martes, enero 13, 2009

La intimidad de las ventanas

(Tabla de salvación de todos los naufragios)

Una ráfaga se cuela bajo la falda. Siente el roce en el tobillo, levanta la vista del libro y busca el accidente, distraída. Parpadea, la sorprende la luz creciente de la mañana. Es una hoja de olivo. Se despereza. Aspira la palidez aventada de la calle, regusto a plumón de pájaro reciente se le dispersa en la saliva. Imagina los campos y el sol que salpica de cuchillos los forrajes agitados por el viento. Huele a roca enjabonada en lavanda, bruñida por la lluvia y tendida a secar.
La incomoda un estremecimiento inoportuno de cosas por hacer, pendientes, tareas silenciadas que pugnan por la prioridad aprovechando su confusión de mujer recién arrancada de la lectura. Se aproxima al balcón y le cierra el paso al viento dando un empujón decidido, casi irritado, a la ventana entreabierta. Se detiene, a la espera, tras las defensas transparentes.
A pesar del sol, una tajada de luna no acaba de descender sobre las terrazas blancas. La observa y mientras se miran sus espíritus lunares la mujer toma conciencia de su posición y decide ponerse a pensar. ¿En qué?
Se mantiene quieta, intuyendo un desconcierto cercano, con pretensiones de agarrarlo con la razón y pedirle explicaciones o, acaso, rendirle cuentas, depende. La inquietud resuena bajo su ombligo con breves retortijones, como un bullicio de incógnitas sin resolver, sin respuestas, y busca una reconciliación acechando los gestos de otras personas más allá de los cristales, indagando significados en sus actos mientras respiran el aire limpio bajo el sol.
Al amparo del porche, en la casa de enfrente, un gato de pelo electrificado la observa con indiferencia. Tendido a los pies del vecino que lee, ignora las bandadas de grajos sobre los tejados. La mirada felina le asciende por la espalda como un lengüetazo, le eriza la nuca. ¡Bastardo!, murmura.
Abajo, en el jardín, un hombre doblado sobre la barriga arranca hierbas jóvenes bajo los cipreses. Es su marido, un ser en el que confía. La mujer entretiene la mirada en las humedades de sus axilas, frías: la desgana férrea de la existencia le trae regustos de un odio incomprensible que intenta contener sujetando un mechón rebelde detrás de la oreja, un último esfuerzo, un gesto por concretarse y evitar la dispersión de una inquietud que ya le va siendo familiar. Trepan hasta el balcón las voces lejanas de niños ocultos, quizás los suyos. Se le suelta entonces una sonrisa amable y entorna los ojos como si la respuesta revoloteara de repente delante del fulgor azulado de sus ojos y la tuviera ya en la punta de la lengua, casi pronunciable.
Se deja rodar por el camino menos ingrato: es amor, es un cariño grande y extenso que la derrama, tenaz como un mar con sus olas inagotables y sus corrientes como caminos de vida. Es su propia existencia que se diluye sobre la vasta superficie rizada, destellando en las escamas de peces voladores. ¿Por qué esta inmensidad que la rebosa no apacigua entonces los aullidos temibles del viento? ¿Por qué el vértigo de estos torbellinos? ¿Por qué esta náusea súbita por los sudores de su marido?
Él la sorprende sostenida en sí misma, transparente. Su cara perpleja, la observa desde abajo, contra el cristal, quizás el cielo reflejado en la humedad de sus ojos. El hombre sonríe y atraviesa el jardín en dirección a la casa.
El gato ovillado dormita ahora, ignorando los remolinos del viento. Un silencio quieto mantiene el tiempo en suspenso, atento, detenido a su alrededor mientras las cosas se deslizan al margen, como si hubiera sido extraída y encapsulada. Contenida y ajena, le sobresaltan las pisadas mullidas y deportivas de su hombre. Siente el decidido abrazo de sus manos en la cintura, aplastándole los glúteos contra su pelvis. El blanco de la dentadura le marca el cuello, no muy fuerte, pero tampoco flojo. El olor verde de la hierba arrancada se escapa de entre sus dedos vientre arriba.
Tremendo consuelo olvidarse en otro. Perezosa, se deja abrumar por la comodidad de una vida a medias. Irresponsable, se abandona a su abrazo con alivios de niña, con un querer al borde de los labios: hazme ahora, créame. Pero la mujer se intuye, a pesar de no saberse consciente y concreta.
Se siente desmenuzada, es cierto, pero se siente, y el sabor conocido de la mezcla de sus salivas entorpece los intentos creativos del hombre, ajeno a esa labor hacedora que ella le confía. La atrae contra su pecho, pero ella aparta los labios, esquiva. La persigue con dulzura y ansiedad. De nuevo escapa. Le busca los ojos por adivinar lo que su boca encierra, y lo confunde su dureza azul, su rechazo inapelable.
Descubierta y vulnerable, se agarra aterrada a su cuello con gestos vacíos, lo retiene obligada, y en el desconcierto le susurra a la nuca: tengo tanto por hacer... Esta infame confesión se desliza como un bálsamo por los miembros crispados del hombre ―al menos, no es culpa suya―, cera caliente agradecida, y la abraza. Ella aprovecha la tregua para zafarse y arañar la perplejidad de su odio contra el gotelé de las paredes, evitando herirlo a toda costa.
Sin volver la vista sale de la habitación: tengo que pelar las patatas, le dice con un hilo de voz, irrevocable.

domingo, enero 04, 2009

La otra vida

La hélice del aeroplano se eleva despacio en la bóveda de la mañana, el rumor se acerca y se aleja en vaivenes de aire hasta que lo engulle el silencio de una esquina del cielo, muy alto a la derecha. Dos moscas, o más, zumban en los planos de sol que atraviesan la ventana y calientan el polvo suspendido en la quietud. Un vidrio estalla quedo, limpio, una raja atraviesa instantánea el cristal, la luz fractura uno de los cuadrados transparentes en dos triángulos de claridad; puedo ver el percance por el rabillo del ojo: el cristal desgajado de esquina a esquina no se ha desprendido de su marco.

Una mosca me tantea los orificios de la nariz, salta, dibuja una zeta veloz, aterriza en la boca y sobresalta a otra que anda palpando las grietas de mis labios. Otra más se une a la recién espantada en una espiral persecutoria y ambas, o tal vez más, se detienen cráneo adentro, donde alguna vez tuve pelo, cuando los días corrían fugaces en el vigor de la juventud.

Unos pasos se acercan arrastrando un par de zapatillas con frufrú de medias de nailon a la altura de los muslos, se detienen muy cerca y me desplazan hacia la izquierda, a un lugar más oscuro, de sombra, para que el sol deje de morderme la piel. Manos regordetas ahuyentan las moscas de la cara, me cierran la boca, colocan un pañuelo estirado que me cubre la cabeza, abren la ventana: puedo oír el chirrido delgado de un gozne. La brisa que entra de pronto me acerca la vibración del cristal astillado. Un momento antes de que el siseo de muslos se aleje y regrese por donde ha venido estalla un estornudo. Cuando las pisadas, distantes ya, se han fundido con el silencio remoto de la estancia me rodea un fuerte olor a saliva.

Y vuelve la quietud de fondo otra vez, ahondada por un murmullo de hojas agitadas que sube hasta la ventana. Restos de graznidos atraviesan la uralita y me llegan apagados desde el confín del horizonte, en el límite del firmamento, donde una bandada de grajos cruzará la luz abierta como una nube de hormigas. El zumbido de las moscas se va incorporando por caminos zigzagueantes al paisaje sonoro. Se dejan caer sobre el pañuelo y lo recorren con sus patitas de aquí para allá, buscándome. El sonido de cremallera exigua de sus carreras sobre la tela me apacigua el ánimo. El olor del estornudo se hace familiar en el recuerdo y, un momento después de que una sombra con patas atraviese la planicie traslúcida del pañuelo que me cubre los ojos, sé que voy a quedarme dormido de nuevo.