lunes, junio 16, 2008

Mi ventana indiscreta

Las aceras están desiertas. El calor aprieta, y los fines de semana la ciudad se vuelca al mar. Sólo los coches se desplazan con su cargamento fantasma de una punta a otra de la metrópoli. Intento escribir desde hace días, pero estoy seco.
Frente a mi ventana, al otro lado de la calle, dos mujeres limpian en un apartamento desde hace rato. La más joven, con el pelo recogido en una cola rubia, frota el cristal allá donde le señala la otra, que se ha quedado adentro escrutando a contraluz las manchas indiscernibles. Limpian a la par las puertas correderas del balcón, una a cada lado, como si fueran reflejos a destiempo: una con moño y camisón crudo, la otra con jeans y camiseta pegada al torso. La del camisón repara en una sombra que la de afuera no acierta a eliminar. Insiste con un dedo desde dentro, apuntando a un avión invisible por encima del flequillo de la joven, que le da al trapo con vigor, como si intentara borrarle la huella dactilar desde este lado. El resultado no satisface a la vieja. Con las manos en jarras mira a la rubia a través del cristal y sale a encargarse personalmente de la mancha. Cierra con energía las hojas solapadas, que se clavan con sendos golpes en sus picaportes. Frota y frota. Contenta, muestra el resultado a la otra, que le dice que sí repetidamente con la cabeza. Entonces pasa algo. La vieja quiere volver al interior pero no resulta fácil. Forcejea con las puertas, tira de una, luego de otra. No se abren.
Se han quedado atrapadas en el balcón de enfrente, a veintitantos pisos sobre la acera. Cierro ligeramente las baldas de la persiana para mirar sin ser visto. Las mujeres tironean un rato de las puertas. Miran alrededor. La más joven señala hacia mi ventana. Probablemente haya visto mi sombra moverse mientras limpiaba, antes de que estrechara la distancia entre las lamas. Pero ahora no pueden verme.
Se asoman a la calle. Los coches avanzan con las ventanillas cerradas, el aire acondicionado en marcha. Unos pocos ciudadanos transitan despistados por la acera. Las mujeres gritan, hacen movimientos con los brazos. Abajo, un grupo de jóvenes las miran, se ríen, las señalan, se empujan unos a otros antes de seguir su camino. El sol aprieta: la vieja se enjuga la frente con la manga del camisón. Dos manchas húmedas han aparecido en los sobacos de la rubia. Cada cierto tiempo prueban inútilmente con las puertas. Se apoyan en la barandilla y gritan. Me pregunto para qué, ¿qué se supone que ha de entender la gente allá abajo?
Discuten entre ellas, parece que se acusan. Desde donde estoy no consigo escucharlas, pero puedo ver gente en otras viviendas del mismo edificio. Cuatro pisos más abajo, a la derecha, un niño se moja el dedo con saliva y dibuja círculos en el cristal. Detrás de él, en un sofá contra la pared, un hombre y una mujer atienden al parpadeo de un televisor. Imagino la piel fría del niño, seca y acondicionada detrás de los cristales. En su balcón, las mujeres parecen sofocadas. El sol se desplaza muy despacio. La reverberación de la luz les impide ver el interior más oscuro de la habitación y hacen pantalla con las manos para mirar a través de los cristales. Lo hacen a constantemente. ¿Para qué? ¿Qué esperan descubrir si es evidente que en la casa no hay nadie más?
A la misma altura que el niño dibuja con sus babas, en el lado opuesto, un hombre que lee de espaldas al balcón parece oír algo. Se levanta del sillón con el libro entre las manos y se acerca a los cristales. Apunta el oído hacia la calle, pero en ese momento las mujeres deciden callarse un rato. El hombre mira en varias direcciones y se encoge de hombros. Desaparece por una puerta, quizás en busca de un vaso de agua fría, o a echar una siesta, quién sabe.
Las mujeres están maquinando algo. La rubia se busca en los bolsillos y saca unas llaves. Parecen muy animadas. Miran con insistencia hacia la acera, con las llaves en la mano, como si pretendieran dejarlas caer. No me parece mala idea, pero pueden herir a alguien y salirles caro. O que suceda todo lo contrario, que las llaves pasen desapercibidas y se pierda tan magnífica oportunidad. La única solución sería intentar llamar la atención para sincronizar la mirada de alguien con la caída. No parece fácil, están muy arriba.
La mujer mayor trajina con el trapo que ha usado para limpiar los cristales. Ah, no es tonta la vieja: se saca una horquilla del moño y lo amarra a las llaves, a modo de señuelo o paracaídas. Así conseguirá que la caída llame la atención y no se pierdan fácilmente. La rubia la mira con admiración, igual que yo.
Un joven acaba de doblar la esquina. Se acerca. Camina solo, despacio, ensimismado. No hay nadie más a la vista, sólo coches rugiendo. Las mujeres se preparan y cuando está a varios metros de la vertical dejan caer el trapo con las llaves y gritan a voz en cuello. El hombre las mira, sigue con los ojos el descenso vertiginoso del trapo que, desde luego, no cae como un paracaídas sino como un pequeño superman de capa blanca en dirección al centro de la tierra. Las llaves se estrellan a un par de metros del hombre, que se detiene, inmóvil, mirándolas. Arriba, las mujeres agitan los brazos, y los mueven uno contra otro, como compuertas que se cerraran. Parecen decir: stop, cerrado, se acabó... o algo así.
El hombre coge las llaves, las sopesa. Después se aleja de la pared todo lo que le permite la acera para conseguir una mejor perspectiva, y cuenta los balcones con el índice. ¿Veintitrés, veinte, veintiuno...? Con decisión, prueba las llaves en la puerta de entrada, y desaparece en el interior del edificio.
Minutos después su cabeza se asoma al salón de las mujeres. Busca la habitación en la que se encuentran atrapadas. Da unos pasos en dirección al balcón con las manos en los bolsillos. Las mujeres le hacen gestos, alborozadas. Él se detiene, las mira, se da la vuelta y sale. Lo veo pasar de una habitación a otra, parece registrar la casa a vistazos, quizás se cerciora de que está solo. No puedo saberlo. De nuevo vuelve al cuarto del balcón. Las observa golpear los cristales. Se sienta al borde de la cama, frente a ellas, sin mirarlas. Las ignora. Rebusca en los cajones de un mueble que hay contra la pared. Ellas siguen aporreando las puertas. El hombre baja la persiana y las mujeres se quedan aisladas. Al rato lo veo atravesar el salón y desaparece durante unos minutos. Vuelve con unas hojas de papel y una cerveza en la mano, de la cocina sin duda, y se sienta en el sofá, frente a una mesa. Las mujeres hablan entre sí, nerviosas. Han dejado de gritar. Pienso que es una buena idea, lo que está ocurriendo es anómalo y raro, y potencialmente peligroso, más vale no forzar la situación. El joven saca un bolígrafo del bolsillo de la camisa, se inclina sobre la mesa y se pone a escribir. Después de unos minutos se detiene, mira al frente ensimismado, confuso, y sigue escribiendo. Así está durante un rato. Las mujeres intentan escuchar el silencio pegando la oreja a la persiana. Esporádicamente la golpean un poco. El hombre se levanta en busca de otra cerveza y continúa escribiendo. Su cabeza inclinada se recorta dos ventanas a la izquierda del balcón de las mujeres.
Cuando la escritura llega a su fin vuelve a la habitación y sube la persiana. Las mujeres juntan las manos, suplicantes. Él las mira, ensaya una sonrisa torva, y da media vuelta. Antes de salir abandona el manuscrito sobre la cama. Escruto los papeles en la distancia, intentando adivinar, intrigado. El hombre reaparece en el salón. Arrastra una silla que ha debido encontrar en el pasillo. La coloca bajo la ventana, pero no se sienta: se sube a ella y haciendo palanca con ambos brazos salta a la calle. El vértigo me golpea como una onda expansiva, se me eriza el espinazo, me mareo. Al separarse de la ventana se ha encogido sobre sí mismo durante una fracción de segundo, en posición fetal, asustado, como si el vacío lo hubiera pillado por sorpresa. Enseguida se abandona, y las extremidades se despliegan al capricho de la física. Mientras cae, su cuerpo va girando y se estrella de espaldas contra el cemento. Me sujeto a la mesa para mantenerme en pie.
Las mujeres miran el cuerpo contra la acera, atrapadas en el balcón. Más allá, sobre la cama, unos folios garabateados llaman poderosamente mi atención.

Un par de vehículos se detienen junto al hombre reventado. Los pocos transeúntes que circulan por la acera se acercan y rodean el cadáver. Una mancha púrpura gana centímetros a la izquierda de su cabeza. Lentamente me recupero del choque. Las mujeres miran hacia abajo apoyadas en la barandilla, en silencio, petrificadas. Otros coches aminoran la marcha o se detienen a curiosear, la circulación fluye entrecortada. Suenan bocinazos y crece el barullo. Vecinos de los primeros pisos del inmueble se asoman a mirar, bajan hasta la acera.
¡El escrito...! En los papeles debe estar la clave de este espectáculo delirante. Los miro con ansia, y de pronto se me ocurre intentarlo. Cuento los pisos hasta el balcón: veintidós. Bajo a la calle y cruzo el tráfico amotinado. Quisiera, pero es difícil ver la cara del suicida, demasiadas personas alrededor. La gente lo contempla fascinada, casi con entusiasmo. Algunos miran hacia arriba, y señalan. No puedo entretenerme.
Me cuelo por la puerta entornada del edificio. El ascensor sube y me deja en un descansillo desierto. Suerte. Me muevo como un ladrón en las sombras, silencioso y alerta. Busco con pocas esperanzas una puerta que no esté cerrada. Pero ahí está, abierta de par en par, con las llaves puestas y el trapo colgado de ellas. Mucha suerte. He de darme prisa, pronto relacionarán a las mujeres del balcón con el muerto y subirán a preguntar. Si no estuvieran encerradas al otro lado, cualquiera podría pensar que lo han empujado ellas.
Si alguien me sorprende voy a tener problemas. No quiero líos. Ahí está la silla, y la ventana abierta. Escruto los edificios de enfrente por si alguien está mirando a esta altura, como hacía yo. No puedo estar seguro, así que decido taparme la cara con las manos al cruzar por delante de las ventanas. Miro por las ranuras entre los dedos. Me asomo a la habitación de las mujeres. La atracción del suicidio las mantiene hechizadas y no despegan la vista de la acera. Agarro las hojas de un puñado y salgo sin que se den cuenta. Abandono el ascensor en el primer piso, no quiero sorpresas. Compruebo que el camino está despejado antes de bajar el último tramo de escalera y salir a la calle.
Las mujeres echarán en falta los folios abandonados sobre la cama, pero eso no tendrá ninguna consecuencia. Si acaso, añadirá algunas incógnitas más al cúmulo que ya las sobrevuelan. Aún siguen en el balcón, interesadas en el muerto y casi olvidadas de su cautiverio en el exterior. Pronto las liberarán y dejarán de estar fuera. Paradójico efecto.

La tarde bosteza, el anochecer ya empieza a insinuarse en los límites de la ciudad. Varias palomas sobrevuelan el bochorno de la tarde ajenas a los movimientos de la calle: el suicida, los policías –uno que alivia el tráfico de mala gana, y otro que aparta a los curiosos–, los fisgones asomados a las ventanas, los bocinazos de los coches que alargan el atasco sin saber qué pasa más adelante...
Estoy contento: ahora tengo una buena historia sobre la mesa, a pesar del muerto. Mentiría si dijera lo contrario.



(A falta de bocados frescos, una buena conserva...)

12 comentarios:

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho.
Un saludo.

Sinuosa dijo...

¡Qué buen relato!
Da igual las veces que abra esta lata, el contenido siempre tiene el mismo buen sabor.

Lo tengo guardado hace tiempo y lo releo algunas veces (para copietear un poco, ya sabes... jejeje)

Me alegro de que estes vivo (aunque sea en conserva)

Sinuosa.

El Viajero Solitario dijo...

Un cuento muy cinematográfico, desde el título hasta la manera en que está narrado, que parece que estás viendo todo el tiempo a los personajes. Consigues, además, una escritura fluida y amena.
Por un momento, creí que ibas a desvelar el contenido de la nota que escribió el suicida, lo cual hubiera sido otra suerte de suicidio.
Muy bueno el desarrollo de la historia.
El final, soberbio.

Un par de anotaciones:
En el cuarto párrafo (si no he contado mal), sobra un a en una frase: Lo hacen a constantemente
Anoto una imagen que me ha parecido magnífica, todo un hallazgo: Limpian a la par las puertas correderas del balcón, una a cada lado, como si fueran reflejos a destiempo.

pd.- esta sequía, como cualquier otra, tendrá su fin. A todos nos ha ocurrido y nos ocurre.

Un abrazo.

Caperucito Lorca dijo...

Bueno. Está claro que la calidad con la que escribes es indudable...

Una pregunta, digamos, indiscreta: ¿Puede ser que pasearas por Madrid el lunes sobre las 9 vestido de beige y con un maletín?

Puede que parezca una elucabración de vouyer, ¡¡pero es que aquel hombre se parecía tanto al de la foto!!

Saludos.

Lola dijo...
El autor ha eliminado esta entrada.
Lola dijo...

Gracias por visitarme Hank de 48 años, acuario, de año zodiacal rata... :-P
Creo q voy a hacerme asidua por aquí..si dejan de caer muertos...
:-)

Miriam Márquez dijo...

Hola Hank,
Hace tiempo que llevo decidiéndome a poner en marcha mi propio blog de cuentos. En este proceso he descubierto el tuyo y debo reconocer que me ha servido de modelo. Enhorabuena por lo que escribes y porque has ganado una nueva seguidora. Espero que podamos charlar mucho de literatura y sobre todo seguir leyéndote.
Miriam

marce dijo...

Estuve mirando todo desde mi ventana, muy bueno.

Lucy in the Sky dijo...

¡Qué atrapante! Admiro el equilibrio que has logrado entre la palabra y la imaginación. Excelente.

alkerme dijo...

Genial me ha encantado pero, tendremos desenlace?

quiero saber más...
genial, muy bueno.
Gracias por mostrarlo.
Un saludo

Hank dijo...

Hola navarrica. Sí, tienes razón, yo también me alegro: morirse es lo último.
Un beso grande, y si ves a la señora marquesa, le estampas otro de mi parte.

Compruebo, Viajero, que haces honor a tu nombre y te marchas al país del mundo que más chinos tiene. Disfrútalo.
Con respecto al final del cuento las opiniones están muy divididas. A mí no me gustan demasiado los finales cerrados, y menos aquellos cuentos que se han escrito, y se nota, en función de un desenlace, pero en este caso, la dinámica veloz y, como bien dices, casi cinematográfica del relato, lleva al lector por los hechos sin dejarle apenas tiempo para reflexionar, y parece que este tipo de narración incita a devorar sucesos de una manera tan visual que cuando acaba sin unos motivos que aclaren lo que ha pasado, el lector se puede quedar bastante desconcertado. Muchos han opinado que el final es lo peor de este texto.
Gracias por la corrección.
Todo tiene su fin (incluso la sequía), lo que no sabemos es a qué nos abocará.

Gracias por tus bondades, Caperucito (asombroso apodo).
Te conozco desde hace mucho, aunque, cobarde yo y prejuicioso, no me atrevo con la poesía. Es una lacra estúpida, pero, entre tantas, una más qué importa.
Y sí, ahí andaba yo con mi maletín camino del edificio más alto de Madrid en pos de grandes sumas de dinero que corrían más que yo.
Saludos.

Lola, aquí tienes tu casa si no te molestan demasiado los cadáveres, que suele haberlos. Yo me paso por la tuya a menudo y seguiré haciéndolo con tu permiso.
Gracias.

Hola Mirian. Gusto de conocerte; placer, sorpresa, excitantes estímulos, regocijo. Hablaremos, claro, de literatura y de lo que sea. Tu apellido es muy literario, con un poblado bigote blanco debajo de la zeta. Ojalá vuelvas por aquí y te guste lo que lees.
Si me lo permites, un beso de bienvenida.

Caríssima Marce, pero qué discreta eres. Me alegró mucho que te gustara y me lo dijeras: no sueles hablar porque sí.

Lucy, me vitaminas. Qué rico...

Alkerme, ¡bendito entusiamo!
Mira lo que le escribí al Viajero con respecto a los finales. Lo siento, creo que no habrá más de este, pero habrá otros que igual también te gustan. Ojalá vuelvas por aquí a leerlos y disfrutes si acaso la mitad que con éste.
Un abrazo

Lola dijo...

Permiso concedido. Pásate cuando quieras por mi casa, siempre serás bienvenido.
Un beso.