No sé. La primera vez enamorado y ella a un palmo de mí, a mi lado, con la espalda contra la pared, en silencio, a la espera; de qué, yo no lo sé. Los dos solos y la tarde se muere tan deprisa que no consigo acomodar mi retina a la oscuridad, que lamió sus tobillos y empezó a subir como una marea negra pantorrillas arriba. Yo tengo frío y no sabía qué hacer con mis mocos en la punta de la nariz. ¿Sorberlos? Tú no lo harías. Y también estaban mis tripas, nerviosas por el miedo que tengo de que las oiga. Se peleaban entre ellas en el silencio de aquel encuentro pactado que tanta diarrea me ha provocado todo el día. Ella disimula la sonrisa y mira hacia la esquina superior derecha de la escena, de su escena, como hacen muchos cuando buscan la inspiración, o una ocurrencia, o por simple distracción volandera. Por el rabillo del ojo vi que dos o tres pelos largos se le habían escapado de la coleta y me rozan la barbilla, la nariz, la oreja, el cuello, diciéndome cosas que no llegué a entender y que me dejaron fascinado. Al rato me miró no sé cuánto tiempo, y cuando me tenía a un palmo del suelo, crucificado, me dice que se le hace tarde. Yo le contesto que bueno, y sin más replica pues adiós y sale corriendo con la falda de colegiala persiguiéndola a bandazos en una carrera que tenía más que perdida. Su pelo también volaba detrás, igual de perdedor. Quién fuera la cinta de su cola rubia, y quién su falda y rodearle lánguida las piernas cuando llegue a la meta. Me sorbí los mocos y me fui a escuchar la que sería nuestra canción en la gramola de los billares. Mis amigos me miraban raro cuando escuchaba la música y yo no los veía aunque me hablaran.lunes, junio 29, 2009
Expectativas
No sé. La primera vez enamorado y ella a un palmo de mí, a mi lado, con la espalda contra la pared, en silencio, a la espera; de qué, yo no lo sé. Los dos solos y la tarde se muere tan deprisa que no consigo acomodar mi retina a la oscuridad, que lamió sus tobillos y empezó a subir como una marea negra pantorrillas arriba. Yo tengo frío y no sabía qué hacer con mis mocos en la punta de la nariz. ¿Sorberlos? Tú no lo harías. Y también estaban mis tripas, nerviosas por el miedo que tengo de que las oiga. Se peleaban entre ellas en el silencio de aquel encuentro pactado que tanta diarrea me ha provocado todo el día. Ella disimula la sonrisa y mira hacia la esquina superior derecha de la escena, de su escena, como hacen muchos cuando buscan la inspiración, o una ocurrencia, o por simple distracción volandera. Por el rabillo del ojo vi que dos o tres pelos largos se le habían escapado de la coleta y me rozan la barbilla, la nariz, la oreja, el cuello, diciéndome cosas que no llegué a entender y que me dejaron fascinado. Al rato me miró no sé cuánto tiempo, y cuando me tenía a un palmo del suelo, crucificado, me dice que se le hace tarde. Yo le contesto que bueno, y sin más replica pues adiós y sale corriendo con la falda de colegiala persiguiéndola a bandazos en una carrera que tenía más que perdida. Su pelo también volaba detrás, igual de perdedor. Quién fuera la cinta de su cola rubia, y quién su falda y rodearle lánguida las piernas cuando llegue a la meta. Me sorbí los mocos y me fui a escuchar la que sería nuestra canción en la gramola de los billares. Mis amigos me miraban raro cuando escuchaba la música y yo no los veía aunque me hablaran.sábado, junio 06, 2009
Autorretrato
A veces parezco una lata atada a un coche de recién casados, pero yo atado a los días que me llevan dando tumbos muchas horas y de pronto me sueltan a la orilla de un jardín, o al extremo de la barra de un bar maloliente, o frente a una ventana donde suceden cosas cotidianas, aburridas, tediosas, pero interesantes de mirar sin venir a cuento, no sé por qué.
A veces soy yo, y otras no me reconozco. Entonces me sobresalto un poco y siento que no existo, me asusto y odio al que se refleja en el espejo por haberme arrebatado. Me lavo las manos con jabón y mucha agua corriente, tampoco sé por qué, y luego me seco con papel reciclado y me limpio de mí y siento como que tengo que hacerme de nuevo y que eso es posible, o sea que no todo está perdido, y una sombra de identidad se asienta en mí y parezco el de siempre y me pongo a trabajar o algo así.
A veces pierdo la edad y apenas encuentro unos pocos años, digamos doce o trece, y muchas cosas me dan miedo y otras mucho gusto, como si en esos escasos años hubiera una parte muy mala que tiene que ver con la gente y los asuntos de la gente, y otra maravillosa que sólo tiene que ver con niños que ya no existen, y con pájaros mirlos, y ramas de higuera con brevas, y azoteas para mirar las estrellas abovedadas y repletas.
A veces respiro y no sé qué cosa hedionda me entra por la nariz, y pienso si respirar es lo más adecuado y si no sería mejor dejar de hacerlo, pero luego respiro más y me pasa como a los drogadictos que absorben arenilla y de pronto se ponen tan contentos de estar vivos, igual me pasa, y lo que está ocurriendo alrededor me entra entonces a fosas llenas y pienso que si sucedió eso tan bueno que me trae el olfato ―la magdalena, la leña quemada y las pastillas de jabón Heno de Pravia― igual podría volver a ocurrir.
A veces me acuesto con ganas de no despertar nunca, pero lo hago varias veces durante la noche: me despierto y me despierto otra vez, y no paran los sueños con su cosa terrorífica y hermosa, hasta que me despierto al fin por la mañana temprano y me acuerdo de las latas del coche de recién casados y me entran ganas de que hubiera sucedido eso de no despertar más que había deseado antes de dormir, pero los sueños terribles y bellos me dan un buen rollo incomprensible y se me ocurre que si consigo llegar a la siguiente noche aún queda una esperanza de algo. No sé de qué.
A veces escribo y muchas veces no. A veces escribir me gusta, otras veces no sé qué pasa mientras escribo. A veces ni me importa, pero otras espero algo que nunca llega. Tampoco sé qué espero. Al final nada me queda claro, y si escribo es por algo y si no, también será por algo.
Fin.
A veces soy yo, y otras no me reconozco. Entonces me sobresalto un poco y siento que no existo, me asusto y odio al que se refleja en el espejo por haberme arrebatado. Me lavo las manos con jabón y mucha agua corriente, tampoco sé por qué, y luego me seco con papel reciclado y me limpio de mí y siento como que tengo que hacerme de nuevo y que eso es posible, o sea que no todo está perdido, y una sombra de identidad se asienta en mí y parezco el de siempre y me pongo a trabajar o algo así.
A veces pierdo la edad y apenas encuentro unos pocos años, digamos doce o trece, y muchas cosas me dan miedo y otras mucho gusto, como si en esos escasos años hubiera una parte muy mala que tiene que ver con la gente y los asuntos de la gente, y otra maravillosa que sólo tiene que ver con niños que ya no existen, y con pájaros mirlos, y ramas de higuera con brevas, y azoteas para mirar las estrellas abovedadas y repletas.
A veces respiro y no sé qué cosa hedionda me entra por la nariz, y pienso si respirar es lo más adecuado y si no sería mejor dejar de hacerlo, pero luego respiro más y me pasa como a los drogadictos que absorben arenilla y de pronto se ponen tan contentos de estar vivos, igual me pasa, y lo que está ocurriendo alrededor me entra entonces a fosas llenas y pienso que si sucedió eso tan bueno que me trae el olfato ―la magdalena, la leña quemada y las pastillas de jabón Heno de Pravia― igual podría volver a ocurrir.
A veces me acuesto con ganas de no despertar nunca, pero lo hago varias veces durante la noche: me despierto y me despierto otra vez, y no paran los sueños con su cosa terrorífica y hermosa, hasta que me despierto al fin por la mañana temprano y me acuerdo de las latas del coche de recién casados y me entran ganas de que hubiera sucedido eso de no despertar más que había deseado antes de dormir, pero los sueños terribles y bellos me dan un buen rollo incomprensible y se me ocurre que si consigo llegar a la siguiente noche aún queda una esperanza de algo. No sé de qué.
A veces escribo y muchas veces no. A veces escribir me gusta, otras veces no sé qué pasa mientras escribo. A veces ni me importa, pero otras espero algo que nunca llega. Tampoco sé qué espero. Al final nada me queda claro, y si escribo es por algo y si no, también será por algo.
Fin.
lunes, junio 01, 2009
Diálogos de un bicéfalo
― Deja de pensar en eso.―En qué.
―En lo que ya sabes; me pone mal cuerpo.
―A ti todo lo que no sea follar y beber te pone mal cuerpo.
―Pues, ahora que lo dices, no estaría mal un poco de sexo.
―¡Suelta la bragueta, vicioso de mierda!
―Venga, no seas muermo…
―No voy a dejar que te toquetees ahora. No quiero.
―Y qué pretendes hacer, ¿seguir mirando por la ventana y suspirar por la estúpida esa?
―No te pases con ella…
―Te has emperrado con la rubia. Si por ti fuera estaríamos todo el día espiándola amargados. Ni siquiera te pone caliente: vamos, ¡rollo platónico!, tiene cojones…
―Te compenso dejándote beber como nunca, nos vas a pudrir el hígado, no tienes derecho a quejarte.
―Faltaría. Ni Emma quiere ya follar con nosotros con esa cara de Dolorosa que tienes. Lo sabes: te mira raro y no pone ningún interés. Nos evita si puede. Antes de que apareciera el amor de tu vida nos divertíamos con ella, le gustaba
―A Emma le pagamos, no lo olvides.
―Al principio no se le iba el susto del cuerpo. Dos bocas y cuatro ojos no es lo más habitual , pero luego empezó a darle cada vez más morbo hacerlo con nosotros.
―Con nosotros, siempre nosotros… eso es lo que más me jode.
―Claro, ahí está el quid: sabes que tu rubia saldría corriendo si viera algo como nosotros.
―Si pudiera librarme de ti…
―Noto el odio bullendo en la sangre, no sigas por ese camino.
―Tienes razón, perdona.
―Je, je, je, je.
―¿De qué te ríes ahora?
―Se me ocurre que si fueras bifalo en vez de bicéfalo tu rubia sería muy feliz contigo.
―Ah, cabrón, me haces reír… Venga, te invito a un trago.
―¿Ves?, cuando sonríes te pones mucho más guapo. ¿Llamamos a Emma?
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