El tráfico de la hora punta ya empieza a descender. El muchacho, al que ha dado paso unos minutos antes, llora sentado en un banco mientras lee un papel que ha sacado del bolsillo trasero de los vaqueros. El policía mira el reloj, echa un vistazo a las calles que desembocan en el cruce y se acerca a la moto aparcada junto a la acera dando por finalizado su turno. Deja la gorra en la guantera y se rasca la cabeza con energía; el pelo corto y duro no acusa la presión de los dedos, se mantiene recto y tieso a pesar de que lo frota vigorosamente desde el flequillo hasta el cogote. A horcajadas sobre la moto, con el casco aún en la mano, observa a un viejo que se aproxima por una esquina cercana al banco. Viste chilaba, y un gorro musulmán le cubre la cabeza. Se detiene a la altura del chico y lo mira un momento antes de proseguir su camino. El policía se pone el casco y está a punto de pulsar el encendido cuando ve que el viejo vuelve sobre sus pasos y se dirige al muchacho. Dialogan un momento y se sienta a su lado. El muchacho parece sorprendido. El policía se mantiene a la espera. El viejo echa un par de miradas en dirección a la moto mientras el chico le tiende el papel doblado. Cuando acaba de leerlo se lo devuelve y el chaval deja caer el brazo como si el escrito fuera demasiado pesado para sostenerlo. El hombre de la chilaba le coge la mano libre entre las suyas y le habla en un tono aparentemente dulce, paternal, casi confesional. El policía levanta la visera del casco para fijarse mejor y comprueba que la mano del chico se mantiene inerte entre las otras arrugadas y que ambos lo observan furtivamente, con miradas rápidas y cortas, como asegurándose de que nada despierta sus sospechas. Ahora sí, se cala la visera, repliega con un golpe de talón la pata en que se apoya la moto, arranca decidido y, en vez de alejarse, gira en el cruce más cercano y con un acelerón se planta a un par de metros del banco. Sin quitarse el casco, saluda con gesto marcial al viejo, acercando la punta de los dedos a la altura de la sien derecha.―Buenas tardes, ¿me permite su documentación?
―¿Permito…?
―Enséñeme su documentación.
―Eh..., no llevo encima.
El agente se coloca al casco bajo el brazo y se rasca otra vez la cabeza; parece un tic nervioso más que una necesidad real de aliviar algún picor.
―Si no tiene papeles voy a tener que llamar a un coche patrulla.
―Tengo en mi casa, aquí al lado, en la esquina.
―No puedo dejar que se marche, lo siento.
―No, no, venir tú, aquí al lado, mi casa, treinta metros, tengo papeles.
―Está bien, le acompañaré. Espere un momento. ―Se dirige al muchacho―. ¿Te sucede algo, chico?, ¿estás bien? ¿Por qué llorabas?
―Sí, bueno, es un problema personal, con mi nov…, con una amiga. Ya se me ha pasado. Estoy bien, gracias, ya me marcho.
―¿Conoces a este hombre?, ¿sois amigos?
―No lo había visto nunca, pero es muy buena gente.
―¿Cómo lo sabes si no lo conoces de nada? No puedes fiarte de los desconocidos de buenas a primeras.
―Vale, vale…; pero tampoco soy un niño, sé lo que me hago.
El policía lo mira con cara de no estar muy de acuerdo con la aseveración. Le pregunta si vive por los alrededores, si estudia en el instituto.
―Sí. Vivo aquí al lado, ya me iba a casa. No se preocupe, gracias ―dice.
―Bien ―asiente con el gesto relajado, casi aburrido, como si asumiera que el asunto, una vez resuelto, carece de importancia.
El chico se levanta, le da la espalda y se aleja con las manos en los bolsillos. El agente mira al viejo y consulta el reloj. Parece valorar si merece la pena la molestia, pero de repente se decide, como si hubiera recibido una orden precisa en su interior, de su conciencia sin ir más lejos. Guarda el casco en el maletín de la moto y abre la guantera, pero tampoco coge la gorra.
―Venga, vamos ―le ordena al musulmán.
* * *
Al empujar la puerta de cristales suenan campanillas por encima de sus cabezas. Una mujer sale de la trastienda, el viejo le dice algo en un idioma que el policía no comprende y ella se vuelve por donde ha salido. La tienda está vacía. Un expositor con cámara frigorífica muestra quesos, embutidos y trozos de carne iluminados por neones. En estanterías adosadas a las paredes se ordenan latas, botellas y tarros transparentes con lo que parece carne en adobo o en salazón.
―Mujer preparar té.
―¿Es suya la tienda? ―pregunta el agente ya con gesto decididamente aburrido.
―Sí. Negocio cinco años, no va bien. Su compañero sabía…
―Entiendo. A mí me han destinado a esta zona hace poco, aún no conozco el barrio.
―Venga, enseñar papeles.
Atraviesan la cortinilla por donde ha desaparecido la mujer y se encuentran en una cocina, que también hace las veces de cuarto de estar a juzgar por un rincón con una mesa baja rodeada de pufs, cojines de apariencia oriental y dos pares de sillas distribuidas aquí a allá. Una puerta cerrada parece el acceso al resto de la casa. Enfrente, otra cortina por la que asoma la cabeza el policía da a lo que parece una sala de despiece con una mesa central y grandes fogones en una esquina. El viejo le invita a sentarse, rebusca en un cajón hasta que da con una bolsa de plástico con varios documentos dentro y la deja caer sobre la mesa.
―Papeles ―le dice―. Mujer traer té.
―No se moleste, gracias ―responde mientras intenta encontrar en la bolsa el pasaporte o el DNI.
―No molestia. A su compañero gustar mucho.
―¿Qué es lo que le gustaba, el té?
―Sí. Era amigo. Venía mucho aquí.
―No era mi compañero. Quiero decir que no lo conocía de nada, yo estaba en otro distrito.
El policía abre el pasaporte y compara la foto con la cara sonriente del viejo. Es turco, de Estambul. Está en el país desde hace años. La mujer deja una bandeja con una tetera y dos vasos vacíos sobre la mesa y se retira.
―Está bien ―dice el agente―, todo en regla. Perdone las molestias. Tengo que marcharme.
―No despreciar té. Preparado para ti, muy bueno… ―le suplica.
―No se moleste, gracias.
―Por favor, no es molestia, se lo ruego… ―dice el viejo estirando un hilo de té desde el vaso hasta un metro por encima de la cabeza del policía.
―Está bien, pero acompáñeme ―acepta con media sonrisa.
―Faltaría más ―dice el turco encantado, volcando el té sobre su vaso desde idéntica altura sin salpicar ni una gota.
Sorben el té con ruido para que el aire disipe el calor del líquido hirviente. Va el viejo a servir una segunda ronda cuando el agente lo detiene con repentina inquietud y le dice que hay algo que no comprende.
―¿Cómo es que el chico no lo conoce de nada si vive en el barrio?
―Yo explicar… ―sonríe el turco. Pero antes de que explique nada, al policía le da un acceso de tos que no cesa hasta que se agarra con dedos torpes a la mesa antes de desvanecerse.
* * *
―¡Deprisa!, no más tiempo con vida o despertará.
El chico aplica una bomba de vacío al pene del policía, que está inerte y desnudo sobre la mesa metálica de carnicero. Cuando considera que la erección ha llegado al límite comprueba la dureza del tronco palpando bajo el escroto. Satisfecho, agarra una brida y la aprieta con fuerza alrededor de la base del miembro. Coloca otra a un par de centímetros de la primera. Ambas se incrustan en la carne dura. Retira la bomba y el pene se mantiene duro, con la sangre retenida por las bridas.
―Ya está.
El turco se acerca con un bisturí de gran tamaño y lo hunde sin dificultad entre las dos bridas. Apenas unas salpicaduras sobre la mesa y ya tiene el miembro erecto en la mano. Se acerca a la cocina y lo sumerge en una cazuela alargada con caldo hirviente. Baja la intensidad del fogón y observa en el líquido burbujeante trocitos de ajo, perejil y un par de guindillas bullendo alrededor de la carne.
―Atento; apaga cuando sangre cuaje, no más tarde ―le dice al chico.
―Es un coñazo tener que mantenerlos vivos para cortarles la polla. Imagínate que se despierta ―se queja el chico.
―Pagan bien si está dura; tú sabes quién... Merece la pena.
―¿Cómo lo vas a matar?
―Morfina. Ya siempre morfina si podemos. La carne más suave, no sufre, tierna y dura a la vez. Exquisita.
El viejo recoge con una jeringuilla la mezcla transparente que ha estado preparando y clava la hipodérmica en el brazo del policía.
―Será feliz antes de morir ―murmura pensativo.
―¿Recuerdas al culturista? No he probado nada tan rico como aquellas tiras de bíceps maceradas y ahumadas, ¡qué delicia! ―comenta el chico sin quitar ojo al recipiente.
―Resultado muy sabroso, pero mucho trabajo, músculo muy duro.
―Con los polis ha sido fácil, y éstos, jóvenes y recién salidos de la academia, están cachas y magros…
―Con policía ser peligroso. No más.
El joven ha apagado el fuego y se acerca al turco.
―¿Cuajado en su punto? ―le pregunta el viejo.
―He cocido muchas. Descuida, está en su punto.
El turco pega la oreja al pecho del policía y le palpa con los dedos las venas del cuello.
―Está muerto. Degüello y dejamos desangrar.
―Uf, menuda noche nos espera―. Se queja el chico. Enciende un soplete y empieza a chamuscarle los pelos al cuerpo mientras el turco recoge en un barreño la sangre que mana de la yugular hasta la esquina inclinada de la mesa―. Yo me encargo de las piernas y tú de los brazos. Como te gusta: tiras largas y estrechas, como la última vez con el otro poli. Después nos ocupamos de las vísceras y la cabeza.
― Todo limpio por la mañana. Tarros grandes al calor, huesos molidos en sopa. ¿Hammet desapareció moto?
―Este poli es grande. Me dijo que le sobraba uniforme por todos lados y que el aire le sacaba el casco de la cabeza. Pero no tuvo problemas; Hammet es un profesional. Incluso dejó una multa en el parabrisas de un coche aparcado en doble fila, je, je. Después vendrá a echarnos una mano.
―Sí, buen amigo.
―Anda, vamos a darle la vuelta que le queme los pelos del culo y empezamos.
―Sí, vamos rápido.
