miércoles, abril 29, 2009

La tormenta

De madrugada, la lluvia comenzó a mojarle el abrigo raído. El hombre juró en voz alta y pensó que ojalá lloviera dinero, un buen chaparrón.
Pronto oyó a su lado un golpe sordo seguido de un tintineo. Recogió la moneda de euro y la observó en la palma de la mano: el choque contra el adoquín la había doblado. Escuchó más colisiones alrededor, como balazos, y sonrió con la boca abierta buscando las monedas. Entonces la lluvia arreció y saltó hecho añicos el parabrisas de un coche cercano. Se asustó cuando comprobó que las que caían de canto atravesaban el capó de los coches como si fuera de mantequilla. Corrió con las manos en la cabeza, rodeado por el fragor metálico, pero uno de los discos impactó en su hombro y lo lanzó contra la acera antes de conseguir refugiarse. Expuesto a la lluvia en toda su longitud, los pequeños proyectiles se le clavaban en la carne con facilidad.
Antes de perder la consciencia un relámpago iluminó a lo lejos la imagen de una casa aplastada por el peso de las monedas, donde la tormenta descargaba con furia.

martes, abril 21, 2009

Hoy por ti, mañana por mí

Veo un cuerpo cruzado en la carretera, tumbado en el asfalto, que levanta el brazo un par de veces antes de quedarse inmóvil. Un herido, un accidente..., ¿una trampa? Escruto las veradas del camino que discurre flanqueado de chopos y de breñas salpicadas con retales de tierra labrada. Me tranquiliza lo despejado del terreno y la delgadez de los troncos, incapaces por lo pronto de disimular una emboscada. La carretera es estrecha, una raya blanca intermitente que apenas permite la circulación en ambos sentidos. No puedo eludir el obstáculo.

Me detengo a unos metros y observo el panorama sin salir del coche. Ya no se mueve. ¿Se habrá terminado de morir? Intento pasar entre las piernas y el borde de la calzada, pero la rueda tropieza con algo cuando estoy a punto de sortearlo. Sé que son sus pies. Pienso en lo fácil que sería pasar por encima y olvidar todo el asunto, dejarlo atrás, pero la posibilidad de oír gritar al tipo en caso de que esté vivo es más de lo que puedo soportar. Doy marcha atrás y echo un último vistazo a los alrededores antes de bajar. Dejo la puerta abierta por si las moscas y me acerco al herido —o al muerto, cómo saberlo—. El viejo no responde a mis palabras así que le doy unos meneos en el hombro con la punta del zapato, suavemente primero y con energía después, sin conseguir el menor resultado. Ni siquiera parece respirar, ¿cómo habrá venido a parar aquí? Busco signos de atropello o algún tipo de violencia en su cuerpo o en el suelo en torno a él, en ambos lados de la calzada, las marcas de un neumático, un frenazo…, pero todo parece tranquilo, como si el tipo hubiera decidido irse a morir allí, en medio de una carretera local que viene de ninguna parte y que se dirige a ningún sitio.

Por lo pronto decido sacarlo del camino para poder pasar y después, si está muerto no voy a meterme en líos, que a fin de cuentas qué ayuda puedo prestarle ni yo ni nadie en ese caso, y si está vivo ya veremos. Estoy tirando del cuerpo por los sobacos con gran esfuerzo y escaso éxito cuando un vehículo aparece en la última curva y avanza a toda pastilla contra nosotros. No tengo tiempo de reaccionar ni de hacer ninguna otra cosa que quedarme mirando aquel bólido rojo a punto de impactar contra mi coche. Se detiene con un frenazo humeante a unos palmos del parachoques y un tío con bigote se me queda mirando con las manos en el volante y los ojos como platos. En un par de interminables segundos comprendo que no están compinchados, que el muerto no se va a incorporar con una pipa en la mano agarrándome de los huevos, ni el del bigote se va a plantar en jarras delante de mí con la sonrisa ladeada, y consigo entonces tragar la bola de miedo que me ha cortado la respiración por unos instantes. Un cosquilleo en la palma de las manos me acaba de confirmar que la sangre circula de nuevo por mis venas. Revivo.

En ese momento no puedo evitar imaginarme la escena desde arriba, enfocada por una cámara cenital: a duras penas puedo detener una carcajada tan absurda como la imagen congelada de tres personajes en semejante trance en medio de ninguna parte. Aunque el asunto no tiene ni puta gracia, la verdad.

―¡Lo ha matado! ―grita el hombre del bigote abriendo la portezuela y apuntándome con el dedo índice.

―Eh…, no, no. Lo encontré así ―niego yo con el mismo de mi mano derecha, como si fuera un frenético limpiaparabrisas, con el brazo extendido en su dirección.

La víctima, sostenida de pronto de un solo lado, ha dejado caer la cabeza hacia atrás y exhala un gorgoteo burbujeante que atrae mi mirada y la del otro tipo, que ha llegado a nuestra altura. Con los brazos hacia atrás a modo de contrapeso, mira al herido como si mirara un precipicio y el instinto lo empujara a contrarrestar una posible pérdida de equilibrio.

―¿Qué está pasando aquí? ―pregunta en plan americano, sin llegar a ponerse del todo a nuestro alcance, guardando las distancias.

―Nada. He encontrado a este hombre ahí, tirado en mitad de la carretera, cuando venía conduciendo.

―¿Está muerto?

―Creo que no haría esos ruidos si lo estuviera...

― ¿Y dónde lo lleva?

―Eh…, a ninguna parte, no sé, acabo de encontrarlo.

El hombre lo mira con el ceño fruncido unos segundos, sin llegar a tocarlo. Después inspecciona el paragolpes delantero de mi coche y decide:

―Bien, habrán huido después de atropellarlo. Vamos a subirlo al coche, llevémoslo a un hospital antes de que sea demasiado tarde.

No puedo evitar sentirme una mierda ante la empatía que puede desplegar, de buenas a primeras, un desconocido cualquiera. Y yo temiendo que fuera un atracador hace un momento… Cuando lo agarra de las piernas casi estoy a punto de gritarle que no, que lo suelte, que lo he encontrado yo, que es mi oportunidad, no la suya. Como un miserable me dejo llevar sosteniendo al muerto por las axilas mientras el buen hombre camina hacia atrás dirigiendo la operación. Cuando la repugnancia hacia mí mismo casi me produce una arcada, el tipo del bigote se detiene y abre la puerta trasera de mi coche.

―¿Al mío? —pregunto desconcertado.

―¿Qué importa eso ahora? ―me pregunta con tono vagamente acusador.

―Yo pensé…, pero claro, por supuesto…, faltaría más, claro... Vamos.

Empujamos como podemos al enfermo, o lo que sea, dentro del coche. La presión en el estómago le hace eructar; huele a rayos. Apenas podemos apoyarlo en el respaldo del asiento trasero, con las piernas encogidas contra una de las puertas. El hombre del bigote dice que es mejor mantenerlo incorporado no se vaya a ahogar con su propia lengua.

―Vamos, arranque ―dice el tipo cerrando las portezuelas―, en el pueblo siguiente podrán atenderlo. Le sigo.

―Vale, venga… ―alcanzo a contestar, y me pongo en marcha.

Veo por el retrovisor que el coche rojo, efectivamente, me sigue a corta distancia. Me digo que bueno, que no soy tan ruin, lo habría traído yo aunque no hubieras aparecido tú, señor bondadoso con bigote, es lo menos que se puede hacer por una persona en esas circunstancias, ¿no? Hoy por ti, mañana por mí; nadie está libre de accidentes.

Me siento bien. Incluso comienzo a silbar los primeros compases de una tonada, pero enseguida caigo en la cuenta de que la situación no es la más apropiada para ciertas alegrías y me contengo. El viejo de atrás gorgotea de nuevo suavemente. Avanzamos unos cuantos kilómetros sin encontrarnos con otros vehículos, ni con nada parecido al pueblo que lleva anunciándose desde hace un par de señales; no parece una región muy transitada.

Sin previo aviso, en un cruce, el tipo del coche rojo gira a la derecha y me quedo solo en la carretera. Bueno, a fin de cuentas al accidentado ya lo llevo yo, no necesito a nadie más. A lo lejos se divisan unas casas solitarias entre tierras cultivadas. Pero quizás tenga que declarar ante la policía, pienso; me podría haber ayudado como testigo o algo. Muy buena persona, sí, y muy responsable, también, y todo lo que quieras, pero el marrón me lo trago yo, y su conciencia tan tranquila.

Al viejo de atrás lo sacude una basca y oigo resbalar un líquido espeso. El hedor a sangre vomitada inunda el coche. Joder, este tipo está podrido por dentro. Por la esquina del retrovisor consigo ver una papilla negra que se desliza lentamente por la pechera del tío y decido pararme a limpiarlo antes de que me embarre la tapicería. Orillado en el arcén, me cuesta la vida sacar al herido del coche. Como si hubiera recuperado de pronto la consciencia y no estuviera de acuerdo con mis intenciones, los dedos se le enganchan a los bordes de los asientos como garfios, resistiéndose a salir. De hecho, una vez que consigo bajarlo y apoyarlo en una de las ruedas para intentar quitarle la plasta, el hombre entreabre los ojos y balbucea algo que no entiendo porque lo regurgitado ahoga su voz. No sé si se está recuperando o se está terminando de morir otra vez.

Ahora que lo pienso, no era necesario bajarlo para enjugarle las bocanadas, no sé por qué lo he hecho, pero de pronto se me ocurre. Sólo se oyen algunos pájaros en las cercanías y los borboteos del viejo: no se ve un alma. Le empujo con el pie y el tipo cae de lado sobre el asfalto. Subo y cierro la puerta. Aún flota un fuerte olor en el interior, pero nada que no se vaya a cierta velocidad con las ventanillas abiertas. Observo al viejo por el retrovisor, tirado en el camino, alejándose. Antes de tomar la primera curva veo que levanta el brazo un par de veces.