miércoles, octubre 22, 2008

El último viaje

Irlanda, igual que los nidos de gorriones huérfanos que me traía mi padre en las podas de limoneros, fue una sorpresa.

Aquellos pájaros de mi infancia necesitados de alimento sucedieron en una época en la que cuando uno se ponía malito de fiebres la certidumbre del amparo envolvía al mundo bajo las sábanas, y siempre estaba mamá con sus canciones tendiendo la ropa, y el practicante calvo con inyecciones de hígado y su dedo torcido que parecía malísimo si te fijabas bien, y la abuela con los caldos de pata de pollo y los pescozones a destiempo para mantener mis reflejos siempre alerta, decía ella.

Irlanda fue una sorpresa de gorriones, pero le faltó esa seguridad sin fisuras que tienen los niños con padres y abuelas para mirar el mundo. Ni éramos niños ni había padres para creer que lo fuéramos. Al contrario, yo era el padre, y los niños eran mis hijos, y yo no sabía qué sorpresa traerles alguno de aquellos días para su felicidad.

Probé, lo juro, con unos mejillones fresquísimos arrancados a las rocas en la marea baja, divinamente programada para las diez todas las mañanas. Será porque no eran desvalidos animales con pico y plumas para cuidar sino conchas cerradas y duras como peñones, pero el caso es que no despertaron mucho interés. Cuando se veía, lo de dentro estaba muerto, a qué negarlo, aunque al abrirse con obligada lujuria en los fogones se descubría un anaranjado mar salteado con sabor a profundo océano que cuando yo lo regaba con limón era, de un sorbo, bicho exquisito.

Ni los probaron. En mi torpeza paterna zozobró su seguridad y se alejó, mar adentro, muy mucho de aquella protección que a mí me pasaba con los gorriones y la fiebre. Incluso me esforcé con algún otro detalle, como cuando la noche siguiente le regalé a mi hija una hortensia crepuscular. Ah, qué boniiiiita, dijo. Al amanecer asomé el hocico a la cocina y encontré una lluvia de pétalos marchitos desparramados alrededor de un vaso sin agua que sujetaba el tallo calvo.

Aun así, esa misma mañana les volví a ofrecer no una sino dos flores exóticas –otra para su madre, que me miraba envidiosa– de las que no conozco el nombre, flores delicadas con blancos fruncidos –casi comestibles–, en una de las cuales ―la de mi mujer― se escondía una tijereta que asomó las antenas y la miró de hito en hito. Ella, aparentemente nerviosa, asustó con su grito a unas borregas que pastaban cerca y lanzó la flor al aire. El bicho voló al azar del viento irlandés hasta conseguir aterrizar en su flequillo y entonces... Bah, para qué contar.

Quise quitarle importancia a estos pequeños infortunios ―no la tenían― y entonces: praderas cruzadas por muros de piedra, vacas rumiando los pilares de la tierra, lagunas negras de hierro en suspensión, coches con volante inverso a cien por hora circulando por la izquierda, valles, montañas y enorme sinnúmero de hi-please-sorry-bye. Decidí regalarles los mejores rincones de la costa oeste que ellos se empeñaron, jóvenes y rebeldes ―sin causa real― en que no eran tales y entonces: discusiones y tú no te enteras papá.

Finalmente, empecinados en su estúpido juego rebelde y ninguneando todas mis iniciativas, me dejé llevar por ellos, un fardo, a repelentes parajes irlandeses que se divisaban hermosos desde los picos de montañas accesibles por un sendero de cuatrocientos metros de desnivel. Los esperé en el coche, en compañía de cervezas.

No me lo perdonaron. Entonces no lo hicieron, no, durante un rato. Ahora ya sí, al fin, y somos muy amigos de vuelta a la península, y ya planeamos nuestro próximo viaje lleno de expectativas por unos días a un mundo mucho más feliz que éste de ahora de colegios y trabajos. También vamos a necesitar chubasqueros, y quizás un arma de fuego con licencia. La cosa promete.

Pero nada comparado con la fiebre, las coplas que tarareaba mi madre a trompicones con las pinzas metidas en la boca ―para que le cundiera más― tendiendo la ropa bajo la emparrada, y con aquellos pescozones al aire de mi abuela que me mantenían siempre despierto y un poco mosca.

18 comentarios:

gorocca dijo...

Inevitable el paso del tiempo,inexorable también, las cálidas miradas hacia atrás de un mundo que quizás se comprendía mejor, la verdad es que me pareces un escritor sencillamente excelente, con un latido continuo,yo también anduve por esas tierras tan hospitalarias y bucólicas,un saludo!

El Viajero Solitario dijo...

Vaya, amigo Hank, al leer el título de este texto, tuve la primera impresión de que ese último viaje era el mismo del que hablaba Jorge Manrique.
Para mi fortuna, me he encontrado con un bello cuaderno de viajes.

Al leerlo he comprendido perfectamente la añoranza de la fiebre, de las coplas tarareadas a trompicones, de los pescozones al aire. Pero me temo que la sorpresa del nido de gorriones no obedecía al objeto, sino a la edad; mejor dicho, a la perspectiva de la edad. Tengo la impresión, corrígeme si me equivoco, ya que hablo por propia experiencia, tengo la impresión, decía, de que los nidos de gorriones, la fiebre, las coplas, los pescozones, adquieren relevancia e importancia por medio de una visión retrospectiva, que, en aquellos momentos, la sorpresa era semejante a la de tu hijo con los mejillones, tu hija con la hortensia crepuscular. Igual dentro de unos años tus hijos escriben un relato semejante a éste, sustituyendo el nido por los mejillones, por la hortensia. Quién sabe.

Te apunto un par de frases, en mi opinión susceptibles de mejora:
1. En el párrafo 4, cuando dices Cuando se veía, lo dentro estaba muerto, suena raro, incompleto.
2. En el párrafo 5 hay una frase que encuentro un tanto desacertada: En mi torpeza paterna zozobró su seguridad y se alejó, mar adentro, muy mucho de aquella protección que a mí me pasaba con los gorriones y la fiebre. No me gusta eso de muy mucho, tampoco eso de la protección que a mí me pasaba... Permíteme la osadía, pero yo diría: En mi torpeza paterna zozobró su seguridad y se alejó mar adentro, lejos de aquella protección que a mí me ofrecían los gorriones y la fiebre.

Hermoso viaje al que has permitido que te acompañemos, Hank.
Abrazos.

Hank dijo...

Me alegra que te guste, gorocca. Y tienes razón, Irlanda es, sobre todo si luce el sol, un paraíso difícilmente creíble.



Te agradezco mucho el interés, Viajero y te comento:
Efectivamente, la frase Cuando se veía, lo dentro estaba muerto está mal escrita. Ya lo he corregido por lo de dentro estaba muerto, pero aún así no deja de ser un tanto chocante. Y, por supuesto, la siguiente que señalas lo es mucho más: muy mucho es tan redundante y errónea como enorme sinnúmero, otra expresión que aparece más abajo.
A pesar de ser consciente de estas incorrecciones hay algo que me impulsa a escribirlas tal cual, algo que tiene que ver con expresiones populares de mi entorno, mal usadas, por supuesto, pero muy acunadas dentro de mí, y también tiene que ver con licencias absolutamente arbitrarias que me tomo porque sí (rebelde como mis hijos). Ya me han recriminado antes ese MUY MUCHO, pero no sé qué pertinaz manía me empuja a reincidir en estas cosas cuando escribo reflexiones y textos más o menos intimistas que nada tienen que ver con cuentos o narraciones de historias -con éstos quizás me contenga algo más-.
Pero, además, creo que en más sitios del texto hay frases escritas con poca formalidad, como el uso reiterado de la coma seguida de la conjunción copulativa y, la utilización del verbo sucedieron en Aquellos pájaros de mi infancia necesitados de alimento sucedieron en una época -no suceden los pájaros sino los hechos-, la frase Irlanda fue una sorpresa de gorriones, queriendo significar que Irlanda fue una sopresa comparable a las que me daba mi padre cuando me traía los gorriones, donde dice aquella protección que a mí me pasaba con los gorriones por la que tú señalas la protección que a mí me ofrecían los gorriones ...
En definitiva, pretendo acercar la forma de las frases con su contenido, cosa que no sé si alguien que no sea yo mismo es capaz de percibir y quizás esté empeñado en un camino erróneo que no lleva a ningún lado.
Lo pretendo, Viajero, sólo lo pretendo... qué sé yo si lo consigo aunque sólo sea mínimamente.

Con lo que dices con respecto a las sorpresas retrospectivas y los hijos, sí, estoy de acuerdo contigo: quizás estos mejillones algún día echen a volar.

Es un privilegio gozar de este tipo de intercambios. Gracias de nuevo.

Sinuosa dijo...

Me estan entrando unas ganas de irme a Irlanda... Aunque creo, que como tus hijos, seguro que ningunearía al mejillón.Fijo.

También me llamaron la atención algunas "incorrecciones" pero las perdoné porque estaba segura de que no fueron puestas por desconocimiento o despiste, sino porque son cosas tuyas, íntimas. Y ya sabemos que en la intimidad uno se siente más a gusto en zapatillas.

Un abrazo.
Sinuosa

Lula Lestrange dijo...

Vaya, vaya, vaya... pues la verdad es que me ha gustado muuuy mucho.
Me hace gracia que comentes lo de las tijeretas, porque cuando tenía doce años y veraneaba en el norte, recuerdo que había un montón de bichos de esa clase ocultos en el seno de las hortensias. Entre los niños corría el rumor (que de puro exagerado rozaba la leyenda urbana) de que si se te metían por el oído se deslizaban hacia el tímpano para cortarlo con su bífido apéndice. ¡Pobres animalucos! ¡Pues no habremos hecho pocos holocaustos entre las de su especie! Jajajajaja...

No sé tus hijos, pero a mí es muy sencillo conmoverme con cualquier clase de molusco. Y ya no ahora, pues a los tres años recuerdo haber ido con mi madre a Betanzos y haberme zampado yo solita un kilo y medio de percebes. Y sí, has leído bien: un kilo y medio. Todo lo que provenga del mar, es en mi opinión comida de sirenitas (y yo -aunque supongo que ya te lo habré comentado alguna vez- siempre he querido ser una sirena pelirroja).

Respecto a la opinión que me sugiere el Hank que intuyo en el relato, sólo diré una cosa: qué jodido es sentirse receptivo a la belleza, y no obtener del entorno más que, si acaso, una cortés indiferencia. ¿Te aburriste o te entraron tendencias homicidas? Yo suelo alternar ambos estados, y aun a simultanearlos, cuando eso me sucede.

El color de tu relato: glauco, amarillo oscuro, entre pistacho maduro y grano de mostaza.

Un besso,

4ETNIS

Arcángel Mirón dijo...

Creo que es una cuestión de perspectivas, de tiempos. Los hijos recordarán las hortensias, los mejillones, pero eso será más adelante, cuando ya no sean hijos sino padres. A ellos también les tocará.
Serán otros tiempos, como ahora también son otros tiempos. Los recuerdos serán otros, pero la intensidad será la misma.

Si no, no me explico cómo el mundo sigue vivo.

Me encantó, Hank.

MarcoX dijo...

Un poco confuso todo, la historia, las formas. Me ha costado meterme en el texto. Lo intenraré de nuevo.

...antidoto esencial dijo...

Tu buen relato me resulta extremadamente familiar. Mis adolescentes también me inducen a recordar mi propia rebeldía.
Es ley de vida, y que siga.

Inés dijo...

Hank, ¡oh!, me encanta que escribas así.

Saludos desde el norte, norte, un abrazo.

Inés dijo...

Bah, ok, sí, me explico: a veces le das demasiadas vueltas a las cosas, a tus textos,-- oíme, lo hacés bien-- pero otras veces salen textos así como éste: más claros, honestos, transparentes, esos son buenísimos-- a éstos los prefiero, ¿se nota?.

Otro abrazo,

Raúl dijo...

Incluso en el recuerdo, el viaje que se hace de niño, sigue siendo mejor, más hermoso y mucho, muchisimo más sorprendente.

Viajar de mayor no es lo mismo. Y ya viajar de mayor con niños, es (debe ser) algo parecido a una pequeña condena. Sonrío, claro.

Estoy, no obstante, de acuerdo con lo que te dice el Viajero; quién sabe si el recuerdo que en unos años tengan tus hijos de este viaje, supera la impresión que tú tienes sobre lo que para ellos ha supuesto. Yo apostaría por ello.

Antes de visitarte a ti, he visitado otro blog amigo. Curiosamente, en una maravillosa entrada dedicada a Truffaut, se cita una frase de Ramón Elder que dice algo así como que: "haber tenido una infancia feliz, es un gran obstáculo para el resto de la vida". Siempre se puede ir a peor". Si caigo en la tentación de enlazar ambos mensajes, el tuyo y el de allí, la combinación de ambos más que paradójica, resulta casi siniestra.

Te agradezco las "aclaraciones" que haces a resultas del comentario de El Viajero. Yo también he encontrado alguna que otra dificultad con la interpretación y la agilidad que se pretende de algunas frases. Pero el autor es soberano, y no se te puedo negar el tono personal y valiente del relato.

Un saludo.

Anónimo dijo...

¡Irlanda! (marrrrdito)

Debiste llevarme contigo ya fuera en el bolsillo de la camisa, o no, mejor en los cristales de tus gafas para poder ver y saborear esa Irlanda que se me escabulle.

Yo, como Lula, me habría comido de un bocado lo que robaras a las piedras, y las flores no se habrían marchitado ni salido volando.

Pero claro, no fui a Irlanda y tampoco soy ninguna de tus mujeres.

camaral


pd: bueh, me guardo la pd

Lola dijo...

Es conmovedora la descripción del esfuerzo por recrear para tus hijos ese universo infantil que, como bien se dice en algunos comentarios, se construye o consolida con el tiempo y en el recuerdo. Muy lindo; me gustó muy mucho.

alkerme dijo...

Siempre un placer leerte, siempre me sorprendes con tus maravillosos enfoques.

Gracias y un saludo

Hank dijo...

Sinuosa, Irlanda no está mal, pero si tengo que decidirme entre pasar unos días allá o quedarme en tu tierra, no sé yo qué elegiría. Las borregas tienen su cosa, pero ni punto de comparación con los bovinos, y de éstos tu tierra anda más densamente poblada. Amén de las mareas, que ya sabes que son una de mis debilidades y las tuyas son tan poderosas como aquéllas.

Para sirenas, Iria, las del norte de África, tú ya me entiendes, que son muy propias. Con respecto a las tijeretas -malas malísimas- lo mejor era una lucha entre dos de ellas: el 69 mortal, jo,jo, pero no era fácil enchufarlas sin recibir algún latigazo. Recuerdo una narración de Bernardo Atxaga en la que advierte de los peligros de dormirse sobre la hierba: se te puede colar un lagarto por la oreja y te va devorando el cerebro hasta que te quedabas lelo. En el cuento, una vieja foto en las escaleras del colegio perpetúa el instante en el que un lagarto asoma el morro entre los dedos de un niño a la altura de una oreja que acabó perteneciendo a un otro que se fue retrasando con el tiempo hasta que acabó tonto y feliz. El cerebro humano es un bocado exquisito para los saurios.


Gilda, que magnífica la sensación de encantarte. Nunca, nunca imaginé que se pareciera tanto a una sorpresa de gorriones.


Gracias por el esfuerzo, Marcox, quizás simplemente no te guste ese estilo.


Sí, sí, se nota, Inés, sé muy bien lo que quieres decir, pero no es tan fácil para mí. Tú eres clara, honesta, transparente y para ti está tirado, claro, por eso miro al norte y lo voy viendo conforme vas dejando jirones canadienses en tu blog.
Me alegra que te vaya bien y que estén tan animosa. Un abrazo enorme.



Coño, Raúl, eso de tono personal y valiente me ha llegado al alma. En serio. Joder.
Una cita muy acertada la de la infancia feliz. Un abrazo.

No te preocupes, camaral, en el próximo viaje te llevo conmigo, a Islandia, la isla más golpeada por la crisis. Te sorprenderé con bivalvos que abriré contra una piedra sobre mi barriga –como las nutrias árticas- y con alcachofas a la plancha blanquísimas con limón. Ya verás, ya.
Pd: no te guardes las pd que siempre son lo mejor, niña.


Lola, me alegra que te gustara, y no te lo digo porque sí: he pasado por tu blog y lo que he visto tiene criterio, del bueno. El peso específico de tu comentario no es pequeño.



Alkerme, a veces leo cosas tan potentes como
ésta
, o tan inapelablemente maravillosas como ésta otra. Gracias.

Lola dijo...

No estaría de más que dejes alguna huella en tu próxima visita, entonces... Cariños y gracias.

Anónimo dijo...

... ni idea de lo que encontraría al siguiente amanecer. La mudada me parecía como un viaje del cual no se piensa en el regreso, pero que va a estar, como consuelo ante los posibles desencantos. Los paquetes, el trasiego de gente que te ayuda.

Los enormes ventanales de cristal y el amanecer.

Al día siguiente desperté sola y con la sensación de que algo se movía en la cocina. En la sala. Por toda la casa. Quise creer que eras tú.

Eran palomas. Montones de palomas se agitaron al verme, tropezando con los muebles. Huyendo de mi presencia. Asustándome con la posibilidad de que cayesen antes de que lograra abrir por completo las puertas de cristal transparente que dejé semiabiertas la noche anterior, y que ahora las engañaba.

El día de mi cumpleaños estuvo tu voz y sentí que todo estaba en orden.

Un beso enorme, querido hank. Me gustan tus viajes, tus reflexiones y las que escoges para hacerme devolver las mías propias.

A.

Raúl dijo...
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