De callejones oscuros desemboqué en el cruce de calles sin asfaltar que se usaba como plaza y me senté en la acera, contra la pared, en una esquina de la que colgaba una bombilla encendida con un platillo que la protegía los días de lluvia. En el muro de enfrente, un puñado de vatios lo intentaba por su parte desde el otro lado con un halo mortecino; los dos círculos de claridad se desvanecían a pocos metros de su origen y no llegaban a encontrarse en el centro del terreno, donde se hacinaban las sombras.Había visto en el cine la inclinación de muchas mujeres por hombres velados de misterio, tipo James Dean, solitarios y silenciosos, así que decidí mostrarle esa noche una faceta distinta de mi carácter con la esperanza de que, por un milagro, ella me descubriera desde su ventana. Calculé que media hora de pensamientos reconcentrados bastaría para conseguir mi objetivo y me puse a ello con la mirada sumergida en la profundidad de mí mismo.
Me habría venido al pelo un cigarrillo, tirar el humo por la nariz, escupir las briznas de tabaco prendidas de los labios y, atrapada entre el pulgar y el índice, lanzar después la colilla lejos, como un disparo, sacando chispas en los rebotes antes de quedar inmóvil, incandescente en las sombras. Aquella imagen acentuó mi condición solitaria, y mi alma, proyectada en la brasa moribunda, se veía hermosa e indefensa ¿Cómo iba a soportar mi niña la tentación de venir a consolarme…?
Pero yo no tenía tabaco. Robarle pitillos al abuelo era imposible desde que mi madre, temerosa de curas y médicos, le hurgaba los bolsillos y le requisaba los paquetes arrugados. A veces lo sorprendía ocultando para otra ocasión pavas a medio fumar en los huecos de los ladrillos, en la pared desconchada, pero sabían a rayos.
No se veía a nadie. Flotaba en el aire el olor de los braseros que habían ido vaciando las calles con el reclamo de sus ascuas al amparo de la mesa camilla. Sombras esporádicas que cruzaban los huecos de las ventanas y el murmullo sofocado de conversaciones al otro lado de las puertas atenuaban la fuerte sensación de pueblo fantasma. El eco de un ladrido en un cortijo lejano apuntalaba el silencio del crepúsculo.
Una ráfaga me trajo el sonido de unas briznas arrastradas por el suelo, ramitas indecisas que criquearon a mi lado. Me llevé una a la boca.
La brisa, cada vez más fresca, levantaba olores a tierra escarchada de los huertos cercanos y los esparcía por las calles mezclados con el sabor amargo de la hierba. Mordí el palito. El regusto de la madera se deslizó lengua adentro. Reverberó en la cavidad nasal y despertó recuerdos de unos años atrás: el olor de las cañas jóvenes, verdes de savia, que doblábamos al límite de su elasticidad hasta que se partían con un crujido. Las despojábamos de sus hojas afiladas y las dejábamos lisas y relucientes, preparadas para la pesca de las manchas flotantes: globos de colores que arrastraba el curso lento de la corriente.
Aquella mañana de primavera pescábamos los globos pinchados que tiraba la fábrica acequia arriba. Les parcheábamos los poros y quedaban como nuevos. Al otro lado del canal, el brillo de su mirada me confundía. La falda plisada a cuadros, los calcetines amontonados en los tobillos, las libretas ―con las huellas de sus dedos en las hojas― apoyadas contra el vientre. Olor a lápiz y a goma de borrar en sus manos. Mechones de pelo rozando el proyecto de sus pechos. Y mi corazón, tembloroso como una gelatina roja.
Se me ocurrió de pronto, fue un impulso sin sentido y fuera de lugar; tras una disputa con otras cañas atrapé un globo de varios colores, grande y valioso, y sin que viniera a cuento lo puse a su alcance en la punta de la caña. Los demás se quedaron boquiabiertos, mudos, a la espera, dejando pasar los globos entre sus cañas vacías, pendientes de mí, pero sin apartar la vista del agua, mirando la escena de reojo. Ella puso cara de espanto. No se lo esperaba, pero pronto se recuperó. Entornó los ojos y miró la caña que yo mantenía en vilo. Sonrió muy sospechosamente con la comisura de los labios hacia un solo lado, y un fulgor perverso cruzó sus pestañas antes de taladrarme las pupilas. Luego, despacio y con premeditación, bajó la vista hasta el globo, se dio la vuelta con el desprecio oteando el panorama desde la punta de su nariz y me ignoró como si no existiera. Me dejó con la caña en alto, apuntando al vacío. Algunas niñas chismorrearon entre risas mal disimuladas. Los chicos no sabían qué hacer, hasta que uno de ellos soltó una carcajada y todos se le unieron. Tiré la caña al agua y corrí de allí.
Esa humillación antigua hizo retumbar mis intestinos y me sacó del recuerdo. Rechinaban mis tripas por encima del tintineo apagado de los cubiertos de la cena en la casa de al lado, del eco lejano ―lejanísimo― de los perros, de las toses enfermas al otro lado de la pared, del traqueteo irregular de una bicicleta acercándose. Inhalé con avaricia la humedad del aire como si recordara de repente que respirar es necesario.
El pedalear del ciclista iba ocupando silencio conforme se aproximaba por las calles adyacentes. El regusto de la escena en la acequia atravesó el tiempo y se me instaló en la boca del estómago provocándome gran inquietud. Sudaba y tenía frío. Miré el reloj, las agujas habían avanzado decididamente. Yo me moría por ella aunque nunca hubiera aceptado mis globos y esa noche no se había asomado a la ventana, ni siquiera había encendido la luz de su cuarto. Entonces me percaté de que eso, más que molestarme, de repente suponía un alivio; otras cuestiones que tenían que ver exclusivamente conmigo habían saltado a primer plano y asediaban la realidad a dentelladas.
El pedaleo del ciclista despojó a la plaza de quietud. El haz del faro cabeceante titubeó contra una pared cercana antes de llegar a mi altura. Me quedé inmóvil, intentando disimular mi figura en aquella esquina, deseando a toda costa esconder mi desnudez de los ojos extraños. Pensé que si no lo miraba yo, él no me vería, como un niño cuando se tapa la cara con las manos. Pero me vio. Lo supe cuando cesó el ritmo de los pedales y se dejó llevar por la bici. Tampoco entonces levanté la vista, pero sentí el calor de su mirada encendiéndome la cara. Mantuve los ojos fijos en el suelo, terco.
Al fin, y sin una palabra, inició de nuevo el pedaleo, indeciso al principio, y enseguida resuelto y con renovadas energías. Pareció olvidarse de mí. Entonces sí, entonces lo miré por la espalda, mientras se alejaba, y de pronto el tipo se volvió y me echó un último vistazo: allí estaba yo, solo, envuelto en la luz de la farola. Me vi con sus ojos, como aquella mañana en la acequia pude verme desde todos los ángulos en los ojos de los otros chicos.
No quería a preguntarme qué estaba haciendo realmente en aquella esquina, me aterraba la respuesta. Conseguí no hacerlo y abandoné el amparo de la bombilla, me deslicé hacia las sombras con todos los ojos del pueblo observándome tras las ventanas. Alcancé la esquina contraria después de siglos caminando sobre la acera, como en un sueño persecutorio. Luego aligeré por las calles oscuras mientras ladridos de perros lejanos ―muy lejanos― acentuaban la soledad a mi alrededor.

14 comentarios:
Joder. Me he tomado mi tiempo, he leído como se deben de leer las cosas, con la serenidad que otras veces ni este medio ni el tiempo que le dedicamos proporcionan, y me he encontrado con un texto muy bueno. Bueno de verdad.
Al César lo que es del César.
Gin- Gin:
sólo a ti podía ocurrírsete ofrecerle un globo parcheado a una chica de mochila azul y ojitos dormilones... ;)
Ya sabes lo mucho que me fascinan estas temáticas, así que decir que tu texto me ha gustado resultaría reiterativo.
Lo que sí me gustaría decirte es que resultas encantador cuando sucumbes, sin más, a la poesía. Y no a esa poesía impostada que surge del mismo acto de la escritura, sino a aquella otra que pertenece por definición a la persona, y que es, ante todo, reveladora de su intimidad más oculta y sustancial.
Un besso,
4ETNIS
Ha sido como asomarse sin permiso a una ventana que da directamente a la infancia. Con la sensación de que apenas vemos, atrapado en el marco, un trozo de paisaje que se adivina mucho, muchísimo más amplio. Qué buen relato.
Me desconcertó el final. Me parece que hay algo que no entendí, y me da bronca, porque me venía gustando.
Te mando un abrazo, Hank.
Opino lo que Reyes: este texto me relaja. Más que leerlo sin más, dan ganas de pasearse por él. Y también creo, que las emociones que llenan este relato han salido de muy adentro. Y que aunque el globo, la bicicleta, o las farolas fueran o no producto de la fantasía, los sentimientos que producen están dentro de ti. Donde está la poesía no-impostada que comenta Lula.
Precioso, precioso.
Un abrazo.
Hay un dicho que no estoy seguro de si lo oí decir a alguien o lo leí en alguna parte: uno es quien fue en el patio del colegio. Me ha venido a la cabeza al leer tu relato.
Un relato que, ya que estamos, me ha parecido muy bueno. Tienes una facilidad pasmosa para hacer que el lector vea lo que está leyendo. Es como si transformas las palabras en imágenes. La escena de la pesca de los globos de colores me ha resultado bellísima, tan tierna como patética (si es posible tal combinación). Mi aplauso, querido Hank.
Hay escritores (me refiero a los buenos) a quiénes se les ocurren metáforas. Y eso no está mal. Luego están otros, aquellos a los que "les ocurren metáforas". Después está, claro, la sensibilidad para darse cuenta, el arte de vestirlas para presentarlas en sociedad y la generosidad de compartirlas. Me temo que eres de estos últimos.
Y me temo también que, en el fondo, te he dicho lo mismo que Lula, a quien -si es quien creo que es- aprovecho para decir: "hola".
Un abrazo, Hank
Aplausos, querido Hank. Te echaba en falta pero ya entiendo, has estado muy, muy ocupado. Este texto está de premio. Me ha encantado esa manera de mandarnos allí, a ese lugar del que nos hablas, no sólo al espacio físico, también al emocional.
Nos acercas mágicamente a olores y colores como si de una película se tratara.
Me quito el sombrero, amigo mío...
Un beso
Reitero los comentarios anteriores, me ha parecido bueno y poético, creo que en general tus textos traslucen poesía vital por entendernos. También me parece que se puede visualizar bastante bien lo que escribes y el tan manido recurso de la soledad lo manejas la mar de bien.Al principio de la lectura y por precipitación me vino a la cabeza Lolita, cosa que me horrorizaba, lo siento pero una tiene sus cojeras, después ya he visto que era otra cosa.En todo caso me voy satisfecha aunque te confieso que acabo de leer dos talentos de primera: Laforet y Menéndez Salmón, el listón estaba alto. Por cierto, si puedes ponerte en contacto conmigo vía mail,hazlo, es un asunto de una posible corrección futura sin ánimo de lucro pero sadrías reseñado tú y tu bitácora.Ya dirás algo!
Un fuerte abrazo
A.R
Hank: No he leído tu relato, lo
he vivido, parada a la luz tenue
de un farolillo, esperando, recordando aquella amarga
derrota, aquella que nos marcó,
tornó vulnerables, tímidos...
La hermosa metáfora tomó vida
y se nos metió en la piel...
Hank, hoy nos abriste tu alma,
nos has llevado por el camino
de tu bella palabra, y tras ella,
fascinados, como quien sigue al
inefable Flautista de Hamelín,
hacia ese final donde el fracaso
presentido se acepta, sin luchar.
Me ha emocionado muchísimo.
Un abrazo
BB
Perdonad la tardanza, anduve en ineludibles menesteres.
Raúl, adoro tus palabras, sin más, por no faltar a la verdad.
Iria, jamás he subestimado tu capacidad intuitiva.
Es raro, siempre me he sentido un poco en tus manos, pero lo realmente extraño es la potente sensación de que no sólo me sucede a mí, muy al contrario.
Bárbara, qué bueno que intuyeras lo tantísimo que se escondía detrás de lo poco que te mostraba. Una buena lectora y una mujer inteligente.
Reyes, imposible para mí acercarme al uno por ciento de tu prolífica producción. Imposible casi seguirte y estar al día: eres un surtidor, no paras. Me alegra verte por aquí.
Gilda, no es necesario entenderlo todo, a veces no es ni recomendable y resulta más interesante levantar la sospecha.
Sinuosa, existió una bombilla con platillo y yo me senté muchos atardeceres debajo mientras unos chicos atraían murciélagos agitando trapos al extremo de sus cañas para que otros los apedrearan -sin mucho tino-.
Existió una niña, pero nunca le alcancé un globo. Tampoco hubo una bicicleta que descubriera mi autoengaño, pero tantas veces me autoengañé.
Los perros ladrándose en las distancias sin fondo de la noche aún resuenan en lo profundo de mi soledad más exquisita.
Viajero, me alienta lo que dices. Me dijeron que yo no tenía cabeza para montar buenas historias, historias que se mantuvieran por sí mismas, y que tampoco valía para expresar sentimientos, pero que se me daba muy bien la descripción de las sensaciones. Supongo que debe ser así. Enorme agradecimiento por tus palabras.
Qwerty, tú sí que eres bueno, cabrón. Tú sí sabes de qué va la cosa. Y creo que sí, que Lula es quien tú crees; la inconfundible ¿no?
Alkerme, no sé por qué me emociona tanto este comentario tuyo, no sé, me entran ganas de llorar y reír al mismo tiempo. Inexplicable y dulcísimo. Gracias.
Gorocca, me tienes para lo que quieras. Me alegro de que te haya gustado, pero, seamos sinceros, ese listón no lo alcanzo ni con pértiga. ;)
Un beso.
BB, tú sí que me has emocionado a mí; se me ha erizado la piel de gusto al leerte.
No he leído tu relato, lo he vivido... ¿se puede decir algo más elogioso de un texto?
Un abrazo. Gracias BB.
Impresionante, Hank. Muy bello. Este relato merece infinidad de lectores boquiabiertos. Permíteme un aplauso.
Ha sido un placer llegar hasta aqui y leer esta historia.
Tu manera de relatar es muy buena, me has hecho sentir en primera persona ese nudo en el estómago, hasta mi llegó aquel olor a lápiz y goma del cole, y las confidencias de las chicas y carcajadas de los compañeros.
Buenos, eso y tantas cosas más!!!
Me encantó. Enhorabuena.
Desde la más desnuda de las humildades, te confieso que es a mí a quien le abruman los elogiosos comentarios de determinadas personas, a las que considero mucho mejor dotadas que yo para la cosa de la literatura. Por ejemplo, tú.
Gracias.
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