viernes, septiembre 19, 2008

La verdad de las cosas

He dejado el libro, City, de Alessandro Baricco, estrellado contra el asiento de piedra, abierto por la página en la que iba leyendo. Cuando lo retome más tarde tendré que sacudir de sus tapas algunas briznas y pequeñas semillas que caen del árbol y me salpican la lectura toda la mañana. También hay un gato que juega con una hebra de lana en la hierba, entre las manchas de sol que se mueven agitadas por la brisa, y que luego se ha ido a cazar unos gorriones más allá de la piscina, que se han burlado de él con plumas y sus revuelos, fuera de su alcance.

Ahora leo Doctor Pasavento, de Vila-Matas, en el porche, en el lado opuesto de la casa. Grandes hojas de palmera washingtonia se balancean sobre mi cabeza y suenan como cartones vivos que arañan la pared. Más allá, entre el follaje del ficus, denso, un par de verderones tontean con sus picos y se persiguen entre las ramas. He descubierto esta forma de leer sin percatarme, por puro azar.

Hasta ahora, si me agotaba un lugar después de un rato, o una conversación inoportuna me interrumpía, o el ataque de un mosquito conseguía ponerme nervioso, me llevaba el libro a otro sitio y en paz. Pero anteayer, sin pensarlo, dejé el tomo abierto en uve sobre la mesa del jardín ―Mantra, de Rodrigo Fresan― y crucé la casa en dirección a la piscina. Jugueteé con el gato y me dejé caer en la tumbona. El cielo de otoño incipiente había limpiado de polvo el aire y la claridad recortaba los perfiles de las cosas con el cuidado de una caricia. En efecto, parecían los seres vivos contentos de estarlo, y los inanimados felices en su quietud, y se me ocurrió que su alegría de luz me salpicaba. Satisfecho, recogí el libro abierto contra la banca de piedra, City, y proseguí con él. No me lo esperaba y me sorprendió retomar una historia diferente a la que había abandonado momentos antes: Mantra y City no tienen, aparentemente, nada que ver. Me sorprendió y también me estimuló ese cambio completo que incluía tanto mi interior como el entorno que me rodeaba. Cuando muchas páginas después abandoné de nuevo la lectura dejé el libro sobre la tumbona y pensé que la siguiente sesión sería otra vez con Pasavento, pero arriba, en el sillón del dormitorio, con los rayos del sol jugueteando en mis tobillos.

Así es como estoy leyendo estos últimos días. (He dejado otro en el cuarto de baño, Acción de gracias, de Richard Ford, porque siempre me llevo un volumen a esos menesteres. Éste, un tomo de más de setecientas páginas, lo leo a cachos aleatorios, abriéndolo al azar y ocupándome de unas pocas hojas cada vez.) El experimento (cambio de libro y de ambiente), ejecutado ahora de manera premeditada, me está resultando de lo más placentero, aparte de otra cuestión mucho más importante y sutil que creo atisbar entre tanto ir y venir.

Se trata de la fuerte sensación de déjà vu que me asalta después de avanzar varias páginas en cada novela, de estar leyendo, en el fondo, sobre lo mismo en todas ellas. Quizás esto que digo se contradice con la sorpresa inicial que mencionaba antes, al encontrar una historia cuando esperaba la otra, pero eso sólo sucede al principio, después las ideas de base se van asentando por sí mismas y se recolocan las de los cuatro tomos sobre una sustancia común que las hace inseparables. Y la cosa no queda aquí.

La sensación de sintonía trasciende a las lecturas y la reconozco también en los sustratos más determinantes de las cosas que me rodean. Levanto la vista, aguzo el oído, afino el olfato. El olor a hierba regada y al agua clorada de la piscina, el rumor de una escoba de esparto en la casa vecina, el murmullo de una cortacésped lejana, el silbido de entretiempo de una pajarita de las nieves en vuelo sobre la copa de los árboles, el verde tierno y casi traslúcido de las hojas contra el sol, la pupila vertical que desgarra el iris del gato cuando me mira, el ronroneo de su cuerpo mullido sobre mis muslos. En todo ello encuentro algo inseparable de la lectura. Recuerdo entonces haber leído en Doctor Pasavento que la verdad engloba a la realidad y a gran parte de la ficción.

Creo que entiendo de qué habla Vila-Matas. No sé si lo habré expresado bien, no sé si se entenderá, ni si alguien lo habrá experimentado así, o si la idea original no se habrá desmoronado en el intento de trascribirla, pero lo que sí sé es que la sucesiva sensación de instantánea sintonía con la verdad me ha aligerado tantísimo de deberes y obligaciones que he dejado momentáneamente de sentirme abrumado por las gilipolleces.

10 comentarios:

Lula Lestrange dijo...

No me ha costado nada imaginarte deambulando como en sueños por los jardines y el interior de la casa. El color de tu texto: naranja translúcido, como el de las puestas de sol estivales contempladas a través de una cortina de cabello rubio adolescente.

Tengo ganas de conocerte, Gin- Gin.

Y por cierto, no sé si leíste cierto texto (que en realidad es una carta a Chechu) acerca de un comentario que colgó en tu blog hace tiempo.

http://salvajedecorazonyademasrara.blogspot.com/2008/08/diseccin-del-enfant-terrible-propsito.html

Un besso,

tu puta preferida ;)

Anónimo dijo...

Yo te entiendo perfectamente, puedes estar seguro. Me gusta visitar a desconocidos, sentir que me paseo impunemente por sus casas y jardines.

Vila-Matas, Enrique

El Viajero Solitario dijo...

Nunca he probado a leer varias novelas al mismo tiempo. Sí suelo simultanear la lectura de libros de cuentos con una novela; al fin y al cabo, cada cuento es una unidad independiente, suficiente por sí misma. No creo que mi cabeza esté preparada para procesar la lectura simultánea de varias novelas. Cada uno tenemos nuestras limitaciones.

Me llama la atención esa sensación de sintonía de la que hablas, la impresión de estar leyendo lo mismo, aunque venga presentado en cuatro envoltorios diferentes. Es posible que, en el fondo, todos los libros hablen de lo mismo. En un taller al que asistí hace unos años dijeron que en la literatura no había más que cuatro grandes temas (¿o eran tres?), todos los libros no eran más que variaciones en torno a ellos. No recuerdo con exactitud cuáles eran (nunca se me dieron bien las matemáticas), estaban el amor, la muerte, la infancia y qué sé yo. Pudiera ser que la simultaneidad de lecturas que has practicado corrobore esto. O no.

Por cierto, confieso que yo también voy dejando “olvidados” libros en cada habitación, para tener siempre uno a mano (algún día se reconocerá la importancia del baño como promotora de la lectura).

Celebro que todo eso te sirviera para que, aunque sólo fuera momentáneamente, dejaras se sentirte abrumado por las gilipolleces. A poco más podemos aspirar, me temo.

Abrazos.

Arcángel Mirón dijo...

De Baricco leí "Seda", y no me pareció gran cosa. Me gustó, pero punto. Punto fuera del paréntesis, que adentro no me gusta.

Y tu pensamiento del último párrafo me pareció sano.
Pasá un fin de semana genial. Yo intentaré hacerlo.

Hank dijo...

Lula, Hetaira mía, mi niña y mi hembra, he leído no pocas veces la carta que en su día escribiste a Chechu, aunque no creo que buscándolo sólo a él como destinatario de tus reflexiones. Tuyas y por definición brillantes, inteligentes, claras, certeras y, digámoslo, aunque se esté desvirtuando la palabra en boca de raperos y violadores de versos varios, tremendamente lúcidas. Nunca me dejas indiferente cuando te pones a desentrañar mentes, sobre todo las que se lo merecen, que a fin de cuentas son de las únicas que te ocupas.

La primera vez que lo leí esta misiva me pasmó la sencillez con la que vas desmenuzando relaciones nada evidentes, muy al contrario: desentrañas con tu peine analítico las greñas mentales más enmarañadas con una facilidad y una precisión que me asustas, y a la vez me entran unas ganas enormes de ponerme en tu regazo para que acomodes mis guedejas interiores por un rato y sentirme yo, limpio y ordenado mientras te miro. Luego, el instinto nos llevaría de la mano.

Uno tiende a quererte sin remedio.

PD: Me gusta que tus ojos me miren cuando las gilipolleces dejan de abrumarme y la vida se abre conmigo para dejarse ver.

Un beso dulce y un cachete entre las piernas.

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No esperaba menos, Enrique. A fin de cuentas, de ti salió el germen.

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Apreciado y valorado Viajero, pues no. No es eso que tú dices de los grandes temas literarios a lo que yo me refiero. Reconozco que la cosa quizás es demasiado sutil, o mejor, demasiado difícil de expresar para mí, pero definitivamente no es una cuestión de temas.

Podría decirse que esos grandes temas forman parte, junto con otros muchos, de la verdad que intuí en esos días de la mano de D. Enrique. Si te fijas, esa verdad (igualadora como la muerte) no sólo tiene que ver con los libros, en los que se muestra y a los que alimenta, sino que trasciende hasta los objetos y las cosas (o sea, las realidades), y a mi propia percepción y a mi existencia misma (y a la tuya, colega). Digamos que la verdad lo engloba todo, aunque todo no sea verdad. (Sin ir más lejos, me pregunto cuánta verdad contendrán estas palabras de la experiencia que quiero trasmitir, tan determinante e inefable a la vez.)

A ver.

La verdad es el sustrato latente del universo, por ejemplo.

Quizás con otros ejemplos:

-Hay tanta verdad en los locos como en los cuerdos, si no más, aunque aquéllos les parezcan irreales a estos.

-Los hombres con principios no tienen mucho que ver con la verdad, además de ser verdaderamente más irreales que los que no los tienen. (Dicho sea de paso, abomino de los hombres con principios: me acojonan.)

-La honestidad y la verdad van de la mano.

-La verdad es inamovible y dúctil.

-Los delirios son verdad.

-La educación es una mentira de mierda.

No sé si ayudan los ejemplos, pero vayan mis abrazos más verdaderos para ti, amigo.

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Después de leer Seda pensé que no abriría ningún libro más de Baricco, pero la insistencia de Juanjo Mora, un escritor que me sobrecoge, en la bondad de su escritura, me impelió a, mira tú, intentarlo con éste otro, City. Nada que ver, oye. Aquí, Baricco demuestra ser un puto monstruo literario, da miedo, te lo juro, del bueno. Aunque, por otra parte, hay tantos autores y tantos libros que lo que uno pierde por un lado lo gana por otro, quizás doblemente, quién sabe.

En fin, como sí sabes, te debo una, Gilda.

Lula Lestrange dijo...

En efecto, mi afán por trascender me impide entre otras cosas escribir cartas intransferibles. Y tú, lo mismo que yo, sabes reconocer a un igual cuando lo tienes delante...

Me ha matado lo de que "uno tiende a quererme sin remedio" y algunas otras cosas más de tu respuesta.

Un besso, Gin- Gin;

4ETNIS

El Diablo Des. dijo...

Es para mí un verdadero misterio el saber cuando comencé a leer tres libros a la vez. Solía tener uno en el baño, otro en la oficina y otro más en mi recamara. El de la oficina era una burla constante al trabajo, así que desistí a tenerlo ahí. Pero entonces pasó que me di cuenta de la barbaridad que hacía. Leer dos libros al mismo tiempo, ¡jamás había escuchado tal salvajada! Claro que tres es normal, hasta más, uno también, ¿pero dos? Ahora el del baño viaja a la recamara y viceversa, es mejor leer solo uno o más de dos.

Sinuosa dijo...

Yo también alguna vez leo dos libros a un tiempo. Es un fenómeno parecido al que me ocurre con los hombres, es decir, cuando no estoy enamorada de ninguno de los dos. Cuando uno bueno consigue atraparme, ningún otro logra romper el idilio.
Hasta que se agota, no pruebo otra gota.

Y ahora una ayudita de socorro: quiero poner en mi blog el enlace que lleve al tuyo (como has hecho tú con el mío y que aún no te di las gracias) y no soy capaz. ¿Alguna instrucción rápida? Te juro que mi capacidad para localizar dónde está escondida esa opción ha llegado a provocarme estres.

Ahora que por fin he aparcado la pereza y mis muchos lectores entran a tutiplén (ejem) no quiero que pierdan la oportunidad de leer las delicias de tu obra.

Un abrazo.
Sinuosa

Tuti dijo...

¡Te gusta Baricco?
Yo no puedo con él

Hank dijo...

¿Has intentado leer City, por ejemplo, y no te ha gustado?
¿Qué has intentado leer de Baricco?