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Homenaje a los brillantes cultivadores de lo pequeño y de las buenas prácticas blogueras.Lo primero que oí al otro lado del teléfono fue mi nombre. Sonó anhelante en la voz de Marian, casi una súplica. Ojalá hubiera preguntado quién es, o cualquier otra cosa, pero cuando pronunció mi nombre una sacudida agarrotó mis músculos, una onda opresora que me rodeó y me paralizó. Al otro lado del cable mi mujer insistía en preguntar si era yo, si me encontraba bien, cuándo iba a volver, pero yo estaba más tieso que un muerto. El teléfono se me escapó de las manos. Guardé su número en el bolsillo y salí de la cabina sin decir nada. El auricular, a dos palmos del suelo, quedó atrás balanceándose en el extremo del hilo.
Intenté identificarme con mi nombre repitiéndolo en voz baja calle arriba hasta que perdió completamente su significado.
Dejé de besarla y nos quedamos un rato en silencio. La sombra de la Torre del Oro se había deslizado veloz sobre el pavimento desde que nos sentamos en el banco. Un remolcador cargado con desechos de escombrera pasó río abajo y de repente me entró la urgencia, como temiendo que un mal aire lo precipitara todo en la dirección errónea y decidí contárselo sin más preámbulos.
Aunque no había estado antes con ella ―nunca en persona, porque por la webcam hacía meses que nos veíamos―, no tenía la menor duda al respecto; aún con los labios entumecidos por los besos, el reconocimiento de su lengua había transformado en certezas todas mis sospechas: era mi complemento básico, mi otro yo, la parte sólida que perdí cuando nos capturaron. Debía arriesgarme y contárselo a pesar de que su procedimiento de borrado había sido a todas luces un éxito. Era evidente que después de insertarla en el código genético anfitrión el sistema le había rastreado hasta el último rincón de la memoria y le había ofrecido una vida nueva, sin recuerdos. Conmigo, sin embargo, algo falló.
Durante mi primera replicación asíncrona en las cadenas de ADN debió producirse una interferencia que dañó la lanzadera de las rutinas de borrado y, aunque nací sin memoria como cualquier bebé, conforme fui madurando despertaron los recuerdos de mis vidas pasadas y pude deducir mi verdadera situación. Ahora yo sabía, aquellos besos eran míos, inconfundibles después de tanto tiempo: cansados de morir en otros labios se fundían en mi boca y parecía no darse cuenta, la tonta.
Dada nuestra afinidad, en el chat le había insinuado mis sospechas sobre nuestro posible origen común, pero el tema no parecía interesarle mucho y siempre encaminaba mi atención hacia asuntos más terrenales. Yo me dejaba porque, en el fondo, también me gustaban más, pero ahora, zumbándome en los labios la certeza de que ella era yo, o más exactamente, la mitad básica de mí, no podía dejar de contárselo todo. Con tacto, sí, pero sin vacilaciones, puesto que aquel encuentro era una cita adúltera y al anochecer debía estar de vuelta en su casa, con su hijo y su marido. Algo del todo inasumible para mí.
Los trinitarios del cúmulo planetario Threeairs son seres de alta densidad compuestos por tres individualidades complementarias. La perspectiva tripartita de la realidad a lo largo de eones les ha permitido una comprensión profunda de los universos. Esta circunstancia los ha disparado a años luz de otros mundos con inteligencias unitarias y, por fuerza, torpes. Incluso, y puesto que la regeneración celular les permite alargar su vida hasta el hartazgo, han conquistado la diversidad con el dominio de la técnica y consiguen renacer en otro planeta de Threeairs bajo circunstancias completamente aleatorias, con la herencia oculta, pero no eliminada. Esto les permite vivir otra vez como niños y saborear la novedad de un mundo desconocido. Después, conforme los años van pasando, los recuerdos van emergiendo, y a la ventaja de ser una trinidad se une la experiencia acumulada de varias vidas.
Mi último renacimiento sucedió en un planeta del extrarradio. Allí oí hablar por primera vez a individuos marginales de los potentes placeres físicos que conseguían separando sus entidades: alteraban su estado natural y adquirían conciencia de cada una de sus partes sin las demás hasta lograr disociar completamente sus tres yoes. El mayor escollo era rebajar la densidad, y para conseguirlo circulaban sustancias clandestinas que aumentaban el volumen corporal; la masa se dilataba y la densidad disminuía. Con entrenamiento y empeño se podían separar los yoes y sentirlos físicamente fuera de la unidad, rozarlos entre ellos, tocarlos, besarlos, fusionarlos lentamente..., una locura para los sentidos. Pero lo que verdaderamente hacía perder la cabeza era compartir espacio con otro tripartito y mezclar tus yoes con los suyos, la peor mirada de todas las perversiones.
Con el abuso, mis dos entidades básicas comenzaron a desear mayor independencia con anhelos de reafirmar su individualidad, queriendo ser por sí mismas y solas. Fue entonces cuando comencé a tener dificultades para las fusiones, que cada vez eran menos perfectas. A esas alturas ya no podía dejarlo, la tentación era más fuerte que mis tres voluntades juntas. La entidad emulsionante, mi yo más débil, se resentía demasiado y no conseguía rellenar las grietas que se abrían entre las dos básicas. Ya no pegaba bien, y mi trinidad se resquebrajaba. Con la pérdida paulatina de la densidad mi aspecto se hizo descomunal y por ahí íbamos los tres, amontonados.
Al final, mi estado derivó en una esquizofrenia fácilmente detectable, y una comisión para la salud civil dictaminó la desconexión definitiva de nuestros yoes y el envío de mis dos identidades básicas por emisiones asíncronas separadas a un mundo de inteligencias unitarias mediante la replicación de nuestro código genético en óvulos fertilizados en destino. La identidad débil emulsionante no era susceptible de cuidado: separada definitivamente de las dos básicas iba perdiendo entidad hasta disolverse en la nada.
La probabilidad de que se reconocieran dos entidades complementarias en otro mundo era de risa. Sobre todo porque el proceso de borrado anulaba para siempre los recuerdos, y el reconocimiento de tu media naranja se hacía tan azaroso como diferenciar un grano de otro en la arena del desierto. No obstante, había sucedido. Yo recordaba sus caricias y las correrías de su lengua. Nosotros éramos la prueba viviente de que una de entre mil millones de veces, sucede. Un alambre candente había marcado nuestros labios con el mismo sello, ahora inconfundible.
Por el contrario, a ella no le sonaba nada de lo que le conté. Fue una esperanza ingenua que se había ido apagando conforme mi explicación avanzaba. Mientras le contaba todo el asunto bostezó en varias ocasiones –excusándose cada vez–, y otras tantas había intentado llevarme de nuevo a los placeres de su boca, consiguiéndolo unas cuantas. Cuando acabé mi narración me dijo, sin dejar de besarme, que era una alegoría preciosa –así la llamó, alegoría–, que comprendía mi intención, y que eso era lo que más le gustaba de mí: mi manera asombrosa de expresarme y lo sorprendente que resultaba mirar el mundo con mis ojos.
Apenas asomó la perplejidad a mi cara porque enseguida me puse muy triste; una fila cada vez más presurosa de minutos la empujaba hacia su casa, con su marido, y ella se mantenía aferrada a su ignorancia, inamovible como el ancla de un petrolero. Comprendí que no le era posible asimilar la suerte de haberme encontrado. Así de simple; todas esas patrañas humanas de que es más emocionante el camino que la meta.
Ella era yo pero, para mi desesperación, me hablaba como si yo fuera otro. Entonces se me ocurrió ofrecerle una demostración de lo que le había contado, algo que sembrara alguna duda en su conciencia. Con la información que recordaba de Threeairs y mucho tesón había conseguido disminuir localmente la densidad ya de por sí escasa de mi actual cuerpo unitario, de manera que podía asimilar elementos poco pesados dentro de mí, así que cogí una ramita del suelo y me la puse en la palma de la mano. La cerré delante de sus ojos y apreté con fuerza. Cuando la abrí la rama había desaparecido. Ella se quedó alucinada, y me pidió que le desvelara el truco.
Le expliqué lo de la densidad, pero ella insistió con lo del truco. Incluso me retó a que lo intentara con un cigarro. Sacó un mentolado de la cajetilla y lo dejó caer en mi mano con mucho cuidado. El tabaco me sentaba fatal, pero lo hice. Con los ojos como platos, volvió a insistir en que le dijera cuál era la treta. Hasta pretendió que sacara de su escondite la ramita y el cigarro. Se resignó de mala gana ante mis explicaciones.
No había manera. Me quedé mirando al río. El tráfico se desplazaba como un gusano gigante por la otra orilla. Una bañera vacía, enorme, quizás el mismo remolcador que bajó antes, avanzaba ahora con esfuerzo corriente arriba. La sombra de la torre se había dejado caer a las aguas. Nos quedamos en silencio. Ella no sabía.
Me vio tan abatido que propuso, inesperadamente resuelta, que nos fuéramos a follar a un hotel el resto de la tarde, hasta que se hiciera la hora de acompañarla a su casa.
–O mejor ya volveré sola, paseando, para llegar apaciguada.
–¿Comemos algo antes? –le pregunté.
–No hace falta.
Nos encaminamos en busca de un hotel. Al pasar junto a una papelera me deshice con disimulo de la ramita y del cigarro.