domingo, mayo 03, 2009

El folio escurridizo

Al agacharse para recogerlo, el folio emprendió el vuelo, giró sobre sí mismo un par de veces y aterrizó en el bordillo de la ventana del patio interior.
Relleno en sus tres cuartas partes de espesa caligrafía, resbaló de la mesa donde lo había abandonado un momento antes, cuando se levantó para coger una cerveza del frigo. Hacía calor, y la pesadez, incubada a lo largo de toda la jornada, daba ahora la cara abiertamente y se extendía por sus telarañas neuronales como una gota de tinta en un vaso de leche desnatada. La profusión de folios arrugados y desperdigados por el suelo eran la prueba exacta de su capacidad creadora; una siembra de derrotas en todo orden.
Se acercó a la ventana y, a punto de rescatarlo, una ráfaga lo empujó de nuevo y el texto se dejó caer con suaves oscilaciones hasta el tendedero del vecino. «¡Coño!», exclamó alarmado.

El joven había alquilado el piso de abajo un par de meses atrás. Una noche que se cruzaron cuando él bajaba a tirar la basura lo invitó a que viera su pecera azul. Con curiosidad casi profesional, recolectora, el hombre aceptó de buen grado. El interior del apartamento era difícil de catalogar, ni organizado ni caótico, sino una extraña combinación de ambas cosas: una especie de islas de insólita anarquía se componían en un orden preciso dentro de la casa, como si todo estuviera fuera de lugar y en su sitio al mismo tiempo. Una inquietud amenazante le recorrió el espinazo y un regusto eléctrico le resbaló por los laterales de la lengua. La pecera estaba iluminada por neones azules y en su interior nadaban seis o siete peces de aspecto huraño. El chico cogió un muslo de pollo de la nevera y lo sostuvo por encima del agua. Los peces se congregaron debajo. Uno de ellos dio varias vueltas inquieto, saltó y se aferró al alimento, coleando fuera del agua. El tipo gritó excitado «¡son pirañas!», y soltó el muslo cuando otro emergió por el lado contrario y mordió la carne muy cerca de sus dedos. Cuando cayó al agua, todos los peces se lanzaron a devorarlo. En un par de minutos sólo quedó el hueso blanco sobre la gravilla de la pecera. El chico sonreía orgulloso.

Después de este episodio, el escritor vigiló con interés las evoluciones de su vecino, la arbitrariedad de sus entradas y salidas, los inquietantes personajes que lo visitaban, y captó por la rendija de la puerta entreabierta los diálogos furtivos que tenían lugar en el rellano de abajo. Como escritor realista, la actividad del nuevo inquilino resultaba una interesante fuente de inspiración, así que observó lo que pudo y fabuló el resto.

Que el joven leyera lo que estaba escribiendo basado en su espionaje casero, a pesar de su poca calidad literaria, no dejaba de suponer un peligro latente. No sabía hasta qué punto eran reales sus sospechas, ni cuánto de lo imaginado se había infiltrado en la objetividad de sus observaciones, pero en estos momentos la duda de si la pistola que aparecía en su relato la había visto de verdad entre el caos de una de las islas o era fruto de su propia cosecha lo empujaba a reaccionar por puro instinto de conservación.
Decidido a poner la hoja volandera fuera de su alcance, pensó lanzarle una zapatilla que la arrastrara al fondo del patio interior, donde sería fácilmente recuperable. A punto estaba de soltarle encima una de sus Nike cuando por tercera vez el folio vibró un instante antes de flotar y colarse ingrávido por la ventana del vecino. Muy alarmado, casi angustiado, bajó para recuperar la hoja antes de que cayera en sus manos. Después de varios aporreos comprendió que allí no había nadie, excepto las pirañas, si no se habían comido unas a otras. Pensó en tirar la puerta abajo, pero desistió cuando comprendió que lo que estaba ocurriendo no era una película de serie B y tuvo conciencia de sí mismo, o sea, de su escasa envergadura real. Decidió esperarlo en su casa con la puerta abierta para oírlo llegar y abordarlo antes de que entrara en el apartamento. Sería fácil si no venía acompañado. Además, sólo se trataba de una hoja sin la menor importancia que había arrastrado el viento. En cualquier caso de nada servía preocuparse, y por lo pronto gozaba de la tranquilidad de que mientras no llegara no habría peligro real ni figurado.

Cuando el chico acabó de leer la hoja cogió la pistola y subió con sigilo al piso de arriba. Se mosqueó cuando encontró la puerta abierta. Levantó el percutor y entró en silencio, como los polis, con los brazos extendidos y apuntando en todas direcciones con barridos laterales de sus manos agarradas al arma. El hombre dormido despertó con una especie de gruñido y levantó la cabeza con un movimiento brusco. El chico disparó instintivamente y el hombre cayó de espaldas, junto con la silla en la que estaba sentado, en mitad un montón de folios arrugados.

El joven ojeó alguno de los papeles estrujados y comprendió. «Pobre imbécil», murmuró. Bajó a su apartamento y recogió lo imprescindible para un rápido cambio de domicilio. Cuando iba a salir decidió ofrecerles un atracón de despedida a las pirañas. Dejó caer en la pecera un par de filetes y los restos del pollo de la cena del día anterior. Los animales se lanzaron sobre la carne y el agua se enturbió en pocos segundos.
Antes de abandonar el apartamento, buscó el folio delator, subió y lo dejó caer sobre el cuerpo del novelista, como si él sí aceptara su papel de serie B.

La hoja, ligeramente doblada por los bordes, pero entera al fin, parecía descansar victoriosa sobre el pecho de su autor. Tal vez un poco encogida por todo ese montón de semejantes muertos, arrugados y enredados con pelusas, pero indudablemente satisfecha por su justa venganza.

7 comentarios:

Sinuosa dijo...

En estos terrenos te mueves como pez en el agua. Y yo, cual piraña hambrienta, devoro con ansia cuanto dejas tras el cristal de mi pecera.
¡Magnífico!

Amaia dijo...

Madre mía Hank, todavía estoy espeluznada, pues vaya como se las gastan los inquilinos,a fiarse, le he visto trazos de ventana indiscreta, una imaginación insuperable desde luego,y una escenografía perfecta.Un placer!

Raúl dijo...

Un cuento bueno de verdad.
Me ha recordado a aquellas "narraciones extraordinarias" que pululaban entre lo macabro y lo fantástico.

Uno tiene la sospecha de que el asesino es el folio (la literatura, la creación) y no el vecino, que no pasa de ser un mero instrumento.
Muy bueno, ya digo.

alkerme dijo...

Me encantan tus historias, con ésta en concreto has conseguido que pase miedo... “soy una cagada”.

Genial, como siempre. Seguiré atenta a tu blog y a los movimientos de mis vecinos/as... (nunca se sabe)

Besos

El Viajero Solitario dijo...

Después de un tiempo apartado de la red, me ha alegrado encontrarme con tan curioso cuento. Una atmósfera muy bien construida, sí señor, me haces partícipe de la angustia del personaje desde el primer momento.
De toda la historia, lo que me deja un poco desconcertado es que el personaje se quedara dormido, si tanto le preocupaba que el vecino de abajo leyera la hoja. Quizá me habría gustado más que el vecino efectivamente se encontrara en el piso la primera vez que el protagonista bajó a recuperar la hoja, pero no le abrió porque estaba leyéndola. Más tarde, sube y lo sorprende, descerrajándole un tiro antes de que pudiera comprender. (Aquí hay también algo que no me acaba de encajar: ¿nadie oye el disparo?).
Por lo demás, un cuento que se lee con delectación, repleto de grandes imágenes e imaginación.
Abrazos.

Hank dijo...

Lo que nunca adivinarías, vieja amiga –y entiéndase el término en su dimensión temporal más afectiva, o sea, por el tiempo que hace que, sin conocernos, nos conocemos-, es que una de ellas, la que más mira a este lado del cristal, como si fuéramos nosotros los que estamos en la pecera y no al revés, se llama exactamente como tú, Sinu querida. Corto de imaginación, se me ocurrió ponerle a mis peces los nombres de la gente que conocía en la red y la cosa no deja de tener su morbo. Gracias, guapa.

Amaia, qué gusto encontrarte de nuevo por aquí. Me alegra que te gustara. Aunque no estoy tan seguro de que el culpable de todo no sea la propia víctima.

Raúl, había pensado titularlo El folio vengador porque después de varias escrituras no conseguía que nadie se percatara de que todo se lo monta esa hoja tan escurridiza.
Tu sospecha es una certeza, el meollo del asunto.


Alkerme, el placer es mío.

No te falta razón, Viajero. Dos puntos flojos en un relato suciamente real. Te agradezco tan interesantes anotaciones, y te estaría mucho más agradecido si continuaras en esa línea. No es fácil percatarse de los defectos de tus propios hijos: todos son perfectos, cómo no.
Otro abrazo.

Mimí dijo...

Me gustan las historias creativas, esas que ocurren delante de todos pero nadie ve nada más que tú, esas que en que te dicen ¡Farola! y tu la conviertes en la amante perfecta, o descubres sus orígenes incandescentes, o le cuentas porque todas la noches sólo le cantas a ella convertido en la polilla cojonera que la merodea, me gustan las historias...

Lo demás me aburre.

Te mando un abrazote pilotando la rama de una encina... desde los mares de Extremadura.