lunes, mayo 18, 2009

Breve manual para comerse las uñas

Lo primero; una mirada a vuelo raso: otear rebordes aéreos en los alerones de los dedos, buscar ángulos prominentes al descuido, como a bote pronto; esquinas elevadas, cúmulos de queratina a lo largo del perímetro uñal, padrastros, compadres, pellejos y guedejas de piel con pretensiones independentistas entre la carne y el tejido que vamos a perpetrar en breve. Todo esto, por supuesto, pensando en otra cosa: el plazo de la hipoteca, la extinción de la foca monje, el próximo reconocimiento médico, etcétera.

Localizado el objetivo, acometer un estudio, aunque más detenido, rápido ―a fin de cuentas no se trata más que de una uña―, contrastando su contorno con la parte alta de la yema del dedo antes de empezar a esculpir. Salivear el trozo de nuestro interés y dejar a remojo mientras nos dedicamos con esmero a los dedos adyacentes, discurriendo, por ejemplo, sobre el potencial desequilibrante de Leo Messi, en bajar luego a por tabaco, en que no por mucho madrugar el vaso estará medio vacío.

Reblandecidas tres o cuatro, iniciamos un recorrido circular desde la primera, tanteando la tersura de las excrecencias con los incisivos. Desmenuzamos una esquirla y tiramos con cuidado. Si duele es porque la estamos arrancando de raíz: desistir del empeño y morder con tino hasta que la astilla quede suelta sobre la lengua. Llegados a este punto, el residuo debería escupirse al aire, pero ―y esto va en gustos― bien podría triturase diente contra diente hasta conseguir una pulpa fácilmente ingerible. Opción que, por otra parte, proporciona al sujeto un tiempo añadido para reflexionar sobre, digamos: el nefando desperdicio de las uñas de los pies, tan lejanas; si es posible que de verdad existan las siglas CONCAPA; la inquebrantable decisión de dejar de fumar la semana que viene.

Aplicadas estas instrucciones con éxito en el primero, es fácil proseguir desde este punto, dedo a dedo, hasta perfilar los diez a los que normalmente tenemos acceso en ausencia de defectos genéticos o amputaciones ―a no ser que seamos contorsionistas para alcanzar los de las extremidades inferiores o alguien nos preste los suyos para proseguir la faena en otras manos―.

Una variante de la técnica aquí explicada, consiste en roer en lugar de partir, pulir los filos con los incisivos directamente, como haría cualquier conejo con una zanahoria. Es ésta una metodología muy extendida que, al contrario que la expuesta, proporciona un hilo de pensamiento secuencial y sin interrupciones que bien podría dar lugar a reflexiones de primer orden sobre temas cruciales y delicados.

Buen provecho.

lunes, mayo 11, 2009

Un minuto antes de despertarte

Un minuto antes de despertarte, una mosca levanta el vuelo con las primeras luces de la mañana y surfea las ráfagas de tu último sueño. Se desliza, funámbula, sobre tus olas oníricas en fase REM con pericia anticipadora, atolondrada y feliz, con la playa de tu cara como punto final de sus piruetas, a punto ya de adherirse a tu piel con sus seis ventosas infalibles y explorar el terreno a la caza de excreciones nocturnas. Está lloviendo, y el insecto acusa la pesadez atmosférica en sus alas.

Un minuto antes de despertarte, en el Pacífico Sur erupcionan rollitos de mantequilla ardiente que glasea al instante el frío de las profundidades marinas; imparables gusanos de lava que se empujan, se abren como palmeras y se amontonan unos sobre otros como un cáncer fecundo para generar sin mayor esfuerzo una nueva isla en la faz del océano. El espectáculo no sólo pasa inadvertido para ti, que duermes en ese preciso instante, sino casi para toda la humanidad. Sólo los sismógrafos registran con rayas extremas la actividad telúrica que se desencadena.

Un minuto antes de despertarte, acaricias su piel de seda sin sacarla del sueño, y sus pezones, cimas de dos volcanes extintos, se yerguen por cuenta propia, ajenos a su conciencia, como si fueras tú, sin metáforas, el dueño de su cuerpo; ambición inconfesa de tu vida. Ella se gira y queda boca arriba, extendida y abierta. Aprovechas para acomodar tu escroto en la palma de su mano, aún dormida, antes de besarla.

La mosca aterriza en tu nariz con el impacto sincronizado de media docena de ventosas. El cosquilleo te saca del sueño sin pasar por la cámara de despresurización de otros despertares más pausados. La vigilia recién estrenada te sorprende en la cama con una erección a prueba de terremotos y la catarata de abandonos familiares de las últimas semanas sobre tu conciencia.

Deseas morirte un segundo antes de que el techo se desmorone sobre tu cabeza, pero después ya no quieres, bajo los escombros y medio reventado no, cuando ya es inevitable entonces no, pero así son los desarreglos intestinales del núcleo terrestre: vomita en un extremo del mundo y gasea en el contrario, sin tener en gran estima los conflictos humanos, quién sabe por qué.

domingo, mayo 03, 2009

El folio escurridizo

Al agacharse para recogerlo, el folio emprendió el vuelo, giró sobre sí mismo un par de veces y aterrizó en el bordillo de la ventana del patio interior.
Relleno en sus tres cuartas partes de espesa caligrafía, resbaló de la mesa donde lo había abandonado un momento antes, cuando se levantó para coger una cerveza del frigo. Hacía calor, y la pesadez, incubada a lo largo de toda la jornada, daba ahora la cara abiertamente y se extendía por sus telarañas neuronales como una gota de tinta en un vaso de leche desnatada. La profusión de folios arrugados y desperdigados por el suelo eran la prueba exacta de su capacidad creadora; una siembra de derrotas en todo orden.
Se acercó a la ventana y, a punto de rescatarlo, una ráfaga lo empujó de nuevo y el texto se dejó caer con suaves oscilaciones hasta el tendedero del vecino. «¡Coño!», exclamó alarmado.

El joven había alquilado el piso de abajo un par de meses atrás. Una noche que se cruzaron cuando él bajaba a tirar la basura lo invitó a que viera su pecera azul. Con curiosidad casi profesional, recolectora, el hombre aceptó de buen grado. El interior del apartamento era difícil de catalogar, ni organizado ni caótico, sino una extraña combinación de ambas cosas: una especie de islas de insólita anarquía se componían en un orden preciso dentro de la casa, como si todo estuviera fuera de lugar y en su sitio al mismo tiempo. Una inquietud amenazante le recorrió el espinazo y un regusto eléctrico le resbaló por los laterales de la lengua. La pecera estaba iluminada por neones azules y en su interior nadaban seis o siete peces de aspecto huraño. El chico cogió un muslo de pollo de la nevera y lo sostuvo por encima del agua. Los peces se congregaron debajo. Uno de ellos dio varias vueltas inquieto, saltó y se aferró al alimento, coleando fuera del agua. El tipo gritó excitado «¡son pirañas!», y soltó el muslo cuando otro emergió por el lado contrario y mordió la carne muy cerca de sus dedos. Cuando cayó al agua, todos los peces se lanzaron a devorarlo. En un par de minutos sólo quedó el hueso blanco sobre la gravilla de la pecera. El chico sonreía orgulloso.

Después de este episodio, el escritor vigiló con interés las evoluciones de su vecino, la arbitrariedad de sus entradas y salidas, los inquietantes personajes que lo visitaban, y captó por la rendija de la puerta entreabierta los diálogos furtivos que tenían lugar en el rellano de abajo. Como escritor realista, la actividad del nuevo inquilino resultaba una interesante fuente de inspiración, así que observó lo que pudo y fabuló el resto.

Que el joven leyera lo que estaba escribiendo basado en su espionaje casero, a pesar de su poca calidad literaria, no dejaba de suponer un peligro latente. No sabía hasta qué punto eran reales sus sospechas, ni cuánto de lo imaginado se había infiltrado en la objetividad de sus observaciones, pero en estos momentos la duda de si la pistola que aparecía en su relato la había visto de verdad entre el caos de una de las islas o era fruto de su propia cosecha lo empujaba a reaccionar por puro instinto de conservación.
Decidido a poner la hoja volandera fuera de su alcance, pensó lanzarle una zapatilla que la arrastrara al fondo del patio interior, donde sería fácilmente recuperable. A punto estaba de soltarle encima una de sus Nike cuando por tercera vez el folio vibró un instante antes de flotar y colarse ingrávido por la ventana del vecino. Muy alarmado, casi angustiado, bajó para recuperar la hoja antes de que cayera en sus manos. Después de varios aporreos comprendió que allí no había nadie, excepto las pirañas, si no se habían comido unas a otras. Pensó en tirar la puerta abajo, pero desistió cuando comprendió que lo que estaba ocurriendo no era una película de serie B y tuvo conciencia de sí mismo, o sea, de su escasa envergadura real. Decidió esperarlo en su casa con la puerta abierta para oírlo llegar y abordarlo antes de que entrara en el apartamento. Sería fácil si no venía acompañado. Además, sólo se trataba de una hoja sin la menor importancia que había arrastrado el viento. En cualquier caso de nada servía preocuparse, y por lo pronto gozaba de la tranquilidad de que mientras no llegara no habría peligro real ni figurado.

Cuando el chico acabó de leer la hoja cogió la pistola y subió con sigilo al piso de arriba. Se mosqueó cuando encontró la puerta abierta. Levantó el percutor y entró en silencio, como los polis, con los brazos extendidos y apuntando en todas direcciones con barridos laterales de sus manos agarradas al arma. El hombre dormido despertó con una especie de gruñido y levantó la cabeza con un movimiento brusco. El chico disparó instintivamente y el hombre cayó de espaldas, junto con la silla en la que estaba sentado, en mitad un montón de folios arrugados.

El joven ojeó alguno de los papeles estrujados y comprendió. «Pobre imbécil», murmuró. Bajó a su apartamento y recogió lo imprescindible para un rápido cambio de domicilio. Cuando iba a salir decidió ofrecerles un atracón de despedida a las pirañas. Dejó caer en la pecera un par de filetes y los restos del pollo de la cena del día anterior. Los animales se lanzaron sobre la carne y el agua se enturbió en pocos segundos.
Antes de abandonar el apartamento, buscó el folio delator, subió y lo dejó caer sobre el cuerpo del novelista, como si él sí aceptara su papel de serie B.

La hoja, ligeramente doblada por los bordes, pero entera al fin, parecía descansar victoriosa sobre el pecho de su autor. Tal vez un poco encogida por todo ese montón de semejantes muertos, arrugados y enredados con pelusas, pero indudablemente satisfecha por su justa venganza.