Luisa se presenta con un aparente vestido premamá de color negro que no alcanza a cubrirle las rodillas. Si está embarazada, la holgura del vestido impide adivinarlo. Lola, la anfitriona, me besa dos veces. Yo la abrazo con afecto y con ganas de matarla un poco: sus últimos cuentos rescatan los tesoros que yo siempre he buscado con una facilidad directamente proporcional a la tenacidad con la que a mí me esquivan. Su cortesía me permite el acceso a las mejillas de la invitada. Rozo dos veces su piel, turbado. Intento disimularlo.Antes de llegar, camino del taller, me he visto, no entiendo por qué, besando el dorso de su mano. Recuerdo este detalle cuando, después de nuestra presentación me quedo mirando su sonrisa cordial sin saber qué decir. Para detener el impulso de buscarle la mano y doblar la rodilla como un caballero decimonónico, se me ocurre comentarle que su último libro no me ha gustado mucho. Me contesta ―qué remedio― aquello de que las críticas desfavorables son las que más le interesan, y con su silencio me invita a seguir como si mi opinión tuviera un valor casi definitivo para ella. Me echa un cable para que no me hunda en la torpeza de las primeras palabras que le dirijo. Me muerdo la lengua por traidora, por cabrona y por hacerme pasar tan malos ratos diciendo lo que no quiero. El sabor persistente de la sangre, ahora que escribo esto, me amarra a la veracidad de los hechos, me ayuda a escribir una crónica tan realista como precaria puede ser la propia realidad.
Luisa nos cuenta de dónde salen sus novelas, dónde las busca. Nos habla de recuerdos, de misterios velados en nebulosas por los que asoman peces de pensamientos mudos con los que ella, imán de medusas, y telepática, dialoga sin mayor dificultad gracias a su predisposición. Así lo llama, predisposición. Supongo que tiene que ver con la sensibilidad que emana, y que esta tarde ―quizás a su pesar, quién lo sabe― alcanza nuestros folios garabateados y camina por las mesas como un cachorro que dan ganas de acariciar.
No sé lo que está diciendo, pero a mí me cuenta que cada novela que escribe no es una más, que es la primera y única de una Luisa-escritora distinta. Dice esas cosas y se recoge detrás de la oreja un mechón de pelo que anda todo el rato a lo suyo, flirteando con las pestañas. El mechón es un pez mudo, y reivindica el derecho a su presencia silenciosa. ¿Lo habrá identificado Lola? Creo que sí, toma muchas notas, entre tantas, alguna habrá sobre esta manifestación tan descarada. Lola es capaz de husmear en el universo de nebulosas ajenas y atrapar peces voladores con su exclusivo cazamariposas de mango telescópico.
Yo lo intenté por primera vez con los peces sin ser en absoluto consciente de ello. Con mis recién estrenados cinco años―demasiado pronto, qué duda cabe― aterricé de panza en un riachuelo del balneario de Mula, empapando un peto que había estrenado para la ocasión. Los peces se esfumaron a la velocidad de los pensamientos, cómo no, y ninguno apareció con su ansiada mudez durante la media hora que estuve intentando secarme abierto al sol con los brazos en cruz, sorbiéndome los mocos y conteniendo la vejiga hinchada del terror a la bronca que me esperaba. La soledad hizo conmigo un pacto de por vida esa mañana. Sin embargo, ahora, después de tanta cosa vivida, sé que sí, que los pensamientos mudos estaban allí, bajo el agua, escondidos entre los guijarros un segundo antes de saltar y anidarme en el recuerdo.
Luisa sigue hablando: de sus evocaciones, de la ficción, de la libertad para escribir sobre lo que está en ella. Abstraído desde hace rato por sus palabras, el aire lánguido de sus gestos me devuelve de nuevo la sensación de una mujer embarazada. Me pregunto si pasará siempre con ella. Me pregunto por mi sentido de la realidad. Me pregunto si no se me va a ocurrir que quizás su edad no es la más adecuada para tener un hijo. Pero finalmente, todo eso se me ocurre. Soy un memo.
Como ella dice sobre la demencia senil de su personaje-abuela, soy incapaz de distinguir lo real de lo imaginado. Lo sé, puedo saberlo, y, sin embargo, no quiero librarme del secreto, casi palpable bajo su vestido, que me ha brindado más allá de la literatura, no quiero ignorar la evidencia de ese punto de partida amarrado a una estaca clavada en el rincón de una nebulosa muda donde las hormigas rodean y jalean a una pareja de escorpiones que se retan una tarde tórrida en el desierto de Mojave, por ejemplo.
Su embarazo secreto es mi punto de partida, el trampolín que bien podría hacerme libre durante una temporada.
Luisa Castro, invitada al taller de escritura creativa que coordina Lola L. Mondéjar en la BRMU.
Luisa, al día de ayer, no estaba embarazada, pero por su edad podría aumentar en media docena la población mundial si se animara.
Lola acaba de publicar El pensamiento mudo de los peces, un libro de cuentos más que recomendable.

4 comentarios:
Me encanta todo lo que escribes, nunca dejes de hacerlo!
Besos.
hank, a partir de hoy mis tripas se llaman mitaddelvaso.wordpress.com
un abrazo
Qué pasa aquí? Hank no escribe desde hace demasiados días y sus lectores no comentan su último post....
Querido! Está bien este ejercicio de escritura, aunque prefiero tus relatos más psicodélicos. Pero me gusta la Luisa que has pintado. Qué agradable compartir un ratito con ella, no?
En fin, me voy por donde he venido... que miedo me da dejar un rastro del camino a mi madriguera.
Un beso, Hank! Estoy ansiosa por nuevas publicaciones.
Me encanto leer tu sitio es muy bueno me gustaria leer mas de tus escritos.
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