Los sustratos invernales se mueven despacio. Los más valientes asoman la nariz entre los juncos helados, estremecen a su paso el follaje en descomposición, sacuden las antenas o las orejas o las patas cuticulares, y no sé si les importa cruzarse con otros sustratos o simplemente van a lo suyo sin otro empuje que estar presentes en el instante (porque si no, qué).Ahí parecen mantenerse los fascinantes sustratos con la única misión de que un ser humano guarecido o guarnecido con ropas y bebidas calientes y creencias y amores y afanes y buenas intenciones se fije en ellos por casualidad y se maraville un instante de la extraordinaria diferencia entre lo que el humano ser va creyendo y lo que la realidad va siendo (tan ajeno siempre lo que es al pensamiento y al sentimiento sobre lo que es). El instante puede durar tanto como sucede relativamente (la matemática teoría del famoso judío) y entonces se podrían escribir aterradoras revelaciones que pasarían tan desapercibidas como los propios sustratos, o se escribirían aterradoras revelaciones que nos arrojarían a cotolengos infames, o se escribirían aterradoras revelaciones que nos empujarían al suicidio antes de ser escritores universalmente malditos y rentables, o se escribirían aterradoras revelaciones que asombrarían a nuestros padres y a nuestros hermanos y a los colegas del trabajo, y qué bien entonces.
Por su parte e interés, los sustratos se quedan afuera, a la intemperie invernal, mientras el ser humano se regodea en el bar de bizcochos borrachos y de matecitos y de tés y de amigos seres humanos agradecidos, francos, gentiles y un poco místicos. Los sustratos no están interesados en el bar amable, ni en el ser humano que, incrédulo, los descubre de vez en cuando, y nunca echan de menos los sentimientos del corazón ni los pensamientos de la mente. Los sustratos ni siquiera se preocupan de existir, sólo de no morirse.
Los sustratos son, así como son y a su pesar, sucesos vivos del universo discreto que cristalizan la red de hilos de azúcar más frágil y poderosa que un hombre sin principios podría, quizás, descubrir y morirse, o descubrir y ponerse más contento que unas castañuelas.
(Todo lo anterior sale de aquí).

5 comentarios:
Me imaginé a los sustratos como una especie de mascotas falderas.
Pues qué mal, querida Gilda.
Pero vale.
Desde que empecé a leer tu escrito, no sé el motivo aún, pero pensé en algunos seres humanos...
Saludos
Impresionante la estructura circular que le diste. Yo creo que nunca es tarde para que los sustratos descubran que el calor de los amigos es el mejor remedio contra el invierno. Tu teoría sin embargo me recordó a la de los locos de la colina. Eso lo escribí en una época en que me sentía un poco como los sustratos. Saludos desde el blanco invierno patagónico.
Me parece un texto atractivo, confuso, real, tormentoso... Un suceso vivo del universo paralelo.
Muy interesante.
Saludos,
Mariana
Gracias.
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