempo. Una inquietud amenazante le recorrió el espinazo y un regusto eléctrico le resbaló por los laterales de la lengua. La pecera estaba iluminada por neones azules y en su interior nadaban seis o siete peces de aspecto huraño. El chico cogió un muslo de pollo de la nevera y lo sostuvo por encima del agua. Los peces se congregaron debajo. Uno de ellos dio varias vueltas inquieto, saltó y se aferró al alimento, coleando fuera del agua. El tipo gritó excitado «¡son pirañas!», y soltó el muslo cuando otro emergió por el lado contrario y mordió la carne muy cerca de sus dedos. Cuando cayó al agua, todos los peces se lanzaron a devorarlo. En un par de minutos sólo quedó el hueso blanco sobre la gravilla de la pecera. El chico sonreía orgulloso.
Después de este episodio, el escritor vigiló con interés las evoluciones de su vecino, la arbitrariedad de sus entradas y salidas, los inquietantes personajes que lo visitaban, y captó por la rendija de la puerta entreabierta los diálogos furtivos que tenían lugar en el rellano de abajo. Como escritor realista, la actividad del nuevo inquilino resultaba una interesante fuente de inspiración, así que observó lo que pudo y fabuló el resto.
Que el joven leyera lo que estaba escribiendo basado en su espionaje casero, a pesar de su poca calidad literaria, no dejaba de suponer un peligro latente. No sabía hasta qué punto eran reales sus sospechas, ni cuánto de lo imaginado se había infiltrado en la objetividad de sus observaciones, pero en estos momentos la duda de si la pistola que aparecía en su relato la había visto de verdad entre el caos de una de las islas o era fruto de su propia cosecha lo empujaba a reaccionar por puro instinto de conservación.
Decidido a poner la hoja volandera fuera de su alcance, pensó lanzarle una zapatilla que la arrastrara al fondo del patio interior, donde sería fácilmente recuperable. A punto estaba de soltarle encima una de sus Nike cuando por tercera vez el folio vibró un instante antes de flotar y colarse ingrávido por la ventana del vecino. Muy alarmado, casi angustiado, bajó para recuperar la hoja antes de que cayera en sus manos. Después de varios aporreos comprendió que allí no había nadie, excepto las pirañas, si no se habían comido unas a otras. Pensó en tirar la puerta abajo, pero desistió cuando comprendió que lo que estaba ocurriendo no era una película de serie B y tuvo conciencia de sí mismo, o sea, de su escasa envergadura real. Decidió esperarlo en su casa con la puerta abierta para oírlo llegar y abordarlo antes de que entrara en el apartamento. Sería fácil si no venía acompañado. Además, sólo se trataba de una hoja sin la menor importancia que había arrastrado el viento. En cualquier caso de nada servía preocuparse, y por lo pronto gozaba de la tranquilidad de que mientras no llegara no habría peligro real ni figurado.
Cuando el chico acabó de leer la hoja cogió la pistola y subió con sigilo al piso de arriba. Se mosqueó cuando encontró la puerta abierta. Levantó el percutor y entró en silencio, como los polis, con los brazos extendidos y apuntando en todas direcciones con barridos laterales de sus manos agarradas al arma. El hombre dormido despertó con una especie de gruñido y levantó la cabeza con un movimiento brusco. El chico disparó instintivamente y el hombre cayó de espaldas, junto con la silla en la que estaba sentado, en mitad un montón de folios arrugados.
El joven ojeó alguno de los papeles estrujados y comprendió. «Pobre imbécil», murmuró. Bajó a su apartamento y recogió lo imprescindible para un rápido cambio de domicilio. Cuando iba a salir decidió ofrecerles un atracón de despedida a las pirañas. Dejó caer en la pecera un par de filetes y los restos del pollo de la cena del día anterior. Los animales se lanzaron sobre la carne y el agua se enturbió en pocos segundos.
Antes de abandonar el apartamento, buscó el folio delator, subió y lo dejó caer sobre el cuerpo del novelista, como si él sí aceptara su papel de serie B.
La hoja, ligeramente doblada por los bordes, pero entera al fin, parecía descansar victoriosa sobre el pecho de su autor. Tal vez un poco encogida por todo ese montón de semejantes muertos, arrugados y enredados con pelusas, pero indudablemente satisfecha por su justa venganza.
miércoles, abril 29, 2009
La tormenta
De madrugada, la lluvia comenzó a mojarle el abrigo raído. El hombre juró en voz alta y pensó que ojalá lloviera dinero, un buen chaparrón. Pronto oyó a su lado un golpe sordo seguido de un tintineo. Recogió la moneda de euro y la observó en la palma de la mano: el choque contra el adoquín la había doblado. Escuchó más colisiones alrededor, como balazos, y sonrió con la boca abierta buscando las monedas. Entonces la lluvia arreció y saltó hecho añicos el parabrisas de un coche cercano. Se asustó cuando comprobó que las que caían de canto atravesaban el capó de los coches como si fuera de mantequilla. Corrió con las manos en la cabeza, rodeado por el fragor metálico, pero uno de los discos impactó en su hombro y lo lanzó contra la acera antes de conseguir refugiarse. Expuesto a la lluvia en toda su longitud, los pequeños proyectiles se le clavaban en la carne con facilidad.
Antes de perder la consciencia un relámpago iluminó a lo lejos la imagen de una casa aplastada por el peso de las monedas, donde la tormenta descargaba con furia.
martes, abril 21, 2009
Hoy por ti, mañana por mí
Me detengo a unos metros y observo el panorama sin salir del coche. Ya no se mueve. ¿Se habrá terminado de morir? Intento pasar entre las piernas y el borde de la calzada, pero la rueda tropieza con algo cuando estoy a punto de sortearlo. Sé que son sus pies. Pienso en lo fácil que sería pasar por encima y olvidar todo el asunto, dejarlo atrás, pero la posibilidad de oír gritar al tipo en caso de que esté vivo es más de lo que puedo soportar. Doy marcha atrás y echo un último vistazo a los alrededores antes de bajar. Dejo la puerta abierta por si las moscas y me acerco al herido —o al muerto, cómo saberlo—. El viejo no responde a mis palabras así que le doy unos meneos en el hombro con la punta del zapato, suavemente primero y con energía después, sin conseguir el menor resultado. Ni siquiera parece respirar, ¿cómo habrá venido a parar aquí? Busco signos de atropello o algún tipo de violencia en su cuerpo o en el suelo en torno a él, en ambos lados de la calzada, las marcas de un neumático, un frenazo…, pero todo parece tranquilo, como si el tipo hubiera decidido irse a morir allí, en medio de una carretera local que viene de ninguna parte y que se dirige a ningún sitio.
Por lo pronto decido sacarlo del camino para poder pasar y después, si está muerto no voy a meterme en líos, que a fin de cuentas qué ayuda puedo prestarle ni yo ni nadie en ese caso, y si está vivo ya veremos. Estoy tirando del cuerpo por los sobacos con gran esfuerzo y escaso éxito cuando un vehículo aparece en la última curva y avanza a toda pastilla contra nosotros. No tengo tiempo de reaccionar ni de hacer ninguna otra cosa que quedarme mirando aquel bólido rojo a punto de impactar contra mi coche. Se detiene con un frenazo humeante a unos palmos del parachoques y un tío con bigote se me queda mirando con las manos en el volante y los ojos como platos. En un par de interminables segundos comprendo que no están compinchados, que el muerto no se va a incorporar con una pipa en la mano agarrándome de los huevos, ni el del bigote se va a plantar en jarras delante de mí con la sonrisa ladeada, y consigo entonces tragar la bola de miedo que me ha cortado la respiración por unos instantes. Un cosquilleo en la palma de las manos me acaba de confirmar que la sangre circula de nuevo por mis venas. Revivo.
En ese momento no puedo evitar imaginarme la escena desde arriba, enfocada por una cámara cenital: a duras penas puedo detener una carcajada tan absurda como la imagen congelada de tres personajes en semejante trance en medio de ninguna parte. Aunque el asunto no tiene ni puta gracia, la verdad.
―¡Lo ha matado! ―grita el hombre del bigote abriendo la portezuela y apuntándome con el dedo índice.
―Eh…, no, no. Lo encontré así ―niego yo con el mismo de mi mano derecha, como si fuera un frenético limpiaparabrisas, con el brazo extendido en su dirección.
La víctima, sostenida de pronto de un solo lado, ha dejado caer la cabeza hacia atrás y exhala un gorgoteo burbujeante que atrae mi mirada y la del otro tipo, que ha llegado a nuestra altura. Con los brazos hacia atrás a modo de contrapeso, mira al herido como si mirara un precipicio y el instinto lo empujara a contrarrestar una posible pérdida de equilibrio.
―¿Qué está pasando aquí? ―pregunta en plan americano, sin llegar a ponerse del todo a nuestro alcance, guardando las distancias.
―Nada. He encontrado a este hombre ahí, tirado en mitad de la carretera, cuando venía conduciendo.
―¿Está muerto?
―Creo que no haría esos ruidos si lo estuviera...
― ¿Y dónde lo lleva?
―Eh…, a ninguna parte, no sé, acabo de encontrarlo.
El hombre lo mira con el ceño fruncido unos segundos, sin llegar a tocarlo. Después inspecciona el paragolpes delantero de mi coche y decide:
―Bien, habrán huido después de atropellarlo. Vamos a subirlo al coche, llevémoslo a un hospital antes de que sea demasiado tarde.
No puedo evitar sentirme una mierda ante la empatía que puede desplegar, de buenas a primeras, un desconocido cualquiera. Y yo temiendo que fuera un atracador hace un momento… Cuando lo agarra de las piernas casi estoy a punto de gritarle que no, que lo suelte, que lo he encontrado yo, que es mi oportunidad, no la suya. Como un miserable me dejo llevar sosteniendo al muerto por las axilas mientras el buen hombre camina hacia atrás dirigiendo la operación. Cuando la repugnancia hacia mí mismo casi me produce una arcada, el tipo del bigote se detiene y abre la puerta trasera de mi coche.
―¿Al mío? —pregunto desconcertado.
―¿Qué importa eso ahora? ―me pregunta con tono vagamente acusador.
―Yo pensé…, pero claro, por supuesto…, faltaría más, claro... Vamos.
Empujamos como podemos al enfermo, o lo que sea, dentro del coche. La presión en el estómago le hace eructar; huele a rayos. Apenas podemos apoyarlo en el respaldo del asiento trasero, con las piernas encogidas contra una de las puertas. El hombre del bigote dice que es mejor mantenerlo incorporado no se vaya a ahogar con su propia lengua.
―Vamos, arranque ―dice el tipo cerrando las portezuelas―, en el pueblo siguiente podrán atenderlo. Le sigo.
―Vale, venga… ―alcanzo a contestar, y me pongo en marcha.
Veo por el retrovisor que el coche rojo, efectivamente, me sigue a corta distancia. Me digo que bueno, que no soy tan ruin, lo habría traído yo aunque no hubieras aparecido tú, señor bondadoso con bigote, es lo menos que se puede hacer por una persona en esas circunstancias, ¿no? Hoy por ti, mañana por mí; nadie está libre de accidentes.
Me siento bien. Incluso comienzo a silbar los primeros compases de una tonada, pero enseguida caigo en la cuenta de que la situación no es la más apropiada para ciertas alegrías y me contengo. El viejo de atrás gorgotea de nuevo suavemente. Avanzamos unos cuantos kilómetros sin encontrarnos con otros vehículos, ni con nada parecido al pueblo que lleva anunciándose desde hace un par de señales; no parece una región muy transitada.
Sin previo aviso, en un cruce, el tipo del coche rojo gira a la derecha y me quedo solo en la carretera. Bueno, a fin de cuentas al accidentado ya lo llevo yo, no necesito a nadie más. A lo lejos se divisan unas casas solitarias entre tierras cultivadas. Pero quizás tenga que declarar ante la policía, pienso; me podría haber ayudado como testigo o algo. Muy buena persona, sí, y muy responsable, también, y todo lo que quieras, pero el marrón me lo trago yo, y su conciencia tan tranquila.
Al viejo de atrás lo sacude una basca y oigo resbalar un líquido espeso. El hedor a sangre vomitada inunda el coche. Joder, este tipo está podrido por dentro. Por la esquina del retrovisor consigo ver una papilla negra que se desliza lentamente por la pechera del tío y decido pararme a limpiarlo antes de que me embarre la tapicería. Orillado en el arcén, me cuesta la vida sacar al herido del coche. Como si hubiera recuperado de pronto la consciencia y no estuviera de acuerdo con mis intenciones, los dedos se le enganchan a los bordes de los asientos como garfios, resistiéndose a salir. De hecho, una vez que consigo bajarlo y apoyarlo en una de las ruedas para intentar quitarle la plasta, el hombre entreabre los ojos y balbucea algo que no entiendo porque lo regurgitado ahoga su voz. No sé si se está recuperando o se está terminando de morir otra vez.
Ahora que lo pienso, no era necesario bajarlo para enjugarle las bocanadas, no sé por qué lo he hecho, pero de pronto se me ocurre. Sólo se oyen algunos pájaros en las cercanías y los borboteos del viejo: no se ve un alma. Le empujo con el pie y el tipo cae de lado sobre el asfalto. Subo y cierro la puerta. Aún flota un fuerte olor en el interior, pero nada que no se vaya a cierta velocidad con las ventanillas abiertas. Observo al viejo por el retrovisor, tirado en el camino, alejándose. Antes de tomar la primera curva veo que levanta el brazo un par de veces.
jueves, marzo 19, 2009
Más pequeñas muertes cotidianas
De callejones oscuros desemboqué en el cruce de calles sin asfaltar que se usaba como plaza y me senté en la acera, contra la pared, en una esquina de la que colgaba una bombilla encendida con un platillo que la protegía los días de lluvia. En el muro de enfrente, un puñado de vatios lo intentaba por su parte desde el otro lado con un halo mortecino; los dos círculos de claridad se desvanecían a pocos metros de su origen y no llegaban a encontrarse en el centro del terreno, donde se hacinaban las sombras.Había visto en el cine la inclinación de muchas mujeres por hombres velados de misterio, tipo James Dean, solitarios y silenciosos, así que decidí mostrarle esa noche una faceta distinta de mi carácter con la esperanza de que, por un milagro, ella me descubriera desde su ventana. Calculé que media hora de pensamientos reconcentrados bastaría para conseguir mi objetivo y me puse a ello con la mirada sumergida en la profundidad de mí mismo.
Me habría venido al pelo un cigarrillo, tirar el humo por la nariz, escupir las briznas de tabaco prendidas de los labios y, atrapada entre el pulgar y el índice, lanzar después la colilla lejos, como un disparo, sacando chispas en los rebotes antes de quedar inmóvil, incandescente en las sombras. Aquella imagen acentuó mi condición solitaria, y mi alma, proyectada en la brasa moribunda, se veía hermosa e indefensa ¿Cómo iba a soportar mi niña la tentación de venir a consolarme…?
Pero yo no tenía tabaco. Robarle pitillos al abuelo era imposible desde que mi madre, temerosa de curas y médicos, le hurgaba los bolsillos y le requisaba los paquetes arrugados. A veces lo sorprendía ocultando para otra ocasión pavas a medio fumar en los huecos de los ladrillos, en la pared desconchada, pero sabían a rayos.
No se veía a nadie. Flotaba en el aire el olor de los braseros que habían ido vaciando las calles con el reclamo de sus ascuas al amparo de la mesa camilla. Sombras esporádicas que cruzaban los huecos de las ventanas y el murmullo sofocado de conversaciones al otro lado de las puertas atenuaban la fuerte sensación de pueblo fantasma. El eco de un ladrido en un cortijo lejano apuntalaba el silencio del crepúsculo.
Una ráfaga me trajo el sonido de unas briznas arrastradas por el suelo, ramitas indecisas que criquearon a mi lado. Me llevé una a la boca.
La brisa, cada vez más fresca, levantaba olores a tierra escarchada de los huertos cercanos y los esparcía por las calles mezclados con el sabor amargo de la hierba. Mordí el palito. El regusto de la madera se deslizó lengua adentro. Reverberó en la cavidad nasal y despertó recuerdos de unos años atrás: el olor de las cañas jóvenes, verdes de savia, que doblábamos al límite de su elasticidad hasta que se partían con un crujido. Las despojábamos de sus hojas afiladas y las dejábamos lisas y relucientes, preparadas para la pesca de las manchas flotantes: globos de colores que arrastraba el curso lento de la corriente.
Aquella mañana de primavera pescábamos los globos pinchados que tiraba la fábrica acequia arriba. Les parcheábamos los poros y quedaban como nuevos. Al otro lado del canal, el brillo de su mirada me confundía. La falda plisada a cuadros, los calcetines amontonados en los tobillos, las libretas ―con las huellas de sus dedos en las hojas― apoyadas contra el vientre. Olor a lápiz y a goma de borrar en sus manos. Mechones de pelo rozando el proyecto de sus pechos. Y mi corazón, tembloroso como una gelatina roja.
Se me ocurrió de pronto, fue un impulso sin sentido y fuera de lugar; tras una disputa con otras cañas atrapé un globo de varios colores, grande y valioso, y sin que viniera a cuento lo puse a su alcance en la punta de la caña. Los demás se quedaron boquiabiertos, mudos, a la espera, dejando pasar los globos entre sus cañas vacías, pendientes de mí, pero sin apartar la vista del agua, mirando la escena de reojo. Ella puso cara de espanto. No se lo esperaba, pero pronto se recuperó. Entornó los ojos y miró la caña que yo mantenía en vilo. Sonrió muy sospechosamente con la comisura de los labios hacia un solo lado, y un fulgor perverso cruzó sus pestañas antes de taladrarme las pupilas. Luego, despacio y con premeditación, bajó la vista hasta el globo, se dio la vuelta con el desprecio oteando el panorama desde la punta de su nariz y me ignoró como si no existiera. Me dejó con la caña en alto, apuntando al vacío. Algunas niñas chismorrearon entre risas mal disimuladas. Los chicos no sabían qué hacer, hasta que uno de ellos soltó una carcajada y todos se le unieron. Tiré la caña al agua y corrí de allí.
Esa humillación antigua hizo retumbar mis intestinos y me sacó del recuerdo. Rechinaban mis tripas por encima del tintineo apagado de los cubiertos de la cena en la casa de al lado, del eco lejano ―lejanísimo― de los perros, de las toses enfermas al otro lado de la pared, del traqueteo irregular de una bicicleta acercándose. Inhalé con avaricia la humedad del aire como si recordara de repente que respirar es necesario.
El pedalear del ciclista iba ocupando silencio conforme se aproximaba por las calles adyacentes. El regusto de la escena en la acequia atravesó el tiempo y se me instaló en la boca del estómago provocándome gran inquietud. Sudaba y tenía frío. Miré el reloj, las agujas habían avanzado decididamente. Yo me moría por ella aunque nunca hubiera aceptado mis globos y esa noche no se había asomado a la ventana, ni siquiera había encendido la luz de su cuarto. Entonces me percaté de que eso, más que molestarme, de repente suponía un alivio; otras cuestiones que tenían que ver exclusivamente conmigo habían saltado a primer plano y asediaban la realidad a dentelladas.
El pedaleo del ciclista despojó a la plaza de quietud. El haz del faro cabeceante titubeó contra una pared cercana antes de llegar a mi altura. Me quedé inmóvil, intentando disimular mi figura en aquella esquina, deseando a toda costa esconder mi desnudez de los ojos extraños. Pensé que si no lo miraba yo, él no me vería, como un niño cuando se tapa la cara con las manos. Pero me vio. Lo supe cuando cesó el ritmo de los pedales y se dejó llevar por la bici. Tampoco entonces levanté la vista, pero sentí el calor de su mirada encendiéndome la cara. Mantuve los ojos fijos en el suelo, terco.
Al fin, y sin una palabra, inició de nuevo el pedaleo, indeciso al principio, y enseguida resuelto y con renovadas energías. Pareció olvidarse de mí. Entonces sí, entonces lo miré por la espalda, mientras se alejaba, y de pronto el tipo se volvió y me echó un último vistazo: allí estaba yo, solo, envuelto en la luz de la farola. Me vi con sus ojos, como aquella mañana en la acequia pude verme desde todos los ángulos en los ojos de los otros chicos.
No quería a preguntarme qué estaba haciendo realmente en aquella esquina, me aterraba la respuesta. Conseguí no hacerlo y abandoné el amparo de la bombilla, me deslicé hacia las sombras con todos los ojos del pueblo observándome tras las ventanas. Alcancé la esquina contraria después de siglos caminando sobre la acera, como en un sueño persecutorio. Luego aligeré por las calles oscuras mientras ladridos de perros lejanos ―muy lejanos― acentuaban la soledad a mi alrededor.
lunes, marzo 02, 2009
A quince días de los idus
Camino del taller, un africano me adelanta en bicicleta, el frutero acarrea cajas del furgón aparcado en doble fila, un perro enano asoma el hocico entre las cortinas y mira a dos hip-hoperos que vocean rimas en un balcón, la maleza invade a gran altura la fachada de un edificio agrietado, el cartero recorre la calle de flor en flor husmeando al azar en los buzones, un coche muy caro avanza por la calle despacio para que lo mire el negro, el frutero, el perro, los hip-hoperos, el cartero y yo.Cerca del taller, el sol me toca las cejas en una bocacalle, doblo a la derecha: Sonia o Vicky o Sandra se rasca el cogote detrás de un mostrador y le ofrece una baguet a una vieja que espera el pan y lleva una arruga origami incrustada en la falda, en una persiana mugrienta un cartón pegado con fixo dice cerrado por roina, detrás de un señor con corbata la calle huele muy fuerte a colonia for men, desde la azotea del cuartel de artillería abandonado se asoman los okupas y fuman cigarrillos entornando los ojos, más arriba una rata nocturna se cobija en las hojas profundas del ficus gigante, muy por encima las gaviotas planean el rastro de camiones de basura que migran al vertedero, y más arriba aún a lo mejor está Dios haciendo algo porque no es el séptimo día.
En el taller, los mecánicos adolescentes huelen a zapatillas cerradas, los otros sostienen pitillos encendidos en la boca y aguantan el humo en los ojos sin lágrimas, en la oficina del fondo espero la atención de una chica que me ignora, le digo hola, ¿está reparada mi moto? La chica chupetea un bic mordisqueado, busca en el ordenador y me dice para nada, y me mira luego porque no me muevo del sitio y arruga el entrecejo. Vale, ya volveré otro día, le digo.
Empujo la puerta y en la calle no huele a grasa de motores ni a carburo porque hoy empieza el mes de marzo y ya falta menos para algo.
martes, febrero 03, 2009
Una publicación importante: El punto y la coma
Se trata de un periódico que llegó a los 40 números culturales, un récord en Santiago del Estero.martes, enero 13, 2009
La intimidad de las ventanas
(Tabla de salvación de todos los naufragios)La incomoda un estremecimiento inoportuno de cosas por hacer, pendientes, tareas silenciadas que pugnan por la prioridad aprovechando su confusión de mujer recién arrancada de la lectura. Se aproxima al balcón y le cierra el paso al viento dando un empujón decidido, casi irritado, a la ventana entreabierta. Se detiene, a la espera, tras las defensas transparentes.
A pesar del sol, una tajada de luna no acaba de descender sobre las terrazas blancas. La observa y mientras se miran sus espíritus lunares la mujer toma conciencia de su posición y decide ponerse a pensar. ¿En qué?
Se mantiene quieta, intuyendo un desconcierto cercano, con pretensiones de agarrarlo con la razón y pedirle explicaciones o, acaso, rendirle cuentas, depende. La inquietud resuena bajo su ombligo con breves retortijones, como un bullicio de incógnitas sin resolver, sin respuestas, y busca una reconciliación acechando los gestos de otras personas más allá de los cristales, indagando significados en sus actos mientras respiran el aire limpio bajo el sol.
Al amparo del porche, en la casa de enfrente, un gato de pelo electrificado la observa con indiferencia. Tendido a los pies del vecino que lee, ignora las bandadas de grajos sobre los tejados. La mirada felina le asciende por la espalda como un lengüetazo, le eriza la nuca. ¡Bastardo!, murmura.
Abajo, en el jardín, un hombre doblado sobre la barriga arranca hierbas jóvenes bajo los cipreses. Es su marido, un ser en el que confía. La mujer entretiene la mirada en las humedades de sus axilas, frías: la desgana férrea de la existencia le trae regustos de un odio incomprensible que intenta contener sujetando un mechón rebelde detrás de la oreja, un último esfuerzo, un gesto por concretarse y evitar la dispersión de una inquietud que ya le va siendo familiar. Trepan hasta el balcón las voces lejanas de niños ocultos, quizás los suyos. Se le suelta entonces una sonrisa amable y entorna los ojos como si la respuesta revoloteara de repente delante del fulgor azulado de sus ojos y la tuviera ya en la punta de la lengua, casi pronunciable.
Se deja rodar por el camino menos ingrato: es amor, es un cariño grande y extenso que la derrama, tenaz como un mar con sus olas inagotables y sus corrientes como caminos de vida. Es su propia existencia que se diluye sobre la vasta superficie rizada, destellando en las escamas de peces voladores. ¿Por qué esta inmensidad que la rebosa no apacigua entonces los aullidos temibles del viento? ¿Por qué el vértigo de estos torbellinos? ¿Por qué esta náusea súbita por los sudores de su marido?
Él la sorprende sostenida en sí misma, transparente. Su cara perpleja, la observa desde abajo, contra el cristal, quizás el cielo reflejado en la humedad de sus ojos. El hombre sonríe y atraviesa el jardín en dirección a la casa.
El gato ovillado dormita ahora, ignorando los remolinos del viento. Un silencio quieto mantiene el tiempo en suspenso, atento, detenido a su alrededor mientras las cosas se deslizan al margen, como si hubiera sido extraída y encapsulada. Contenida y ajena, le sobresaltan las pisadas mullidas y deportivas de su hombre. Siente el decidido abrazo de sus manos en la cintura, aplastándole los glúteos contra su pelvis. El blanco de la dentadura le marca el cuello, no muy fuerte, pero tampoco flojo. El olor verde de la hierba arrancada se escapa de entre sus dedos vientre arriba.
Tremendo consuelo olvidarse en otro. Perezosa, se deja abrumar por la comodidad de una vida a medias. Irresponsable, se abandona a su abrazo con alivios de niña, con un querer al borde de los labios: hazme ahora, créame. Pero la mujer se intuye, a pesar de no saberse consciente y concreta.
Se siente desmenuzada, es cierto, pero se siente, y el sabor conocido de la mezcla de sus salivas entorpece los intentos creativos del hombre, ajeno a esa labor hacedora que ella le confía. La atrae contra su pecho, pero ella aparta los labios, esquiva. La persigue con dulzura y ansiedad. De nuevo escapa. Le busca los ojos por adivinar lo que su boca encierra, y lo confunde su dureza azul, su rechazo inapelable.
Descubierta y vulnerable, se agarra aterrada a su cuello con gestos vacíos, lo retiene obligada, y en el desconcierto le susurra a la nuca: tengo tanto por hacer... Esta infame confesión se desliza como un bálsamo por los miembros crispados del hombre ―al menos, no es culpa suya―, cera caliente agradecida, y la abraza. Ella aprovecha la tregua para zafarse y arañar la perplejidad de su odio contra el gotelé de las paredes, evitando herirlo a toda costa.
Sin volver la vista sale de la habitación: tengo que pelar las patatas, le dice con un hilo de voz, irrevocable.
domingo, enero 04, 2009
La otra vida
La hélice del aeroplano se eleva despacio en la bóveda de la mañana, el rumor se acerca y se aleja en vaivenes de aire hasta que lo engulle el silencio de una esquina del cielo, muy alto a la derecha. Dos moscas, o más, zumban en los planos de sol que atraviesan la ventana y calientan el polvo suspendido en la quietud. Un vidrio estalla quedo, limpio, una raja atraviesa instantánea el cristal, la luz fractura uno de los cuadrados transparentes en dos triángulos de claridad; puedo ver el percance por el rabillo del ojo: el cristal desgajado de esquina a esquina no se ha desprendido de su marco. Una mosca me tantea los orificios de la nariz, salta, dibuja una zeta veloz, aterriza en la boca y sobresalta a otra que anda palpando las grietas de mis labios. Otra más se une a la recién espantada en una espiral persecutoria y ambas, o tal vez más, se detienen cráneo adentro, donde alguna vez tuve pelo, cuando los días corrían fugaces en el vigor de la juventud.
Unos pasos se acercan arrastrando un par de zapatillas con frufrú de medias de nailon a la altura de los muslos, se detienen muy cerca y me desplazan hacia la izquierda, a un lugar más oscuro, de sombra, para que el sol deje de morderme la piel. Manos regordetas ahuyentan las moscas de la cara, me cierran la boca, colocan un pañuelo estirado que me cubre la cabeza, abren la ventana: puedo oír el chirrido delgado de un gozne. La brisa que entra de pronto me acerca la vibración del cristal astillado. Un momento antes de que el siseo de muslos se aleje y regrese por donde ha venido estalla un estornudo. Cuando las pisadas, distantes ya, se han fundido con el silencio remoto de la estancia me rodea un fuerte olor a saliva.
Y vuelve la quietud de fondo otra vez, ahondada por un murmullo de hojas agitadas que sube hasta la ventana. Restos de graznidos atraviesan la uralita y me llegan apagados desde el confín del horizonte, en el límite del firmamento, donde una bandada de grajos cruzará la luz abierta como una nube de hormigas. El zumbido de las moscas se va incorporando por caminos zigzagueantes al paisaje sonoro. Se dejan caer sobre el pañuelo y lo recorren con sus patitas de aquí para allá, buscándome. El sonido de cremallera exigua de sus carreras sobre la tela me apacigua el ánimo. El olor del estornudo se hace familiar en el recuerdo y, un momento después de que una sombra con patas atraviese la planicie traslúcida del pañuelo que me cubre los ojos, sé que voy a quedarme dormido de nuevo.
martes, diciembre 16, 2008
Metamorfosis
Homenaje a los brillantes cultivadores de lo pequeño y de las buenas prácticas blogueras.Lo primero que oí al otro lado del teléfono fue mi nombre. Sonó anhelante en la voz de Marian, casi una súplica. Ojalá hubiera preguntado quién es, o cualquier otra cosa, pero cuando pronunció mi nombre una sacudida agarrotó mis músculos, una onda opresora que me rodeó y me paralizó. Al otro lado del cable mi mujer insistía en preguntar si era yo, si me encontraba bien, cuándo iba a volver, pero yo estaba más tieso que un muerto. El teléfono se me escapó de las manos. Guardé su número en el bolsillo y salí de la cabina sin decir nada. El auricular, a dos palmos del suelo, quedó atrás balanceándose en el extremo del hilo.
Intenté identificarme con mi nombre repitiéndolo en voz baja calle arriba hasta que perdió completamente su significado.
martes, diciembre 09, 2008
Juegos de manos
Dejé de besarla y nos quedamos un rato en silencio. La sombra de la Torre del Oro se había deslizado veloz sobre el pavimento desde que nos sentamos en el banco. Un remolcador cargado con desechos de escombrera pasó río abajo y de repente me entró la urgencia, como temiendo que un mal aire lo precipitara todo en la dirección errónea y decidí contárselo sin más preámbulos.
Aunque no había estado antes con ella ―nunca en persona, porque por la webcam hacía meses que nos veíamos―, no tenía la menor duda al respecto; aún con los labios entumecidos por los besos, el reconocimiento de su lengua había transformado en certezas todas mis sospechas: era mi complemento básico, mi otro yo, la parte sólida que perdí cuando nos capturaron. Debía arriesgarme y contárselo a pesar de que su procedimiento de borrado había sido a todas luces un éxito. Era evidente que después de insertarla en el código genético anfitrión el sistema le había rastreado hasta el último rincón de la memoria y le había ofrecido una vida nueva, sin recuerdos. Conmigo, sin embargo, algo falló.
Durante mi primera replicación asíncrona en las cadenas de ADN debió producirse una interferencia que dañó la lanzadera de las rutinas de borrado y, aunque nací sin memoria como cualquier bebé, conforme fui madurando despertaron los recuerdos de mis vidas pasadas y pude deducir mi verdadera situación. Ahora yo sabía, aquellos besos eran míos, inconfundibles después de tanto tiempo: cansados de morir en otros labios se fundían en mi boca y parecía no darse cuenta, la tonta.
Dada nuestra afinidad, en el chat le había insinuado mis sospechas sobre nuestro posible origen común, pero el tema no parecía interesarle mucho y siempre encaminaba mi atención hacia asuntos más terrenales. Yo me dejaba porque, en el fondo, también me gustaban más, pero ahora, zumbándome en los labios la certeza de que ella era yo, o más exactamente, la mitad básica de mí, no podía dejar de contárselo todo. Con tacto, sí, pero sin vacilaciones, puesto que aquel encuentro era una cita adúltera y al anochecer debía estar de vuelta en su casa, con su hijo y su marido. Algo del todo inasumible para mí.
Los trinitarios del cúmulo planetario Threeairs son seres de alta densidad compuestos por tres individualidades complementarias. La perspectiva tripartita de la realidad a lo largo de eones les ha permitido una comprensión profunda de los universos. Esta circunstancia los ha disparado a años luz de otros mundos con inteligencias unitarias y, por fuerza, torpes. Incluso, y puesto que la regeneración celular les permite alargar su vida hasta el hartazgo, han conquistado la diversidad con el dominio de la técnica y consiguen renacer en otro planeta de Threeairs bajo circunstancias completamente aleatorias, con la herencia oculta, pero no eliminada. Esto les permite vivir otra vez como niños y saborear la novedad de un mundo desconocido. Después, conforme los años van pasando, los recuerdos van emergiendo, y a la ventaja de ser una trinidad se une la experiencia acumulada de varias vidas.
Mi último renacimiento sucedió en un planeta del extrarradio. Allí oí hablar por primera vez a individuos marginales de los potentes placeres físicos que conseguían separando sus entidades: alteraban su estado natural y adquirían conciencia de cada una de sus partes sin las demás hasta lograr disociar completamente sus tres yoes. El mayor escollo era rebajar la densidad, y para conseguirlo circulaban sustancias clandestinas que aumentaban el volumen corporal; la masa se dilataba y la densidad disminuía. Con entrenamiento y empeño se podían separar los yoes y sentirlos físicamente fuera de la unidad, rozarlos entre ellos, tocarlos, besarlos, fusionarlos lentamente..., una locura para los sentidos. Pero lo que verdaderamente hacía perder la cabeza era compartir espacio con otro tripartito y mezclar tus yoes con los suyos, la peor mirada de todas las perversiones.
Con el abuso, mis dos entidades básicas comenzaron a desear mayor independencia con anhelos de reafirmar su individualidad, queriendo ser por sí mismas y solas. Fue entonces cuando comencé a tener dificultades para las fusiones, que cada vez eran menos perfectas. A esas alturas ya no podía dejarlo, la tentación era más fuerte que mis tres voluntades juntas. La entidad emulsionante, mi yo más débil, se resentía demasiado y no conseguía rellenar las grietas que se abrían entre las dos básicas. Ya no pegaba bien, y mi trinidad se resquebrajaba. Con la pérdida paulatina de la densidad mi aspecto se hizo descomunal y por ahí íbamos los tres, amontonados.
Al final, mi estado derivó en una esquizofrenia fácilmente detectable, y una comisión para la salud civil dictaminó la desconexión definitiva de nuestros yoes y el envío de mis dos identidades básicas por emisiones asíncronas separadas a un mundo de inteligencias unitarias mediante la replicación de nuestro código genético en óvulos fertilizados en destino. La identidad débil emulsionante no era susceptible de cuidado: separada definitivamente de las dos básicas iba perdiendo entidad hasta disolverse en la nada.
La probabilidad de que se reconocieran dos entidades complementarias en otro mundo era de risa. Sobre todo porque el proceso de borrado anulaba para siempre los recuerdos, y el reconocimiento de tu media naranja se hacía tan azaroso como diferenciar un grano de otro en la arena del desierto. No obstante, había sucedido. Yo recordaba sus caricias y las correrías de su lengua. Nosotros éramos la prueba viviente de que una de entre mil millones de veces, sucede. Un alambre candente había marcado nuestros labios con el mismo sello, ahora inconfundible.
Por el contrario, a ella no le sonaba nada de lo que le conté. Fue una esperanza ingenua que se había ido apagando conforme mi explicación avanzaba. Mientras le contaba todo el asunto bostezó en varias ocasiones –excusándose cada vez–, y otras tantas había intentado llevarme de nuevo a los placeres de su boca, consiguiéndolo unas cuantas. Cuando acabé mi narración me dijo, sin dejar de besarme, que era una alegoría preciosa –así la llamó, alegoría–, que comprendía mi intención, y que eso era lo que más le gustaba de mí: mi manera asombrosa de expresarme y lo sorprendente que resultaba mirar el mundo con mis ojos.
Apenas asomó la perplejidad a mi cara porque enseguida me puse muy triste; una fila cada vez más presurosa de minutos la empujaba hacia su casa, con su marido, y ella se mantenía aferrada a su ignorancia, inamovible como el ancla de un petrolero. Comprendí que no le era posible asimilar la suerte de haberme encontrado. Así de simple; todas esas patrañas humanas de que es más emocionante el camino que la meta.
Ella era yo pero, para mi desesperación, me hablaba como si yo fuera otro. Entonces se me ocurrió ofrecerle una demostración de lo que le había contado, algo que sembrara alguna duda en su conciencia. Con la información que recordaba de Threeairs y mucho tesón había conseguido disminuir localmente la densidad ya de por sí escasa de mi actual cuerpo unitario, de manera que podía asimilar elementos poco pesados dentro de mí, así que cogí una ramita del suelo y me la puse en la palma de la mano. La cerré delante de sus ojos y apreté con fuerza. Cuando la abrí la rama había desaparecido. Ella se quedó alucinada, y me pidió que le desvelara el truco.
Le expliqué lo de la densidad, pero ella insistió con lo del truco. Incluso me retó a que lo intentara con un cigarro. Sacó un mentolado de la cajetilla y lo dejó caer en mi mano con mucho cuidado. El tabaco me sentaba fatal, pero lo hice. Con los ojos como platos, volvió a insistir en que le dijera cuál era la treta. Hasta pretendió que sacara de su escondite la ramita y el cigarro. Se resignó de mala gana ante mis explicaciones.
No había manera. Me quedé mirando al río. El tráfico se desplazaba como un gusano gigante por la otra orilla. Una bañera vacía, enorme, quizás el mismo remolcador que bajó antes, avanzaba ahora con esfuerzo corriente arriba. La sombra de la torre se había dejado caer a las aguas. Nos quedamos en silencio. Ella no sabía.
Me vio tan abatido que propuso, inesperadamente resuelta, que nos fuéramos a follar a un hotel el resto de la tarde, hasta que se hiciera la hora de acompañarla a su casa.
–O mejor ya volveré sola, paseando, para llegar apaciguada.
–¿Comemos algo antes? –le pregunté.
–No hace falta.
Nos encaminamos en busca de un hotel. Al pasar junto a una papelera me deshice con disimulo de la ramita y del cigarro.
lunes, noviembre 10, 2008
Voy a perder la cabeza por tu amor
Lo saco para un certamen, perdonad que deje vuestros comentarios en el aire por unos días. Lo repondré pronto.
miércoles, octubre 22, 2008
El último viaje
Irlanda, igual que los nidos de gorriones huérfanos que me traía mi padre en las podas de limoneros, fue una sorpresa. Aquellos pájaros de mi infancia necesitados de alimento sucedieron en una época en la que cuando uno se ponía malito de fiebres la certidumbre del amparo envolvía al mundo bajo las sábanas, y siempre estaba mamá con sus canciones tendiendo la ropa, y el practicante calvo con inyecciones de hígado y su dedo torcido que parecía malísimo si te fijabas bien, y la abuela con los caldos de pata de pollo y los pescozones a destiempo para mantener mis reflejos siempre alerta, decía ella.
Irlanda fue una sorpresa de gorriones, pero le faltó esa seguridad sin fisuras que tienen los niños con padres y abuelas para mirar el mundo. Ni éramos niños ni había padres para creer que lo fuéramos. Al contrario, yo era el padre, y los niños eran mis hijos, y yo no sabía qué sorpresa traerles alguno de aquellos días para su felicidad.
Probé, lo juro, con unos mejillones fresquísimos arrancados a las rocas en la marea baja, divinamente programada para las diez todas las mañanas. Será porque no eran desvalidos animales con pico y plumas para cuidar sino conchas cerradas y duras como peñones, pero el caso es que no despertaron mucho interés. Cuando se veía, lo de dentro estaba muerto, a qué negarlo, aunque al abrirse con obligada lujuria en los fogones se descubría un anaranjado mar salteado con sabor a profundo océano que cuando yo lo regaba con limón era, de un sorbo, bicho exquisito.
Ni los probaron. En mi torpeza paterna zozobró su seguridad y se alejó, mar adentro, muy mucho de aquella protección que a mí me pasaba con los gorriones y la fiebre. Incluso me esforcé con algún otro detalle, como cuando la noche siguiente le regalé a mi hija una hortensia crepuscular. Ah, qué boniiiiita, dijo. Al amanecer asomé el hocico a la cocina y encontré una lluvia de pétalos marchitos desparramados alrededor de un vaso sin agua que sujetaba el tallo calvo.
Aun así, esa misma mañana les volví a ofrecer no una sino dos flores exóticas –otra para su madre, que me miraba envidiosa– de las que no conozco el nombre, flores delicadas con blancos fruncidos –casi comestibles–, en una de las cuales ―la de mi mujer― se escondía una tijereta que asomó las antenas y la miró de hito en hito. Ella, aparentemente nerviosa, asustó con su grito a unas borregas que pastaban cerca y lanzó la flor al aire. El bicho voló al azar del viento irlandés hasta conseguir aterrizar en su flequillo y entonces... Bah, para qué contar.
Quise quitarle importancia a estos pequeños infortunios ―no la tenían― y entonces: praderas cruzadas por muros de piedra, vacas rumiando los pilares de la tierra, lagunas negras de hierro en suspensión, coches con volante inverso a cien por hora circulando por la izquierda, valles, montañas y enorme sinnúmero de hi-please-sorry-bye. Decidí regalarles los mejores rincones de la costa oeste que ellos se empeñaron, jóvenes y rebeldes ―sin causa real― en que no eran tales y entonces: discusiones y tú no te enteras papá.
Finalmente, empecinados en su estúpido juego rebelde y ninguneando todas mis iniciativas, me dejé llevar por ellos, un fardo, a repelentes parajes irlandeses que se divisaban hermosos desde los picos de montañas accesibles por un sendero de cuatrocientos metros de desnivel. Los esperé en el coche, en compañía de cervezas.
No me lo perdonaron. Entonces no lo hicieron, no, durante un rato. Ahora ya sí, al fin, y somos muy amigos de vuelta a la península, y ya planeamos nuestro próximo viaje lleno de expectativas por unos días a un mundo mucho más feliz que éste de ahora de colegios y trabajos. También vamos a necesitar chubasqueros, y quizás un arma de fuego con licencia. La cosa promete.
Pero nada comparado con la fiebre, las coplas que tarareaba mi madre a trompicones con las pinzas metidas en la boca ―para que le cundiera más― tendiendo la ropa bajo la emparrada, y con aquellos pescozones al aire de mi abuela que me mantenían siempre despierto y un poco mosca.
domingo, octubre 05, 2008
Copias y réplicas
No llueve, el calor resbala por las hojas de las tipuanas y se acumula en los adoquines, un perro marca su territorio en la misma farola que lo han hecho otros cien y se queda mirando al sol con el hocico chispeante de luz, como una gelatina negra, y las patas llenas de ladrillos calientes. Una mujer con vaqueros se apura con un carrito de bebé que no es suyo y atraviesa el paso cebra sin miramientos, se pierde con otras chachas en las colas de los supermercados, y otra mujer, negra, se escama la caspa a la sombra de un muro que espera en vano los primeros líquenes del otoño. Bosteza la negra y entona un canto a capela de los que ponen en los documentales, étnico y precioso sube hasta mi ventana a pesar de los gañidos de las motos de pequeña cilindrada, sube a ráfagas y me siento otro que no soy yo sin saber qué puede significar tal cosa y pienso: Un niño de mamá muerta aprende a escribir en el colegio, mi mamá me mima... , y desde que empezó con la eme las hojas mojadas no le gustan a la seño que ya no sabe qué hacer con tantísimo desconsuelo inútil.
Dos hombres se ceden el paso sin decisión porque el calor que carece de identidad los rodea y se les instala en el velo del paladar y en los brazos cansinos y desganados a ratos, hasta que llega el ejecutivo de pantalón pitillo y con la tirana cortesía de su maletín los obliga faltaría-más-no-por-dios-ustedes-primero a pasar delante, sostiene la puerta triunfal, como no, nacido para trepar, infalible.
No llueve, los cristales reflejan el polvo de la calle con sabor a escombrera y al aburrimiento de las cosas quietas. La canción étnica se fue con la negra a rascarse los pelos a otro muro de esta ciudad llena de aceras y asfalto de tiempo inmutable. Ni una gota cae.
domingo, septiembre 21, 2008
viernes, septiembre 19, 2008
La verdad de las cosas
He dejado el libro, City, de Alessandro Baricco, estrellado contra el asiento de piedra, abierto por la página en la que iba leyendo. Cuando lo retome más tarde tendré que sacudir de sus tapas algunas briznas y pequeñas semillas que caen del árbol y me salpican la lectura toda la mañana. También hay un gato que juega con una hebra de lana en la hierba, entre las manchas de sol que se mueven agitadas por la brisa, y que luego se ha ido a cazar unos gorriones más allá de la piscina, que se han burlado de él con plumas y sus revuelos, fuera de su alcance. Ahora leo Doctor Pasavento, de Vila-Matas, en el porche, en el lado opuesto de la casa. Grandes hojas de palmera washingtonia se balancean sobre mi cabeza y suenan como cartones vivos que arañan la pared. Más allá, entre el follaje del ficus, denso, un par de verderones tontean con sus picos y se persiguen entre las ramas. He descubierto esta forma de leer sin percatarme, por puro azar.
Hasta ahora, si me agotaba un lugar después de un rato, o una conversación inoportuna me interrumpía, o el ataque de un mosquito conseguía ponerme nervioso, me llevaba el libro a otro sitio y en paz. Pero anteayer, sin pensarlo, dejé el tomo abierto en uve sobre la mesa del jardín ―Mantra, de Rodrigo Fresan― y crucé la casa en dirección a la piscina. Jugueteé con el gato y me dejé caer en la tumbona. El cielo de otoño incipiente había limpiado de polvo el aire y la claridad recortaba los perfiles de las cosas con el cuidado de una caricia. En efecto, parecían los seres vivos contentos de estarlo, y los inanimados felices en su quietud, y se me ocurrió que su alegría de luz me salpicaba. Satisfecho, recogí el libro abierto contra la banca de piedra, City, y proseguí con él. No me lo esperaba y me sorprendió retomar una historia diferente a la que había abandonado momentos antes: Mantra y City no tienen, aparentemente, nada que ver. Me sorprendió y también me estimuló ese cambio completo que incluía tanto mi interior como el entorno que me rodeaba. Cuando muchas páginas después abandoné de nuevo la lectura dejé el libro sobre la tumbona y pensé que la siguiente sesión sería otra vez con Pasavento, pero arriba, en el sillón del dormitorio, con los rayos del sol jugueteando en mis tobillos.
Así es como estoy leyendo estos últimos días. (He dejado otro en el cuarto de baño, Acción de gracias, de Richard Ford, porque siempre me llevo un volumen a esos menesteres. Éste, un tomo de más de setecientas páginas, lo leo a cachos aleatorios, abriéndolo al azar y ocupándome de unas pocas hojas cada vez.) El experimento (cambio de libro y de ambiente), ejecutado ahora de manera premeditada, me está resultando de lo más placentero, aparte de otra cuestión mucho más importante y sutil que creo atisbar entre tanto ir y venir.
Se trata de la fuerte sensación de déjà vu que me asalta después de avanzar varias páginas en cada novela, de estar leyendo, en el fondo, sobre lo mismo en todas ellas. Quizás esto que digo se contradice con la sorpresa inicial que mencionaba antes, al encontrar una historia cuando esperaba la otra, pero eso sólo sucede al principio, después las ideas de base se van asentando por sí mismas y se recolocan las de los cuatro tomos sobre una sustancia común que las hace inseparables. Y la cosa no queda aquí.
La sensación de sintonía trasciende a las lecturas y la reconozco también en los sustratos más determinantes de las cosas que me rodean. Levanto la vista, aguzo el oído, afino el olfato. El olor a hierba regada y al agua clorada de la piscina, el rumor de una escoba de esparto en la casa vecina, el murmullo de una cortacésped lejana, el silbido de entretiempo de una pajarita de las nieves en vuelo sobre la copa de los árboles, el verde tierno y casi traslúcido de las hojas contra el sol, la pupila vertical que desgarra el iris del gato cuando me mira, el ronroneo de su cuerpo mullido sobre mis muslos. En todo ello encuentro algo inseparable de la lectura. Recuerdo entonces haber leído en Doctor Pasavento que la verdad engloba a la realidad y a gran parte de la ficción.
Creo que entiendo de qué habla Vila-Matas. No sé si lo habré expresado bien, no sé si se entenderá, ni si alguien lo habrá experimentado así, o si la idea original no se habrá desmoronado en el intento de trascribirla, pero lo que sí sé es que la sucesiva sensación de instantánea sintonía con la verdad me ha aligerado tantísimo de deberes y obligaciones que he dejado momentáneamente de sentirme abrumado por las gilipolleces.
miércoles, septiembre 10, 2008
Sobre escribir o no escribir
“Se escribe con la angustia de verse deshonrado por una obra fallida. El fracaso de una obra supone una gran vergüenza personal, porque uno no ha podido demostrar ni su inteligencia ni su talento. Encima queda uno como un vulgar ambicioso, un trepador de medio pelo. La angustia domina pues la realización de la obra artística, pero lo peor no es eso, lo peor llega cuando no llega el fracaso sino que la obra resulta más o menos lograda y consigue aplausos y, sin embrago, no se obtiene de todo eso ni siquiera una íntima satisfacción. Y es que en realidad no hay nada ahí en el reconocimiento, nada. Una obra lograda vive su propia vida, existe en alguna parte, al margen, y poco puede hacer ya por la vida de su autor. Y encima, para colmo, al autor lo agobian de pronto con superficiales felicitaciones, aplausos de honor dudoso, grandes manotazos en la espalda, petición de ridículos autógrafos, cartas tétricas de amor, invitaciones a anudarse una soga al cuello en cualquier premio nacional.” Doctor Pasavento, de Vila-Matas
miércoles, julio 09, 2008
Némesis
Sucedió semejante cosa (se licuaron los pectorales de mi armadura) en la barra de aquel bar (que bien podría ser éste en el que ahora escribo, cómo saberlo), y no pude menos que acercarme a ese ser humano de género mujer que eras tú, si es que eras un ser humano, que mujer seguro que sí, con tu aspecto de hembra asediada quién sabe por qué, y te ofrecí lo mejor que tenía, que no eran, evidentemente, las palabras, sino un acercamiento parejo de mis labios a tu boca y de mis dedos a tus labios vaginales. Esto es: me ofrecí a tus labios porque eran los únicos órganos alcanzables que me dirían la verdad, si tal suceso tenía la menor probabilidad de no romper algunos cristales invisibles para mí y que saltara todo en añicos. Te acometí sin darle una oportunidad al pensamiento, al tanteo, o al comedimiento: sólo una apuesta franca entre no demasiadas posibilidades de entregarte mi corazón, y de que tú, como yo, te olvidaras de todos los aforismos del mundo y comenzáramos a conocer un lenguaje inédito y, p.s. sembrado de contenidos que podíamos hacer germinar con un sencillo interés de ida y vuelta.
Crujieron los vidrios, se les dibujaron grietas y minúsculos rayos de tormenta a los cristales. Yo pensé que era una buena señal: el mundo se convulsionaba pero nada se demolía: sólo la realidad crepitaba. ¿Y cómo no iba a crepitar al menos, cuando lo suyo era hacer saltar astillas y demoler el caos en sentido inverso a su expansión? (No importa demasiado no entender esta última frase, pero sería preferible que sí.)
Y en éstas, después del contacto abierto con tus labios sin que el tiempo cometiera impertinencias, impaciencias o premuras, una canción de lluvia y gastronomía de primera clase nos fundió a los dos en uno, sin saberlo nosotros. Y más tarde nos empeñamos en separarnos para mear en los bares adecuados, para hombres unos y para mujeres otros, sin llamar la atención, pero tan pegados andábamos que parecíamos lo mismo, y cortáramos por donde lo hiciéramos, se iban trozos de uno con el otro.
Estigmas.
La mitad de mis células son tuyas, me las dejaste, prestadas o tú sabrás cómo. La mayoría de mis órganos perviven del oxígeno que tú respiras. La némesis bien podría matarme si te mueres. La némesis bien podría trasferirme tus placeres, y entregarte a ti las indecencias turbadoras de mis actos. Y si bien podría, no lo hace: nos mantiene unidos por la panza a los vasos comunicantes del quiero y no puedo, nena. Y un buen día, nena, un buen día quizás incruste un tapón en el tubo de la transmutación, aunque nos sequemos tanto que no quede otra que elegir el sustrato como forma de vida, tan ajeno al hombre, tan individualista, tan separado de cualquier contacto humano o inhumano.
Qué remedio, binaria mía, inoportuna.
lunes, julio 07, 2008
Los sustratos
Los sustratos invernales se mueven despacio. Los más valientes asoman la nariz entre los juncos helados, estremecen a su paso el follaje en descomposición, sacuden las antenas o las orejas o las patas cuticulares, y no sé si les importa cruzarse con otros sustratos o simplemente van a lo suyo sin otro empuje que estar presentes en el instante (porque si no, qué).Ahí parecen mantenerse los fascinantes sustratos con la única misión de que un ser humano guarecido o guarnecido con ropas y bebidas calientes y creencias y amores y afanes y buenas intenciones se fije en ellos por casualidad y se maraville un instante de la extraordinaria diferencia entre lo que el humano ser va creyendo y lo que la realidad va siendo (tan ajeno siempre lo que es al pensamiento y al sentimiento sobre lo que es). El instante puede durar tanto como sucede relativamente (la matemática teoría del famoso judío) y entonces se podrían escribir aterradoras revelaciones que pasarían tan desapercibidas como los propios sustratos, o se escribirían aterradoras revelaciones que nos arrojarían a cotolengos infames, o se escribirían aterradoras revelaciones que nos empujarían al suicidio antes de ser escritores universalmente malditos y rentables, o se escribirían aterradoras revelaciones que asombrarían a nuestros padres y a nuestros hermanos y a los colegas del trabajo, y qué bien entonces.
Por su parte e interés, los sustratos se quedan afuera, a la intemperie invernal, mientras el ser humano se regodea en el bar de bizcochos borrachos y de matecitos y de tés y de amigos seres humanos agradecidos, francos, gentiles y un poco místicos. Los sustratos no están interesados en el bar amable, ni en el ser humano que, incrédulo, los descubre de vez en cuando, y nunca echan de menos los sentimientos del corazón ni los pensamientos de la mente. Los sustratos ni siquiera se preocupan de existir, sólo de no morirse.
Los sustratos son, así como son y a su pesar, sucesos vivos del universo discreto que cristalizan la red de hilos de azúcar más frágil y poderosa que un hombre sin principios podría, quizás, descubrir y morirse, o descubrir y ponerse más contento que unas castañuelas.
(Todo lo anterior sale de aquí).
jueves, junio 26, 2008
El amor que no mata, muere
lunes, junio 16, 2008
Mi ventana indiscreta
Las aceras están desiertas. El calor aprieta, y los fines de semana la ciudad se vuelca al mar. Sólo los coches se desplazan con su cargamento fantasma de una punta a otra de la metrópoli. Intento escribir desde hace días, pero estoy seco.Frente a mi ventana, al otro lado de la calle, dos mujeres limpian en un apartamento desde hace rato. La más joven, con el pelo recogido en una cola rubia, frota el cristal allá donde le señala la otra, que se ha quedado adentro escrutando a contraluz las manchas indiscernibles. Limpian a la par las puertas correderas del balcón, una a cada lado, como si fueran reflejos a destiempo: una con moño y camisón crudo, la otra con jeans y camiseta pegada al torso. La del camisón repara en una sombra que la de afuera no acierta a eliminar. Insiste con un dedo desde dentro, apuntando a un avión invisible por encima del flequillo de la joven, que le da al trapo con vigor, como si intentara borrarle la huella dactilar desde este lado. El resultado no satisface a la vieja. Con las manos en jarras mira a la rubia a través del cristal y sale a encargarse personalmente de la mancha. Cierra con energía las hojas solapadas, que se clavan con sendos golpes en sus picaportes. Frota y frota. Contenta, muestra el resultado a la otra, que le dice que sí repetidamente con la cabeza. Entonces pasa algo. La vieja quiere volver al interior pero no resulta fácil. Forcejea con las puertas, tira de una, luego de otra. No se abren.
Se han quedado atrapadas en el balcón de enfrente, a veintitantos pisos sobre la acera. Cierro ligeramente las baldas de la persiana para mirar sin ser visto. Las mujeres tironean un rato de las puertas. Miran alrededor. La más joven señala hacia mi ventana. Probablemente haya visto mi sombra moverse mientras limpiaba, antes de que estrechara la distancia entre las lamas. Pero ahora no pueden verme.
Se asoman a la calle. Los coches avanzan con las ventanillas cerradas, el aire acondicionado en marcha. Unos pocos ciudadanos transitan despistados por la acera. Las mujeres gritan, hacen movimientos con los brazos. Abajo, un grupo de jóvenes las miran, se ríen, las señalan, se empujan unos a otros antes de seguir su camino. El sol aprieta: la vieja se enjuga la frente con la manga del camisón. Dos manchas húmedas han aparecido en los sobacos de la rubia. Cada cierto tiempo prueban inútilmente con las puertas. Se apoyan en la barandilla y gritan. Me pregunto para qué, ¿qué se supone que ha de entender la gente allá abajo?
Discuten entre ellas, parece que se acusan. Desde donde estoy no consigo escucharlas, pero puedo ver gente en otras viviendas del mismo edificio. Cuatro pisos más abajo, a la derecha, un niño se moja el dedo con saliva y dibuja círculos en el cristal. Detrás de él, en un sofá contra la pared, un hombre y una mujer atienden al parpadeo de un televisor. Imagino la piel fría del niño, seca y acondicionada detrás de los cristales. En su balcón, las mujeres parecen sofocadas. El sol se desplaza muy despacio. La reverberación de la luz les impide ver el interior más oscuro de la habitación y hacen pantalla con las manos para mirar a través de los cristales. Lo hacen a constantemente. ¿Para qué? ¿Qué esperan descubrir si es evidente que en la casa no hay nadie más?
A la misma altura que el niño dibuja con sus babas, en el lado opuesto, un hombre que lee de espaldas al balcón parece oír algo. Se levanta del sillón con el libro entre las manos y se acerca a los cristales. Apunta el oído hacia la calle, pero en ese momento las mujeres deciden callarse un rato. El hombre mira en varias direcciones y se encoge de hombros. Desaparece por una puerta, quizás en busca de un vaso de agua fría, o a echar una siesta, quién sabe.
Las mujeres están maquinando algo. La rubia se busca en los bolsillos y saca unas llaves. Parecen muy animadas. Miran con insistencia hacia la acera, con las llaves en la mano, como si pretendieran dejarlas caer. No me parece mala idea, pero pueden herir a alguien y salirles caro. O que suceda todo lo contrario, que las llaves pasen desapercibidas y se pierda tan magnífica oportunidad. La única solución sería intentar llamar la atención para sincronizar la mirada de alguien con la caída. No parece fácil, están muy arriba.
La mujer mayor trajina con el trapo que ha usado para limpiar los cristales. Ah, no es tonta la vieja: se saca una horquilla del moño y lo amarra a las llaves, a modo de señuelo o paracaídas. Así conseguirá que la caída llame la atención y no se pierdan fácilmente. La rubia la mira con admiración, igual que yo.
Un joven acaba de doblar la esquina. Se acerca. Camina solo, despacio, ensimismado. No hay nadie más a la vista, sólo coches rugiendo. Las mujeres se preparan y cuando está a varios metros de la vertical dejan caer el trapo con las llaves y gritan a voz en cuello. El hombre las mira, sigue con los ojos el descenso vertiginoso del trapo que, desde luego, no cae como un paracaídas sino como un pequeño superman de capa blanca en dirección al centro de la tierra. Las llaves se estrellan a un par de metros del hombre, que se detiene, inmóvil, mirándolas. Arriba, las mujeres agitan los brazos, y los mueven uno contra otro, como compuertas que se cerraran. Parecen decir: stop, cerrado, se acabó... o algo así.
El hombre coge las llaves, las sopesa. Después se aleja de la pared todo lo que le permite la acera para conseguir una mejor perspectiva, y cuenta los balcones con el índice. ¿Veintitrés, veinte, veintiuno...? Con decisión, prueba las llaves en la puerta de entrada, y desaparece en el interior del edificio.
Minutos después su cabeza se asoma al salón de las mujeres. Busca la habitación en la que se encuentran atrapadas. Da unos pasos en dirección al balcón con las manos en los bolsillos. Las mujeres le hacen gestos, alborozadas. Él se detiene, las mira, se da la vuelta y sale. Lo veo pasar de una habitación a otra, parece registrar la casa a vistazos, quizás se cerciora de que está solo. No puedo saberlo. De nuevo vuelve al cuarto del balcón. Las observa golpear los cristales. Se sienta al borde de la cama, frente a ellas, sin mirarlas. Las ignora. Rebusca en los cajones de un mueble que hay contra la pared. Ellas siguen aporreando las puertas. El hombre baja la persiana y las mujeres se quedan aisladas. Al rato lo veo atravesar el salón y desaparece durante unos minutos. Vuelve con unas hojas de papel y una cerveza en la mano, de la cocina sin duda, y se sienta en el sofá, frente a una mesa. Las mujeres hablan entre sí, nerviosas. Han dejado de gritar. Pienso que es una buena idea, lo que está ocurriendo es anómalo y raro, y potencialmente peligroso, más vale no forzar la situación. El joven saca un bolígrafo del bolsillo de la camisa, se inclina sobre la mesa y se pone a escribir. Después de unos minutos se detiene, mira al frente ensimismado, confuso, y sigue escribiendo. Así está durante un rato. Las mujeres intentan escuchar el silencio pegando la oreja a la persiana. Esporádicamente la golpean un poco. El hombre se levanta en busca de otra cerveza y continúa escribiendo. Su cabeza inclinada se recorta dos ventanas a la izquierda del balcón de las mujeres.
Cuando la escritura llega a su fin vuelve a la habitación y sube la persiana. Las mujeres juntan las manos, suplicantes. Él las mira, ensaya una sonrisa torva, y da media vuelta. Antes de salir abandona el manuscrito sobre la cama. Escruto los papeles en la distancia, intentando adivinar, intrigado. El hombre reaparece en el salón. Arrastra una silla que ha debido encontrar en el pasillo. La coloca bajo la ventana, pero no se sienta: se sube a ella y haciendo palanca con ambos brazos salta a la calle. El vértigo me golpea como una onda expansiva, se me eriza el espinazo, me mareo. Al separarse de la ventana se ha encogido sobre sí mismo durante una fracción de segundo, en posición fetal, asustado, como si el vacío lo hubiera pillado por sorpresa. Enseguida se abandona, y las extremidades se despliegan al capricho de la física. Mientras cae, su cuerpo va girando y se estrella de espaldas contra el cemento. Me sujeto a la mesa para mantenerme en pie.
Las mujeres miran el cuerpo contra la acera, atrapadas en el balcón. Más allá, sobre la cama, unos folios garabateados llaman poderosamente mi atención.
Un par de vehículos se detienen junto al hombre reventado. Los pocos transeúntes que circulan por la acera se acercan y rodean el cadáver. Una mancha púrpura gana centímetros a la izquierda de su cabeza. Lentamente me recupero del choque. Las mujeres miran hacia abajo apoyadas en la barandilla, en silencio, petrificadas. Otros coches aminoran la marcha o se detienen a curiosear, la circulación fluye entrecortada. Suenan bocinazos y crece el barullo. Vecinos de los primeros pisos del inmueble se asoman a mirar, bajan hasta la acera.
¡El escrito...! En los papeles debe estar la clave de este espectáculo delirante. Los miro con ansia, y de pronto se me ocurre intentarlo. Cuento los pisos hasta el balcón: veintidós. Bajo a la calle y cruzo el tráfico amotinado. Quisiera, pero es difícil ver la cara del suicida, demasiadas personas alrededor. La gente lo contempla fascinada, casi con entusiasmo. Algunos miran hacia arriba, y señalan. No puedo entretenerme.
Me cuelo por la puerta entornada del edificio. El ascensor sube y me deja en un descansillo desierto. Suerte. Me muevo como un ladrón en las sombras, silencioso y alerta. Busco con pocas esperanzas una puerta que no esté cerrada. Pero ahí está, abierta de par en par, con las llaves puestas y el trapo colgado de ellas. Mucha suerte. He de darme prisa, pronto relacionarán a las mujeres del balcón con el muerto y subirán a preguntar. Si no estuvieran encerradas al otro lado, cualquiera podría pensar que lo han empujado ellas.
Si alguien me sorprende voy a tener problemas. No quiero líos. Ahí está la silla, y la ventana abierta. Escruto los edificios de enfrente por si alguien está mirando a esta altura, como hacía yo. No puedo estar seguro, así que decido taparme la cara con las manos al cruzar por delante de las ventanas. Miro por las ranuras entre los dedos. Me asomo a la habitación de las mujeres. La atracción del suicidio las mantiene hechizadas y no despegan la vista de la acera. Agarro las hojas de un puñado y salgo sin que se den cuenta. Abandono el ascensor en el primer piso, no quiero sorpresas. Compruebo que el camino está despejado antes de bajar el último tramo de escalera y salir a la calle.
Las mujeres echarán en falta los folios abandonados sobre la cama, pero eso no tendrá ninguna consecuencia. Si acaso, añadirá algunas incógnitas más al cúmulo que ya las sobrevuelan. Aún siguen en el balcón, interesadas en el muerto y casi olvidadas de su cautiverio en el exterior. Pronto las liberarán y dejarán de estar fuera. Paradójico efecto.
La tarde bosteza, el anochecer ya empieza a insinuarse en los límites de la ciudad. Varias palomas sobrevuelan el bochorno de la tarde ajenas a los movimientos de la calle: el suicida, los policías –uno que alivia el tráfico de mala gana, y otro que aparta a los curiosos–, los fisgones asomados a las ventanas, los bocinazos de los coches que alargan el atasco sin saber qué pasa más adelante...
Estoy contento: ahora tengo una buena historia sobre la mesa, a pesar del muerto. Mentiría si dijera lo contrario.
(A falta de bocados frescos, una buena conserva...)
domingo, junio 08, 2008
Cambio vital -o aparente-
No es algo que yo considerara estrictamente necesario, pero me ha parecido una buena opción para afrontar mi destino desde una perspectiva si no decisiva sí al menos lo suficientemente impactante como para creer que el experimento puede incidir de forma significativa en mi futuro inmediato ―tal vez digo, que siempre me quedará la duda―, y quizás en mi vida entera, quién lo sabe.
Por lo pronto, los efectos secundarios han conseguido apegarme más a la ficción cotidiana que a la literaria.
No sé por cuánto tiempo seguirá esto así, con mi capacidad creativa mucho más anulada que de costumbre, espero que poco, pero tampoco importa mucho: la literatura puede esperar ―no así la vida, que se precipita sumidero abajo al menor descuido―.
Reconozco que estas palabras ya son un paso en un sentido, pero ¿qué es un pasito en esta larga caminata hacia dios sabe dónde?
En un sentido, sí, pero, abundando, ¿en cuál?
domingo, mayo 18, 2008
Secretas nebulosas y pensamientos mudos
Luisa se presenta con un aparente vestido premamá de color negro que no alcanza a cubrirle las rodillas. Si está embarazada, la holgura del vestido impide adivinarlo. Lola, la anfitriona, me besa dos veces. Yo la abrazo con afecto y con ganas de matarla un poco: sus últimos cuentos rescatan los tesoros que yo siempre he buscado con una facilidad directamente proporcional a la tenacidad con la que a mí me esquivan. Su cortesía me permite el acceso a las mejillas de la invitada. Rozo dos veces su piel, turbado. Intento disimularlo.Antes de llegar, camino del taller, me he visto, no entiendo por qué, besando el dorso de su mano. Recuerdo este detalle cuando, después de nuestra presentación me quedo mirando su sonrisa cordial sin saber qué decir. Para detener el impulso de buscarle la mano y doblar la rodilla como un caballero decimonónico, se me ocurre comentarle que su último libro no me ha gustado mucho. Me contesta ―qué remedio― aquello de que las críticas desfavorables son las que más le interesan, y con su silencio me invita a seguir como si mi opinión tuviera un valor casi definitivo para ella. Me echa un cable para que no me hunda en la torpeza de las primeras palabras que le dirijo. Me muerdo la lengua por traidora, por cabrona y por hacerme pasar tan malos ratos diciendo lo que no quiero. El sabor persistente de la sangre, ahora que escribo esto, me amarra a la veracidad de los hechos, me ayuda a escribir una crónica tan realista como precaria puede ser la propia realidad.
Luisa nos cuenta de dónde salen sus novelas, dónde las busca. Nos habla de recuerdos, de misterios velados en nebulosas por los que asoman peces de pensamientos mudos con los que ella, imán de medusas, y telepática, dialoga sin mayor dificultad gracias a su predisposición. Así lo llama, predisposición. Supongo que tiene que ver con la sensibilidad que emana, y que esta tarde ―quizás a su pesar, quién lo sabe― alcanza nuestros folios garabateados y camina por las mesas como un cachorro que dan ganas de acariciar.
No sé lo que está diciendo, pero a mí me cuenta que cada novela que escribe no es una más, que es la primera y única de una Luisa-escritora distinta. Dice esas cosas y se recoge detrás de la oreja un mechón de pelo que anda todo el rato a lo suyo, flirteando con las pestañas. El mechón es un pez mudo, y reivindica el derecho a su presencia silenciosa. ¿Lo habrá identificado Lola? Creo que sí, toma muchas notas, entre tantas, alguna habrá sobre esta manifestación tan descarada. Lola es capaz de husmear en el universo de nebulosas ajenas y atrapar peces voladores con su exclusivo cazamariposas de mango telescópico.
Yo lo intenté por primera vez con los peces sin ser en absoluto consciente de ello. Con mis recién estrenados cinco años―demasiado pronto, qué duda cabe― aterricé de panza en un riachuelo del balneario de Mula, empapando un peto que había estrenado para la ocasión. Los peces se esfumaron a la velocidad de los pensamientos, cómo no, y ninguno apareció con su ansiada mudez durante la media hora que estuve intentando secarme abierto al sol con los brazos en cruz, sorbiéndome los mocos y conteniendo la vejiga hinchada del terror a la bronca que me esperaba. La soledad hizo conmigo un pacto de por vida esa mañana. Sin embargo, ahora, después de tanta cosa vivida, sé que sí, que los pensamientos mudos estaban allí, bajo el agua, escondidos entre los guijarros un segundo antes de saltar y anidarme en el recuerdo.
Luisa sigue hablando: de sus evocaciones, de la ficción, de la libertad para escribir sobre lo que está en ella. Abstraído desde hace rato por sus palabras, el aire lánguido de sus gestos me devuelve de nuevo la sensación de una mujer embarazada. Me pregunto si pasará siempre con ella. Me pregunto por mi sentido de la realidad. Me pregunto si no se me va a ocurrir que quizás su edad no es la más adecuada para tener un hijo. Pero finalmente, todo eso se me ocurre. Soy un memo.
Como ella dice sobre la demencia senil de su personaje-abuela, soy incapaz de distinguir lo real de lo imaginado. Lo sé, puedo saberlo, y, sin embargo, no quiero librarme del secreto, casi palpable bajo su vestido, que me ha brindado más allá de la literatura, no quiero ignorar la evidencia de ese punto de partida amarrado a una estaca clavada en el rincón de una nebulosa muda donde las hormigas rodean y jalean a una pareja de escorpiones que se retan una tarde tórrida en el desierto de Mojave, por ejemplo.
Su embarazo secreto es mi punto de partida, el trampolín que bien podría hacerme libre durante una temporada.
Luisa Castro, invitada al taller de escritura creativa que coordina Lola L. Mondéjar en la BRMU.
Luisa, al día de ayer, no estaba embarazada, pero por su edad podría aumentar en media docena la población mundial si se animara.
Lola acaba de publicar El pensamiento mudo de los peces, un libro de cuentos más que recomendable.

