martes, octubre 27, 2009

Carne de cañón

El tráfico de la hora punta ya empieza a descender. El muchacho, al que ha dado paso unos minutos antes, llora sentado en un banco mientras lee un papel que ha sacado del bolsillo trasero de los vaqueros. El policía mira el reloj, echa un vistazo a las calles que desembocan en el cruce y se acerca a la moto aparcada junto a la acera dando por finalizado su turno. Deja la gorra en la guantera y se rasca la cabeza con energía; el pelo corto y duro no acusa la presión de los dedos, se mantiene recto y tieso a pesar de que lo frota vigorosamente desde el flequillo hasta el cogote. A horcajadas sobre la moto, con el casco aún en la mano, observa a un viejo que se aproxima por una esquina cercana al banco. Viste chilaba, y un gorro musulmán le cubre la cabeza. Se detiene a la altura del chico y lo mira un momento antes de proseguir su camino. El policía se pone el casco y está a punto de pulsar el encendido cuando ve que el viejo vuelve sobre sus pasos y se dirige al muchacho. Dialogan un momento y se sienta a su lado. El muchacho parece sorprendido. El policía se mantiene a la espera. El viejo echa un par de miradas en dirección a la moto mientras el chico le tiende el papel doblado. Cuando acaba de leerlo se lo devuelve y el chaval deja caer el brazo como si el escrito fuera demasiado pesado para sostenerlo. El hombre de la chilaba le coge la mano libre entre las suyas y le habla en un tono aparentemente dulce, paternal, casi confesional. El policía levanta la visera del casco para fijarse mejor y comprueba que la mano del chico se mantiene inerte entre las otras arrugadas y que ambos lo observan furtivamente, con miradas rápidas y cortas, como asegurándose de que nada despierta sus sospechas. Ahora sí, se cala la visera, repliega con un golpe de talón la pata en que se apoya la moto, arranca decidido y, en vez de alejarse, gira en el cruce más cercano y con un acelerón se planta a un par de metros del banco. Sin quitarse el casco, saluda con gesto marcial al viejo, acercando la punta de los dedos a la altura de la sien derecha.
―Buenas tardes, ¿me permite su documentación?
―¿Permito…?
―Enséñeme su documentación.
―Eh..., no llevo encima.
El agente se coloca al casco bajo el brazo y se rasca otra vez la cabeza; parece un tic nervioso más que una necesidad real de aliviar algún picor.
―Si no tiene papeles voy a tener que llamar a un coche patrulla.
―Tengo en mi casa, aquí al lado, en la esquina.
―No puedo dejar que se marche, lo siento.
―No, no, venir tú, aquí al lado, mi casa, treinta metros, tengo papeles.
―Está bien, le acompañaré. Espere un momento. ―Se dirige al muchacho―. ¿Te sucede algo, chico?, ¿estás bien? ¿Por qué llorabas?
―Sí, bueno, es un problema personal, con mi nov…, con una amiga. Ya se me ha pasado. Estoy bien, gracias, ya me marcho.
―¿Conoces a este hombre?, ¿sois amigos?
―No lo había visto nunca, pero es muy buena gente.
―¿Cómo lo sabes si no lo conoces de nada? No puedes fiarte de los desconocidos de buenas a primeras.
―Vale, vale…; pero tampoco soy un niño, sé lo que me hago.
El policía lo mira con cara de no estar muy de acuerdo con la aseveración. Le pregunta si vive por los alrededores, si estudia en el instituto.
―Sí. Vivo aquí al lado, ya me iba a casa. No se preocupe, gracias ―dice.
―Bien ―asiente con el gesto relajado, casi aburrido, como si asumiera que el asunto, una vez resuelto, carece de importancia.
El chico se levanta, le da la espalda y se aleja con las manos en los bolsillos. El agente mira al viejo y consulta el reloj. Parece valorar si merece la pena la molestia, pero de repente se decide, como si hubiera recibido una orden precisa en su interior, de su conciencia sin ir más lejos. Guarda el casco en el maletín de la moto y abre la guantera, pero tampoco coge la gorra.
―Venga, vamos ―le ordena al musulmán.

* * *

Al empujar la puerta de cristales suenan campanillas por encima de sus cabezas. Una mujer sale de la trastienda, el viejo le dice algo en un idioma que el policía no comprende y ella se vuelve por donde ha salido. La tienda está vacía. Un expositor con cámara frigorífica muestra quesos, embutidos y trozos de carne iluminados por neones. En estanterías adosadas a las paredes se ordenan latas, botellas y tarros transparentes con lo que parece carne en adobo o en salazón.
―Mujer preparar té.
―¿Es suya la tienda? ―pregunta el agente ya con gesto decididamente aburrido.
―Sí. Negocio cinco años, no va bien. Su compañero sabía…
―Entiendo. A mí me han destinado a esta zona hace poco, aún no conozco el barrio.
―Venga, enseñar papeles.
Atraviesan la cortinilla por donde ha desaparecido la mujer y se encuentran en una cocina, que también hace las veces de cuarto de estar a juzgar por un rincón con una mesa baja rodeada de pufs, cojines de apariencia oriental y dos pares de sillas distribuidas aquí a allá. Una puerta cerrada parece el acceso al resto de la casa. Enfrente, otra cortina por la que asoma la cabeza el policía da a lo que parece una sala de despiece con una mesa central y grandes fogones en una esquina. El viejo le invita a sentarse, rebusca en un cajón hasta que da con una bolsa de plástico con varios documentos dentro y la deja caer sobre la mesa.
―Papeles ―le dice―. Mujer traer té.
―No se moleste, gracias ―responde mientras intenta encontrar en la bolsa el pasaporte o el DNI.
―No molestia. A su compañero gustar mucho.
―¿Qué es lo que le gustaba, el té?
―Sí. Era amigo. Venía mucho aquí.
―No era mi compañero. Quiero decir que no lo conocía de nada, yo estaba en otro distrito.
El policía abre el pasaporte y compara la foto con la cara sonriente del viejo. Es turco, de Estambul. Está en el país desde hace años. La mujer deja una bandeja con una tetera y dos vasos vacíos sobre la mesa y se retira.
―Está bien ―dice el agente―, todo en regla. Perdone las molestias. Tengo que marcharme.
―No despreciar té. Preparado para ti, muy bueno… ―le suplica.
―No se moleste, gracias.
―Por favor, no es molestia, se lo ruego… ―dice el viejo estirando un hilo de té desde el vaso hasta un metro por encima de la cabeza del policía.
―Está bien, pero acompáñeme ―acepta con media sonrisa.
―Faltaría más ―dice el turco encantado, volcando el té sobre su vaso desde idéntica altura sin salpicar ni una gota.
Sorben el té con ruido para que el aire disipe el calor del líquido hirviente. Va el viejo a servir una segunda ronda cuando el agente lo detiene con repentina inquietud y le dice que hay algo que no comprende.
―¿Cómo es que el chico no lo conoce de nada si vive en el barrio?
―Yo explicar… ―sonríe el turco. Pero antes de que explique nada, al policía le da un acceso de tos que no cesa hasta que se agarra con dedos torpes a la mesa antes de desvanecerse.

* * *

―¡Deprisa!, no más tiempo con vida o despertará.
El chico aplica una bomba de vacío al pene del policía, que está inerte y desnudo sobre la mesa metálica de carnicero. Cuando considera que la erección ha llegado al límite comprueba la dureza del tronco palpando bajo el escroto. Satisfecho, agarra una brida y la aprieta con fuerza alrededor de la base del miembro. Coloca otra a un par de centímetros de la primera. Ambas se incrustan en la carne dura. Retira la bomba y el pene se mantiene duro, con la sangre retenida por las bridas.
―Ya está.
El turco se acerca con un bisturí de gran tamaño y lo hunde sin dificultad entre las dos bridas. Apenas unas salpicaduras sobre la mesa y ya tiene el miembro erecto en la mano. Se acerca a la cocina y lo sumerge en una cazuela alargada con caldo hirviente. Baja la intensidad del fogón y observa en el líquido burbujeante trocitos de ajo, perejil y un par de guindillas bullendo alrededor de la carne.
―Atento; apaga cuando sangre cuaje, no más tarde ―le dice al chico.
―Es un coñazo tener que mantenerlos vivos para cortarles la polla. Imagínate que se despierta ―se queja el chico.
―Pagan bien si está dura; tú sabes quién... Merece la pena.
―¿Cómo lo vas a matar?
―Morfina. Ya siempre morfina si podemos. La carne más suave, no sufre, tierna y dura a la vez. Exquisita.
El viejo recoge con una jeringuilla la mezcla transparente que ha estado preparando y clava la hipodérmica en el brazo del policía.
―Será feliz antes de morir ―murmura pensativo.
―¿Recuerdas al culturista? No he probado nada tan rico como aquellas tiras de bíceps maceradas y ahumadas, ¡qué delicia! ―comenta el chico sin quitar ojo al recipiente.
―Resultado muy sabroso, pero mucho trabajo, músculo muy duro.
―Con los polis ha sido fácil, y éstos, jóvenes y recién salidos de la academia, están cachas y magros…
―Con policía ser peligroso. No más.
El joven ha apagado el fuego y se acerca al turco.
―¿Cuajado en su punto? ―le pregunta el viejo.
―He cocido muchas. Descuida, está en su punto.
El turco pega la oreja al pecho del policía y le palpa con los dedos las venas del cuello.
―Está muerto. Degüello y dejamos desangrar.
―Uf, menuda noche nos espera―. Se queja el chico. Enciende un soplete y empieza a chamuscarle los pelos al cuerpo mientras el turco recoge en un barreño la sangre que mana de la yugular hasta la esquina inclinada de la mesa―. Yo me encargo de las piernas y tú de los brazos. Como te gusta: tiras largas y estrechas, como la última vez con el otro poli. Después nos ocupamos de las vísceras y la cabeza.
― Todo limpio por la mañana. Tarros grandes al calor, huesos molidos en sopa. ¿Hammet desapareció moto?
―Este poli es grande. Me dijo que le sobraba uniforme por todos lados y que el aire le sacaba el casco de la cabeza. Pero no tuvo problemas; Hammet es un profesional. Incluso dejó una multa en el parabrisas de un coche aparcado en doble fila, je, je. Después vendrá a echarnos una mano.
―Sí, buen amigo.
―Anda, vamos a darle la vuelta que le queme los pelos del culo y empezamos.
―Sí, vamos rápido.

13 comentarios:

Raúl dijo...

No sé yo si considerar políticamente correcta la religión del viejo. Sonrío. Aunque nadie dijo que la literatura haya de sentarse a la mesa cumpliendo todas las normas de urbanidad.
Un buen relato, Hank.
Volveré a leerlo en unos días.

mi nombre es alma dijo...

Ya dice el refrán que del cerdo hasta los andares y ahora con tu permiso, añadimos, del policía hasta la polla.

Como dice Raúl, buen relato

Raúl dijo...

Tal y como te prometí, y aprovechando que tus entradas se retrasan en renovarse más de lo que yo quisiera, lo he vuelto a leer. Lo he traspasado al Word, lo he tabulado como corresponde, y he leído las cuatro buenas páginas que lo componen.

Me gusta mucho el aspecto descriptivo. Con las palabras justas, sin extenderte más de lo estrictamente necesario, sitúas muy bien la acción en el espacio, en los escenarios en donde se va desarrollando. Así, tanto la del párrafo de arranque, como la descripción que haces de la tienda, son acertadísimas. En esta última, hay una frase que yo cambiaría por resultarme demasiado eufemística. Me refiero a la de “en un idioma que el policía no comprende”. Con los datos de la vestimenta del viejo, y con el inminente de su nacionalidad, no creo que hubiera ningún problema para llamar “árabe” al idioma.

Entrando en la trama, si bien la cuestión que hace que el policía tenga la mosca tras la oreja (el no entender porqué el joven no conocía de nada al viejo si admitió vivir en el mismo barrio) me resulta un tanto forzada y poco convincente, la historia va a resultar, y de hecho resulta, de lo más potente. Mezclar elementos tan sanguinarios con pinceladas sexuales que rozan lo tabú, o con datos de canibalismo expreso y descarnado, le confieren una entidad propia, que le acerca, no sé si a la comedia negra, o por el contrario al cuento reality.

En cualquier caso, como lector, yo prefiero tomarme la historia a broma, como cuando alguien nos pregunta si no nos hemos dado cuenta de que los chinos parece que no se mueren nunca, porque no se len conocen entierros. Sonrío.

Un abrazo.

Hank dijo...

Pues sí, Raúl. Es una especie de broma y a ti no se te ha pasado por alto.

La cosa surgió a propuesta de un autor que nos conminó (vaya verbajo) a desarrollar un cuento con tres personajes y una situación de partida determinada: un policía ordenando el tráfico, un adolescente llorando en un banco, un viejo que se acerca por una esquina a punto de descubrir al chico. Lo más importante del ejercicio era escoger el tipo de narrador y explicar por qué. Yo elegí el narrador cámara, el que supuestamente tiene menos posibilidades porque no conoces nada que no sean las manifestaciones externas de los personajes. El autor de la propuesta se empeñó en que era un narrador pobre y poco recomendable, por eso lo elegí yo. Y porque, además, a menudo me gusta la impunidad de este narrador con respecto a los actos de los personajes: no juzga, sólo muestra y que cada cual saque sus propias conclusiones.

Los trabajos fueron interesantemente dispares.

Gracias a los dos, Raúl y Alma, por el interés. Un abrazo.

nsK dijo...

Vaya, esto sí que es un final inesperado y no los míos ;D
En tu blog se puede aprender mucho sobre escritura, sobre todo los que todavía no nos hemos animado a asistir a ningún taller.
Gracias por tus comentarios.

Sinuosa dijo...

Al igual que Raúl, tuve que pasar a Word tu relato, ponerle fondo blanco y leer. De ahí mi retraso en comentarte (como ya te dije, me resulta agotador leer una columna tan larga sobre fondo negro, y no quiero que ese detalle me estropee el placer).

Me encantan los relatos donde sólo la “cámara” nos cuenta la historia (ya me conoces alguna). Destaco sólo un ejemplo de tu arte, ya en el principio:
“…el pelo corto y duro no acusa la presión de los dedos, se mantiene recto y tieso a pesar de que lo frota vigorosamente desde el flequillo hasta el cogote...”
Fíjate que diferencia si el policía sólo se rascara la cabeza sin más. En fin, lo que ya te dije muchas veces: eres genial con tu “cámara”.

Me gustaron muchas las dos primeras partes, pero el tramo final, si te digo la verdad, me pareció un poco “parche”. No sé…, es como si no estuviera a la altura de las expectativas que me abriste en las dos primeras (que no tengo ni idea de cuales eran, pero que no eran esas). Pero bueno, ni caso, que yo me condiciono por un quítate allá esos pelos, jejeje.

De todos modos, ¡cómo me atrapas!

Un abrazo, “reportero”.

Hank dijo...

Escribo para que tú me leas, Sinuosa (permíteme la licencia, por favor). Cuando no apareces por aquí, veo que el intento no ha merecido la pena. La facilidad con que te llega mi "cámara" me sorprende. No es nada fácil. El rechazo es mayoritario, la afinidad es escasa.
Cuando tú explicas lo que yo sugiero, termino de entenderlo.
Sin vos me muero. Ven siempre.

Sinuosa dijo...

¿Quéee?, ¿sólo para que yo te lea? Diosssss, qué responsabilidad…
Jajajaja … Anda que no te ha salido molón ni na el halago…
Pero casi me lo voy a creer un poquitín, porque no sabes que alegrón me acabo de llevar con el cambio de fondo. Ufff…, qué diferencia. Porque lo has cambiado, ¿verdad? Entré y salí dos veces por miedo a que sólo sea un fallo de mi PC. Espero que no.
Ahora sí que podré decir aquello de: “sólo para mis ojos”, jajajaj

Gracias, de verdad, doblemente gracias: por hacerme disfrutar con tus textos y por hacer que ese disfrute no me ponga otra dioptría, jejej

Un beso.

Hank dijo...

A ver, me parece injustísimo que la única lectora que me comenta desde hace años, desde aquellos tiempos lejanos del Café, tenga que andar molestándose en copiar los textos para leerlos cómodamente negro sobre blanco.

Por supuesto, lo he cambiado por ti, no lo dudes.

Un abrazo grande, asturiana (emigraste de Navara, ¿eh?).

Amaia dijo...

Es magnífico Hank, lo leí al poco que lo colgaras, y ahora lo he vuelto a releer más lejano, me sigue pareciendo increible.Leyendo a las comentaristas entiendo el cambio de look, pues nada, a seguir con esta suerte de racha literaria (yo también sonrío).

Arcángel Mirón dijo...

Ingenuo. Policía ingenuo. Yo no aceptar té. Ni con papeles.

alkerme dijo...

Era un secreto pero como veo que no soy la única lo confieso, yo también copiaba y pegaba, demasiado texto sobre negro para mi maltrecha vista (genéticamente mala).

En relación al post: no me imaginaba ese final, he pasado un buen rato, son para eso, no?
Te prodigas poco, amigo...

Saludos

Leny dijo...

Ahora que lo encontrado seguiré tu blog más allá de la frecuencia en que publiques o no.
Este último relato me ha impactado con ese desenlace inesperado. No me parece forzado, sí original e impredecible.
De cualquier modo, sabes que escribes bien y cualquiera de tus textos siempre me producirán placer leerlos.

Iré degustandolos de a poco.

Besos.