“Se escribe con la angustia de verse deshonrado por una obra fallida. El fracaso de una obra supone una gran vergüenza personal, porque uno no ha podido demostrar ni su inteligencia ni su talento. Encima queda uno como un vulgar ambicioso, un trepador de medio pelo. La angustia domina pues la realización de la obra artística, pero lo peor no es eso, lo peor llega cuando no llega el fracaso sino que la obra resulta más o menos lograda y consigue aplausos y, sin embrago, no se obtiene de todo eso ni siquiera una íntima satisfacción. Y es que en realidad no hay nada ahí en el reconocimiento, nada. Una obra lograda vive su propia vida, existe en alguna parte, al margen, y poco puede hacer ya por la vida de su autor. Y encima, para colmo, al autor lo agobian de pronto con superficiales felicitaciones, aplausos de honor dudoso, grandes manotazos en la espalda, petición de ridículos autógrafos, cartas tétricas de amor, invitaciones a anudarse una soga al cuello en cualquier premio nacional.” Doctor Pasavento, de Vila-Matas

11 comentarios:
Siento admiración por Vila-Matas. Ha creado un estilo propio, lo cual no es sencillo. Me gusta esa manera en que mezcla realidad con ficción, la naturalidad con la que se entrecruzan la novela, el ensayo, la autobiografía.
Doctor Pasavento no es de mis favoritos, aunque me gustó.
Por buscar algo negativo (uno se ha levantado hoy un tanto puñetero), encuentro en algunos textos de Vila-Matas un victimismo (no es la palabra que quería utilizar, pero es la única que se me ha ocurrido que se le acerca) excesivo. En este texto que has tenido a bien traernos, por ejemplo, habla de la angustia del escritor, y esa angustia perdura aun en el éxito. No acabo de creerme eso de en realidad no hay nada ahí en el reconocimiento. Sí entiendo la angustia ante el fracaso de la obra (de la obra, no de las ventas de la obra); también la angustia por lo que rodea al éxito y nada tiene que ver con la literatura; pero esa angustia en cualquier caso, pase lo que pase, la encuentro desmedida.
Claro que hablo en mi nombre, supongo que en esto de la angustia, como en tantas otras cosas, nada menos acertado que una generalización.
Abrazos.
Ah, y un placer tu regreso.
Ni esto logrará que yo deje de escribir. Es un círculo vicioso, Hank.
Y a mí también me alegra tu regreso.
Destaco de tus palabras la última frase:
“Claro que hablo en mi nombre, supongo que en esto de la angustia, como en tantas otras cosas, nada menos acertado que una generalización.”
Si, como bien se deduce de tu ejemplo con respecto a la angustia, tuviéramos presente la particularidad con la que cada hombre libre escribe, opina y lee, este mundo sería lo suficientemente agradable como para poder soportarlo sin necesidad de recurrir a –cada vez más a menudo- traumáticos escapismos.
Con respecto a la cita que extraigo de Doctor Pasavento, el narrador –que no sé si el autor también- se siente angustiado, más que por el éxito, por el vasallaje que conlleva el mismo. Está claro que un escritor reputado –como cualquier persona afamada en el ámbito que sea- deja en gran medida de ser libre porque hay un público pendiente de él que lo mira, que por otra parte no es otro que el que lo reputa y lo afama. Un público, unos admiradores, unos colegas... ante los que no se puede permitir descuidos. No hablo de extravagancias ni de otras salidas extemporáneas más o menos locas del autor sino de ese “nivel” –del tipo que sea- desde el que el venerado sujeto sólo tiene permitido subir –a veces ni siquiera mantenerse- y medrar. La libertad de la escritura se ve mermada por una expectativa que actúa a modo de rémora que no es ni más ni menos que el peso de la obra. En realidad una obra no es tan independiente del autor como en el fondo parece desear Pasavento, ¡ya quisiera él!, al contrario, actúa como un cargamento de piedras en los bolsillos. El placer de la libre escritura se transforma en un exigente deber de superación que nos salva de caer en la obra fallida que nos haría quedar como vulgares ambiciosos y trepadores de medio pelo.
Es evidente que todos –Pasavento, tú, yo, él o ella- opinamos desde nuestra íntima idiosincrasia y que generalizar sería cometer un error: cada cual tiene sus motivaciones y su forma de verlo, pero lo que aquí expresa Vila-Matas por boca del narrador a mí no me es ajeno y lo comparto. Y conste que no hablo de fama, que sólo la puedo imaginar desde tan lejos que no sé si consigo figurármela como realmente es, sino de un mínimo reconocimiento en un más mínimo aún círculo de personas. Cuando te dicen “el anterior era mejor, éste es flojillo...”, dan ganas de asesinar a tu interlocutor y comerte el cuento. A mí, claro.
Un saludo cordial, Viajero.
Ah, Gilda (¡qué nombre, dios...!), qué felicidad tu alegría. Ando escribiéndote una carta que te enviaré algún día, verás.
Abrazos dobles.
Qué bueno! Deduzco que es una carta larga. La espero.
:)
Aunque no tenga la menor idea de quién es Vila Matas, ni la menor intención de conocerle
Aunque no seas vos.
Aunque no sean tus palabras...
Qué alegría volver a leerte!!!
Besos.
Muchos.
Pero muuuuuuchos...
(se puede saber dónde te has metido, pequeño monstruo??)
Hola, Exilio querida.
En agosto estuve en la Provenza, en la ribera del Durance, río reseco, blanco y pedregoso, con un arroyo de agua que discurre entre cascotes. Quince días, los primeros del mes de agosto. No tenía conexión a Internet y me alegré un buen día. Lo que sí tenía era una huerta con tomates, fresas, frambuesas y berenjenas: pimpantes desayunos nos zampamos.
Las siguientes dos semanas, en la playa. Los mismos problemas de conexión: desde hacía dos años le robaba la wifi al vecino, pero se percató y me ha bloqueado el acceso.
He sentido una rara liberación y cierta satisfecha impunidad apartado de mi blog. En el fondo, apartado de los deberes, disfrutando del vacío de los rincones y de la inactividad aparente del tiempo que transcurre, viendo cosas donde no había nada, o mejor, donde los demás no veían nada. Sería verdad lo suyo y no habría realmente nada, pero decidí que me daba igual y que a nadie le importaba lo que yo viera.
Como bien dices, ando hecho un pequeño monstruo devorador de libros, desdeñoso y sin apegos. Así me va.
Me alegra encontrarte, exiliada amiga. Te mando un beso y sucesivos abrazos.
Pues, la verdad, preferiría un abrazo y sucesivos besos.
Pero, me conformaré, que ultimamente soy de buen conformar.
Me alegra que estas semanas te hayan servido para monstruosearte debidamente.
A veces, pasamos demasiado tiempo contando nuestra vida a una pantalla y muy poco viviéndola, entre tomates y fresas, espumas y arenas.
Dicho lo cual, egoistamente me hace muy feliz volver a leerte.
Besos, querido y desdeñoso mío
(ahora que no nos ve nadie... estás accesible por otros medios?)
Fue Chechu el que me remitió a esta cita, y no sin razón...
Puta angustia, puta vida y puta literatura. ¡Y que vivan las putas!
qué envidia dan esa huerta, esos desayunos y esa playa
pero por sobre todo
qué bueno es volver a leerte
aunque sea con palabras prestadas
besos
marce
Ahhh, Lula, exquisita y cruel, siempre serás mi puta preferida.
¿Sabes marce?, es que todo lo que se me ocurre está ya tan bien escrito por algún otro que me resulta más honesto citarlo.
Por otra parte, esa idea especial que te llena de gozo cuando te visita y te pones a escribirla siempre acaba perdiendo su sentido inicial y deriva en un montón de palabras que apenas son una sombra de la “epifanía” original que se vivió o se imaginó. Escribir se convierte casi siempre en un ejercicio demoledor de experiencias verdaderas ―reales o imaginadas, que la verdad tiene tanto que ver lo uno como con lo otro―. A veces eso no me importa y escribo, otras no lo puedo soportar.
En fin, un panorama francamente desalentador. Pero, eso sí, sigo leyendo tus metáforas, que quizás sean las únicas capaces de acercarnos al origen, esos ejemplitos que nos vamos poniendo para que desde ellos el lector se arme su propias experiencias mentales y a ver qué pasa.
Bessos.
Será por eso por lo que dicen que escribir, es la actividad más desagradecida del ser humano. Será por eso.
Me encantó tu blog.
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