Apenas percibo la estela veloz de su puño un momento antes caer en un sueño feliz en el que floto entre nubes. Jamás hubiera imaginado que perder la conciencia de un golpe fuera tan placentero. Aunque tuve la sensación de estar desvanecido un rato, sé recobré el conocimiento antes de caer porque siento el golpe de la cabeza contra el suelo. No comprendo de inmediato qué ha sucedido, no me duele nada, pero el sabor metálico de la saliva me alerta. Al tocarme el labio partido una punzada ardiente me cruza de un tajo la barbilla y lo recuerdo todo de repente. Distingo la figura borrosa de Paco el Chepe al extremo de mis piernas, perpendicular a mi cuerpo. Sonríe con el lado derecho de la boca como hace siempre, como la agente 99 de la serie de los martes. Tiene las piernas abiertas y los brazos en jarras, dispuesto a repeler una improbable reacción por mi parte. Le bastaron tres segundos para calcular el escaso peligro de la situación, se dio la vuelta y me olvidó.Me atacó porque lo empujé cuando se acercó a Santiago el Pestoso sin que éste se diera cuenta, le bajó el chándal de un tirón y una plasta de mierda le cayó a los talones. ¿Cómo iba a imaginar que el Chepe respondería con un puñetazo tan fulgurante como en las películas?
Santiago se cagaba encima cuando le daba por ahí; algo inconcebible. Rondábamos los diez u once años y, que yo recordara, nunca se había cagado nadie en los pantalones, ni en la más lejana infancia. Las primeras veces, al comienzo del curso, cuando los alumnos más cercanos se quejaban abanicándose con la mano y tapándose la nariz, el profesor lo abroncaba y lo mandaba a limpiarse al cuarto de baño. Como, invariablemente, no volvía, nos enviaba a por él y lo traíamos de vuelta con aquello en el culo, igual que se había ido, como si formara parte de sí mismo, o fuera un defecto de nacimiento con el que no supiera qué hacer. Puesto que sólo sucedía de vez en cuando y no se iba a quedar sin escolarizar, se apartó un pupitre en la esquina más alejada de la clase y se creó una separación entre él y los demás, como una isla del Pacífico protegida por un arrecife de coral, donde podía cagarse en paz si no tenía el vientre especialmente removido, en cuyo caso era expulsado de clase y se quedaba en el pasillo el resto de la jornada.
Una cosa eran los comentarios inevitables, la marginación justificada ―no se podía respirar a su lado, lo reconozco―, las burlas indisimuladas…, y otra muy distinta y que no acierto comprender por qué produjo en mí semejante reacción, fue que el Chepe le bajara los pantalones delante de todos. Por eso lo empujé.
La pregunta de mi madre me pilló por sorpresa. Siempre he sido incapaz de prever los acontecimientos, ni siquiera los más evidentes, y no se me ocurrió inventar una excusa para el labio partido. La consecuencia fue que Paco recibió una buena somanta por parte de su madre cuando la mía, que era su sobrina, puso al corriente a su tía Carmen de las fechorías del menor de sus hijos. Supongo que la parentela obliga.
Al día siguiente, Paco estuvo pendiente de mí durante las clases y también en el patio. Lo sorprendí mirándome con un odio que me estremeció en varias ocasiones, pero se mantuvo alejado. Me alegré de que todo se hubiera resuelto sin más problemas y hasta un par de veces me sentí tan ufano que le sostuve la mirada, como diciendo ya sabes lo que te espera si vuelves a tocarme.
Lo malo es que con mi acción justiciera, de rebote también atraje la atención de Santiago, que merodeó a mi alrededor durante todo el recreo, sin decir nada, mirándome con ojos de cordero degollado y, aunque no se había cagado, espantó a los que jugaban conmigo. El rechazo y la soledad que sentí a su lado era más de lo que podía resistir, así que le grité que se apartara de mí y dejara de seguirme. Volví con mis amigos y él se quedo en mitad del patio, en su isla de siempre, rodeado por su círculo de desamparo, con la vista vagando por el suelo cercano a sus zapatos, sorbiéndose los mocos, con las manos a la altura de la barriga, sin saber qué hacer con ellas, como quitándose padrastros de las uñas. Aquello me dolió mucho más que el golpe en el mentón del día anterior, pero, con todo, me mantuve alejado de él.
Con la conciencia sucia y el corazón arrugado, me demoré hasta que Santiago salió de clase para evitar que se le ocurriera seguirme. Fui de los últimos en ir a recoger la bicicleta, pero no la encontré donde la había dejado, y en su lugar me espera el Chepe. Busco alrededor y entonces la veo: la han lanzado con lo que me parece una fuerza sobrehumana contra las ramas de un limonero y allí se ha quedado, en lo alto del árbol, irreal y absurda, fuera de mi alcance. No podía haber sido él, no, porque de serlo podría matarme como si yo fuera un gusarapo cuando le diera la gana. Salgo corriendo, pero consigue cogerme de la camisa, que se desgarra y me hace perder el equilibrio. A horcajadas sobre mí no me golpea la cara, sino las costillas, el estómago, el hígado. Cuando se me ocurre ponerme a gritar deja de sacudirme y me dice que la próxima que me chive a mi mamá me mata. Maltrecho, subí al limonero y empujé la bicicleta a patadas hasta que cayó.
Preparé una buena excusa esta vez y le dije que me había resbalado en el camino de vuelta. Era creíble: mi camisa estaba rota, la bici abollada y mi cara no tenía nuevas magulladuras, pero mi madre, incrédula y por si las moscas, decidió ir de nuevo a casa de su tía a darle las quejas. Me vi perdido, así que le pedí que no fuera, que si Paco se enteraba de que me había chivado me mataría. Eso acabó de reafirmarla en su postura y le contó lo poco que yo le había dicho y mucho que ella puso de su cuenta. La tía Carmen redobló sin ambages la tunda a su hijo, por reincidente.
Por la mañana, durante las clases, no me atreví a mirarlo. En el recreo lo espié con disimulo y vi que no me hacía caso, me ignoraba, como si no hubiera pasado nada. Eso me tranquilizó relativamente. Sin embargo, con Santiago pasó todo lo contrario: atento a mis movimientos, intentó de nuevo sucesivas aproximaciones con su actitud ovina habitual. Pendiente de Paco, no estaba para muchos juegos y me había sentado solo en uno de los bancos, así que cuando una de las veces se arrimó con más decisión, nadie tuvo que salir corriendo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca para verificar que no olía mal le dije que se podía sentar si quería. Lo hizo sorprendido, manteniendo una distancia prudencial que achaqué a la costumbre, y enseguida comenzó a balancear las piernas distraído, casi relajado, sin tanto temor como lo ensombrecía siempre. Me picó la curiosidad, pero no era muy hablador y me costó sonsacarle: fuera del colegio tampoco tenía amigos porque vivía en una casa diseminada en la huerta, pero lo pasaba bien jugando con dos perros que tenía su padre y le gustaba plantar las redes para cazar gorriones. Cuando le pregunté por qué se cagaba encima en vez de ir al váter, guardó silencio y miró al suelo con su cara de congoja habitual.
―¿Y tus padres no te dicen nada cuando llegas cagado?
―Me pegan.
―¿Y en tu casa también te haces encima?
―No, cago en los huertos.
―¿Y por qué no lo haces en el váter como que en los huertos? Sólo tienes que bajarte los pantalones y ponerte en el agujero. Es lo mismo.
―..
―¿No te han dicho tus padres lo que tienes que hacer?
―Sí.
―¿Y por qué no lo haces?
―..
―¿No te da asco llevar eso en el culo?
―..
―Si sigues haciéndolo, no te voy a dejar acercarte más.
―Es que no es lo mismo…
―¿Qué?
―Es que… ahí cagan todos.
―Hazlo antes de venir, o aguántate. Yo lo hago.
―..
―¿Lo harás, dejarás de cagarte encima?
―..
―Santiago el Pestoso es un sobrenombre horrible.
―..
Nos quedamos en silencio, y yo aproveché para echarle un vistazo al Chepe. Seguía ignorándome. Estaba, como siempre, con su hermano Eladio y otros alumnos de cursos superiores al fondo del patio, jugando a la baraja.
―¿Quieres venir a jugar a mi casa? ―se le ocurrió a Santiago de repente, con los ojos como platos.
―No sé. ¿A qué?
―Lo mejor es a los pájaros ciegos.
―¿Y eso qué es?
―Los cazamos con las redes y luego los soltamos en la sala.
―¿Con la ventana cerrada?
―Da igual, están ciegos y no ven nada. Se chocan con las paredes y con el techo.
―Los pájaros no están ciegos, Santiago.
―Les pinchamos los ojos con un palillo y luego los soltamos.
―¿Y tus padres no te dicen nada?
―No. Cuando se golpean mucho y ya no vuelan más, se los desplumo a mi madre para que los fría.
―Ya. Bueno, no sé. Si dejas de cagarte puede que vaya.
―…
Un par de días después todo seguía en calma con el Chepe y pensé que era normal que se hubieran acabado las palizas ya que, al fin y al cabo, cuanto más me daba a mí, más recibía él, y eso le interesaba a él tan poco como a mí. Pero, por desgracia, andaba desencaminado. El viernes por la tarde quemaba con unos amigos mixtos de trueno que habíamos comprado en el quiosco del Curro cuando, en una esquina, Paco se me plantó delante con la sonrisa ladeada, los brazos en jarras y las piernas abiertas. No sé qué pudo sucederme, pero en ese momento sé que soy yo el que tiene que romper el círculo y me abalanzo sobre él. Caemos al suelo abrazados. Consigo hacerle una llave al cuello y aprieto con ganas para no separarme, no quiero ponerme al alcance de sus puños, pero él consigue voltear nuestros cuerpos y echa todo su peso sobre mí. El cemento de la acera me raspa la mejilla y la frente, y mis fuerzas empiezan a flaquear. Consigue soltarse y mientras me preparo para recibir los puñetazos se me ocurre algo. Busco un mixto de trueno en el bolsillo y lo raspo contra el cemento. Cuando oigo el petardeo y sé que está encendido se lo pego en la cara. Grita de dolor con las manos en los ojos, el mixto estallando en su piel quemada. Se levanta sin dejar de aullar y aprovecho para darle una patada en la espinilla, después agarro un cascote y le golpeo en la cabeza. Voy a darle de nuevo cuando algo inesperado choca contra mí y me lanza dando volteretas a varios metros de distancia. Es su hermano mayor, Eladio. No consigo incorporarme y me llueven las patadas hasta que un par de vecinos mayores lo separan de mí. Sujeto por los hombres no dejaba de gritarme que de esa me iba a acordar.
Me alejé de allí. Tenía que pasar por la fuente para lavarme antes de ir a mi casa, tenía inventar una excusa perfecta para que mi madre no se lo contara de nuevo a su tía. Tenía que parar aquello como fuera. Me entraron ganas de matar a Santiago, de clavarle dos cuchillos en los ojos, por cagón. Pensé que en esos momentos él estaba muy tranquilo en su casa de la huerta, con sus perros y sus pájaros, ajeno a cualquier amenaza, y lo envidié.

13 comentarios:
Joder, joder, joder... Muy bueno Hank. Bueno hasta el punto de que es una estupidez leerlo en este medio, dándole a la ruedecita del ratón para que avance.
Permíteme concluir mostrándote mi más sana envidia.
Excelente, ya digo.
Pd.- Esta tarde me prguntaba qué habría sido de ti.
Coincido con Raúl,Hank,yo también me preguntaba que te retenía tanto y al leerlo,lo he sabido enseguida.
Un abrazo!
Hank, otra que piensa igual.
Una historia para leerla en
papel. ¡Qué bien escribes, niño,
qué bien!
Un abrazo
BB
Los niños ciegan los ojos de otros niños como si fueran pájaros para que no vuelen hacía ellos, por miedo o por asco o por simple estulticia.
Saludos
Hank, siempre he pensado que un buen relato tiene que tener siempre una imagen que se te quede prendida en la mente. En este caso, es la imagen de esos pájaros ciegos revoloteando por la sala. Acertaste de nuevo, escritor, acertaste.
Nos diste un narrador con quien identificarse, un villano y un personaje con una fuerza inaudita. Y al final, como en tu cuento, siempre se envidia al personaje, ¿verdad?
Un grandísimo abrazo.
Q.
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Hola Raúl. Me alegra que te haya gustado a pesar de la inapropiada longitud del texto para leerlo en la pantalla.
Es cierto, andar de blog en blog, de foro en foro y de taller en taller me aleja de la literatura y a veces necesito volver a ella en la intimidad. Pero, como ves, son rachas.
Saludos.
Hola, Amaia. Me encanta verte por aquí. Y te digo lo mismo que a Raúl, a veces me saturo.
Besos.
BB, la Gracia de la red. Cuando te asomas por aquí me veo más guapo. Qué bien me sientas...
Alma, tienes razón, sí, no imaginas lo cruel que puede ser la vida desde el año cero.
Un abrazo.
Qwerty, como ves, un cuento puede ser corto o largo. Soy de la opinión de dárselo o negárselo al lector según le convenga al escritor, pero entero. Lo que no me gusta tanto como lector es que me den la cosa a trozos y entre una y otra lectura tenga que esperar a que al autor le venga a bien la siguiente entrega: me desanima. Es más, me siento manejado.
En fin, cosas mías. Un fuerte abrazo, amigo, y gracias por lo mucho que me has animado.
Querido Hank.
Me alegra un montón volver a saber de ti.
También me alegra que te haya gustado el micro que me has comentado. Es más, en su mediocridad, te confieso que al igual que opinas tú, considero que el relato ganaría sin esa frase final, que casi resulta un tanto justificativa.
Un abrazo enorme.
Hank, es impresionante. No es que me sorprenda, no me sorprende viniendo de vos, pero es fabuloso. Muy tangible, muy cercano. Muy creíble.
Te mando un abrazo.
Hola
me ha gustado mucho tu historia.
Totalmente creible y real,con personajes de los que te gustaría seguir sabiendo.
Creo que cada relato es un mundo de dos frases ,o de doscientas, lo importante es lo que transmite al leerlo.El tuyo me ha llevado a una infancia de pueblo que yo no viví, pero que estoy segura es tal y como tu la cuentas.
Un abrazo.
¡Madre mía!, esto es bueníiiiiiisimo. Vengo como "renacida" después de tanto tiempo sin andar por los blogs (me estoy poniendo al día) y me encuentro con esta maravilla. Ya sabes la pereza que me da leer sobre fondo negro, pero en este caso no podía parar, no se me hizo largo en absoluto, es más, quería más.
Estos personajes son de esos que dentro de una novela, hagan lo que hagan y sea cual sea su historia, tienen la fuerza suficiente para sostenerla y hacerla triunfar. Porque están "vivos". Y cuando digo vivos no me refiero a que transiten por una historia real o no, no sé si me explico.
Mi más envidiosa enhorabuena.
Sinuosa.
Hank, no sé a los demás, pero a mí me vendría bien volver a leer algo tuyo. Tú mismo.
Gilda, Alex, Sinuosa, Raúl, agradezco vuestras palabras con una tardanza inexcusable.
Hay rachas en las que uno no está pa ná, pero, como digo, eso no es excusa.
Un abrazo grande, amigos.
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